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El costo oculto de los jeans: cuánta agua consumen y cómo intenta cambiar la industria

Una prenda puede requerir miles de litros de agua, energía y químicos. Nuevas tecnologías y regulaciones buscan reducir el costo ambiental de los jeans.


Los jeans forman parte de millones de guardarropas. Se usan en oficinas, escuelas, trabajos rurales, recitales y pasarelas, pero detrás de esa aparente simplicidad existe una cadena productiva extensa y altamente demandante de recursos. Desde el cultivo del algodón hasta el teñido, el lavado, el acabado y el transporte, cada pantalón atraviesa numerosos procesos antes de llegar a un guardarropa.

Según publicó ONU Ambiente en un artículo escrito por Gabrielle Lipton, fabricar un solo par de jeans puede requerir alrededor de 3.800 litros de agua. La cifra, basada en datos de la marca Levi’s, permite dimensionar un problema que suele permanecer fuera de la vista del consumidor: la mezclilla es uno de los productos más intensivos en recursos dentro de una industria textil considerada entre las más contaminantes del planeta.

El impacto no se limita al agua. Para conseguir tonos, desgastes, contrastes y terminaciones específicas, las fábricas utilizan energía y sustancias químicas en distintas etapas. A esto se suman las emisiones generadas por el traslado de materias primas y prendas terminadas a través de cadenas internacionales que conectan campos de algodón, plantas industriales, centros logísticos, marcas y mercados.

La ropa de jeans es uno de los productos más intensivos en recursos de la industria de la confección. La producción de un solo par de jeans puede requerir 3.800 litros de agua. (Justin Jin/PNUMA)

Una prenda global con una huella difícil de ver

La historia moderna de los jeans comenzó en 1873, cuando los remaches de cobre fueron incorporados a pantalones de trabajo para reforzar sus bolsillos. Desde entonces, la prenda atravesó fronteras, generaciones y clases sociales hasta convertirse en uno de los objetos más universales de la moda.

Su aspecto resistente y cotidiano puede ocultar la complejidad de su fabricación. Cientos de personas intervienen directa o indirectamente en cada unidad: agricultores, trabajadores textiles, diseñadores, técnicos, transportistas, especialistas en lavado, operarios de acabado y comerciantes. Esa red permite producir a gran escala, pero también distribuye los impactos ambientales entre numerosos países y etapas.

Aunque gran parte de la mezclilla mundial se fabrica en Asia, Túnez se consolidó como uno de los principales proveedores de jeans terminados para la Unión Europea. Su cercanía facilita entregas rápidas y permite que las marcas respondan con mayor velocidad a las tendencias.

La presión ambiental transforma las fábricas

Las empresas textiles tunecinas reciben auditorías periódicas vinculadas con las normas europeas. En los últimos años, esas evaluaciones comenzaron a prestar mayor atención a la transparencia, la durabilidad, el origen de los materiales y el desempeño ambiental.

Las exigencias provienen de varios sectores. Los gobiernos establecen regulaciones, las marcas trasladan esas obligaciones a sus proveedores y los consumidores reclaman productos con menor impacto. Para los fabricantes, no adaptarse puede significar perder contratos frente a competidores capaces de demostrar procesos más limpios.

En algunas plantas, la transición comenzó con la sustitución de productos químicos utilizados históricamente para generar efectos visuales. Sustancias como el permanganato de potasio y el hipoclorito, empleadas para aclarar o desgastar la mezclilla, están siendo reemplazadas gradualmente por alternativas consideradas más seguras.

Otra modificación central se produce en el manejo del agua. En Gonser Denim Revolution, una de las fábricas visitadas, el líquido empleado durante los lavados es tratado y reutilizado. Según sus responsables, la combinación de reciclaje y mejoras tecnológicas puede reducir hasta un 75 por ciento el volumen necesario para fabricar un pantalón.

Ozono para reducir el consumo de agua

Otra empresa tunecina, DEMCO, incorporó maquinaria que utiliza ozono para blanquear o desgastar las prendas. El proceso puede realizarse con gas o con cantidades mínimas de agua ozonizada y, según la compañía, permite disminuir cerca de un 90 por ciento el consumo de agua en determinadas etapas.

El desafío consiste en obtener el color, la textura y la calidad demandados por las marcas sin trasladar el costo al ambiente o a quien utilizará la prenda. Cambiar un proceso no significa solamente reemplazar una máquina: también implica revisar fórmulas, capacitar personal, medir resultados y asegurar que el producto conserve su resistencia.

Estas transformaciones requieren información precisa. Por esa razón, el programa InTex del PNUMA trabaja con pequeñas y medianas empresas de países productores para identificar dónde se concentran los mayores impactos y qué modificaciones pueden generar resultados medibles.

La iniciativa, financiada por la Unión Europea y el Gobierno de Dinamarca, promueve evaluaciones del ciclo de vida. Estas herramientas analizan una prenda desde sus materias primas hasta su posible descarte, en lugar de observar únicamente lo que ocurre dentro de la fábrica.

Con esos datos, la sostenibilidad deja de ser una declaración general y se convierte en un plan concreto. Una empresa puede determinar si su principal problema está en el agua, la energía, los químicos, el origen de las fibras o la dificultad para reciclar el producto.

Los pasaportes digitales de producto, que pronto serán obligatorios en la Unión Europea, revelarán de dónde proviene una prenda, qué contiene y si puede reciclarse. (Justin Jin/PNUMA)

El pasaporte digital que contará la historia de cada prenda

La Unión Europea prepara nuevas reglas de ecodiseño y trazabilidad que comenzarán a aplicarse durante 2027 y 2028. Entre las herramientas previstas aparecen los pasaportes digitales de producto, documentos que reunirán información sobre el origen, la composición y las posibilidades de reciclaje de cada prenda.

Mediante un código QR, una persona podría conocer de dónde provienen el algodón, los botones, los remaches y el hilo de sus jeans. También podría acceder a datos sobre los lavados, los materiales utilizados y el destino posible de la prenda una vez terminada su vida útil.

El sistema obligará a las empresas a documentar cada eslabón de la cadena. La medida busca mejorar la transparencia, facilitar el reciclaje y desalentar productos diseñados para durar poco tiempo.

El cambio comienza antes de que la tela ingrese a una máquina. Las decisiones tomadas en la mesa de diseño pueden definir si un pantalón será resistente, reparable o reciclable. Elementos pequeños, como un botón, el hilo o el forro de un bolsillo, pueden complicar la recuperación de materiales.

Por qué el cambio no depende solo del consumidor

Elegir prendas de mayor duración, reducir las compras impulsivas y exigir información son acciones relevantes, pero los especialistas advierten que la responsabilidad principal no puede recaer únicamente en quien compra.

Claudia Giacovelli, responsable del programa InTex, sostuvo que los gobiernos y la industria deben liderar la transición. Las autoridades tienen que establecer reglas claras; las marcas deben diseñar productos durables y circulares, acompañar a sus proveedores; y las fábricas necesitan invertir en tecnologías más limpias.

La transformación dependerá de decisiones tomadas en toda la cadena. No existe una única solución: será necesario combinar regulación, innovación, rediseño, control de sustancias, reutilización de agua, energías más limpias, trazabilidad y nuevos modelos de consumo.

También será indispensable abandonar la idea de que la ropa es descartable. Cada prenda contiene materiales extraídos de la naturaleza, trabajo humano, energía y kilómetros de transporte. Incluso un pantalón económico tiene una historia ambiental que no desaparece cuando llega a una tienda.

Los jeans seguirán ocupando un lugar central en la moda global. La pregunta es si la industria podrá mantener su popularidad sin continuar consumiendo recursos al ritmo actual. Las experiencias observadas en Túnez muestran que reducir el impacto es posible, pero también que el cambio requiere inversiones, normas exigentes y una mirada capaz de seguir la vida completa de cada prenda.