Eduardo Vera y una charla a fondo: "Lo primero que mejoraría urgente de Mendoza sería..."
Es uno de los paisajistas argentinos más reconocidos y lleva décadas pensando la relación entre naturaleza, arquitectura y personas. En esta charla habla de cómo crear un jardín sin grandes presupuestos y, especialmente, de su mirada sobre el futuro de Mendoza: qué conservar y qué transformar.
Eduardo Vera en una charla profunda con MDZ: ¿cómo hacer tu casa y tu ciudad más bella?
Milagros Lostes - MDZHay profesiones que se eligen y otras que, casi sin que uno se dé cuenta, aparecen en el camino. Eduardo Vera pertenece claramente al segundo grupo. A los 15 años comenzó con un vivero y desde entonces las plantas, la arquitectura, la construcción y la creación fueron encontrando un punto de encuentro. Con el tiempo se convirtió en uno de los referentes del paisajismo a nivel nacional, trabajando tanto en jardines particulares como en grandes proyectos.
Mendocino, formado inicialmente en Ingeniería Civil y posteriormente en Paisajismo en Madrid, Vera desarrolló una extensa trayectoria en Argentina y Europa. Entre sus trabajos más reconocidos aparecen proyectos para bodegas como Fournier, DiamAndes, Salentein, The Vines y Piedra Infinita, además de numerosas casas particulares y emprendimientos. Ha recibido distinciones nacionales e internacionales y ha participado en proyectos que fueron reconocidos entre los mejores del mundo.
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Uno de sus trabajos más emblemáticos es el paisaje de Piedra Infinita, de Familia Zuccardi, en Paraje Altamira. Allí Vera trabajó sobre la idea de interpretar el paisaje natural y cultural del lugar, utilizando buena parte de sus propios materiales y especies adaptadas al territorio. El conjunto fue reconocido durante tres años consecutivos como la mejor bodega del mundo por The World's Best Vineyards.
Pero reducir a Vera a sus premios o a sus grandes obras sería perderse lo más interesante de su pensamiento. Para él, el paisajismo comienza mucho antes de elegir una planta. Comienza con una pregunta: qué necesita un lugar y qué relación queremos establecer con él.
Cuando habla de su oficio, Vera rápidamente se aleja de la idea convencional de que un paisajista es simplemente alguien que sabe dónde poner una planta. Sostiene que el concepto de paisaje es mucho más amplio: es una forma de relacionar el espacio con quienes lo habitan. Y esa mirada, trasladada a una ciudad como Mendoza, abre una conversación fascinante sobre árboles, agua, parques, accesos, belleza y calidad de vida.
Si querés ver la entrevista, te dejamos el video. Si querés leerla completa... ¡scrolea hacia abajo!
“El paisajismo relaciona la arquitectura con las personas y el entorno”
—Eduardo, empecemos por lo más básico: ¿qué es el paisajismo y qué hace realmente un paisajista?
— Un paisajista trata de relacionar la arquitectura con las personas y con el entorno. Y ese entorno puede ser naturaleza pura, como tenemos en el campo, o puede ser también incorporar la naturaleza dentro de lo que estamos haciendo. El paisajismo se utiliza mucho en obras, especialmente para restaurar aquellos lugares donde se hizo una intervención y se modificó la tierra tal como estaba originalmente.
Podemos restaurar poniendo nuevamente lo que había o podemos decidir que, en ese espacio que vamos a intervenir, queremos poner determinadas cosas que nos gustan. Y ahí empieza a aparecer lo que llamamos jardín.
—¿Y cómo llegaste vos a dedicarte a algo tan específico?
— En mi caso no lo decidí yo. Es como que la vida me fue llevando. Yo estaba terminando el Liceo Militar y, entre eso y la universidad —porque estaba entrando a Ingeniería Civil—, empecé con un vivero. Tenía 15 años.
Empecé con las plantas gracias a unos amigos que me introdujeron en ese mundo y desde ahí nunca más lo dejé. Me pareció que podía mezclar varias cosas que me gustaban: el amor por crear, la naturaleza, la construcción y la arquitectura. Siempre me interesó la construcción. De hecho, estudié Ingeniería, aunque me gustaba más la arquitectura.
—¿Recordás ese momento en que pensaste “esto es lo mío”?
— Me cuesta decir que hubo una obra puntual. Hubo momentos, relaciones con la naturaleza, con la arquitectura y, sobre todo, con las personas, que eran interesantes y te hacían sentir completo. Sí recuerdo el vivero. Detrás de "Las Cuatro Estaciones", que estaba en la calle Belgrano, hicimos un pequeño jardín de rocallas, con el poco conocimiento que teníamos pero con muchísimo entusiasmo. Y justamente por esa mezcla de entusiasmo e ignorancia armamos cosas que no se veían en otros lugares. Ese jardín empezó a ser conocido, y bueno... ¡no paré más!
“Un buen jardín es un espacio donde tengo lo que a mí me gusta”
—Hay una idea bastante instalada de que hacer paisajismo es caro, que contratar a un paisajista es un lujo reservado para quienes tienen mucho dinero. ¿Es así?
— No. El paisajismo no está relacionado con el dinero. Lo que está relacionado con el dinero son los puntos de vista, que pueden ser grandilocuentes o no. Muchas veces las personas no saben relacionarse con la naturaleza, y la intervención o consejo de un paisajista hace que empieces a querer más tu jardín y más la naturaleza. Eso tiene un valor enorme: te introduce en un mundo con el que quizás no estás tan acostumbrado a vincularte. Y se aprende que al fin y al cabo el paisajismo se trata de ayudar a vivir mejor y disfrutar de un lugar porque te gusta: porque si te gusta, naturalmente vas a querer estar ahí.
Hay una relación muy fuerte entre la tierra y uno mismo. Y eso no depende necesariamente del presupuesto.
—Entonces, alguien que tiene poco dinero pero quiere mejorar su jardín, ¿por dónde debería empezar?
— Más que hablar de dinero, me gustaría hablar de que la persona se atreva a preguntarse qué le gustaría tener, o simplemente qué le gusta. Un buen jardín es un espacio donde tengo lo que a mí me gusta: eso es lo que transforma un jardín cualquiera en un buen jardín.
Podés tener un espacio lleno de flores si te gustan las flores; verduras, si te gustan las verduras; árboles grandes, si te gustan los árboles; sombra, si te gusta la sombra. Lo primero es preguntarte qué te gustaría ver afuera.
—¿Y qué papel juega la personalidad de quien habita ese jardín?
— Es fundamental. En tu vida primero debes estar bien interiormente. Y cuando lo estás, querés sentir que, así como sos por dentro, también podés serlo por fuera. Con la casa pasa igual: querés sentirte cómodo en el lugar físico que habitás y que el entorno de tu casa sea coherente con vos.
Por eso hablamos de armonía, de una sensación de integridad. Tenés una linda casa y querés salir al jardín y que también sea lindo. El jardín empieza a ser una extensión de la casa al aire libre.
—O sea que el jardín deja de ser simplemente “lo de afuera”.
— Exactamente. No hay que ver el jardín como algo separado de la casa. Es una extensión de la casa en la naturaleza o al aire libre.
Y no se trata solamente de "acomodar plantas". Aquí viene el concepto de no armar algo "porque está de moda" o con las tendencias en auge, sino en generar el jardín que te gusta. Si yo solo tengo presupuesto para hacer un simple espacio donde comer asado, pero es lo que me gusta, es lo que disfruto, ya empiezo a tener mi jardín. Si necesito sombra, pongo el árbol que me gusta, entonces disfrutaré estando bajo esa sombra. El jardín empieza a tener una relación conmigo cuando me es grato.
Es allí cuando aparece el amor por el lugar. Y eso hace que sea más fácil cuidarlo, mantenerlo y usarlo. Cuando un lugar te gusta, invitás incluso a los demás a estar en él.
“Mendoza debe volver a ser linda”
—Quiero entrar en el tema que probablemente más me interesa de esta charla: el paisajismo urbano. ¿Se puede hacer paisajismo de una ciudad entera?
— Absolutamente. Mendoza, por ejemplo, ya tiene un arbolado público maravilloso y con muchos años de historia.
Cuando una ciudad se está expandiendo es justamente el momento de utilizar un paisajista o un urbanista: primero para darle una determinada estructura a ese crecimiento y después para pensar cómo se implementa el verde.
Mendoza tiene la tradición de los árboles. Antes elegíamos un árbol porque daba sombra o porque daba flores. Hoy hay muchas más cosas que considerar. Por ejemplo, que un árbol no genere alergias, que sea adecuado para los niños, para los adultos mayores o que no le complique la vida a personas con determinadas condiciones.
—¿Eso significa que no debería existir un mismo criterio paisajístico para todos los lugares?
— Exactamente. Hay que entender qué necesita cada espacio. Podemos pensar un paisajismo para un hospital, por ejemplo, y será diferente del de un centro comercial. En un hospital hay una relación con la sanación: el verde ayuda a relajarse y, cuanto más relajada está una persona, más fácil es la recuperación.
En un centro comercial quizás necesitás algo que requiera menos mantenimiento. Hay una relación distinta con el árbol. Por eso el paisaje tiene que estar adecuado a la situación que queremos generar.
—¿Y qué pasa con Mendoza como ciudad? ¿Puede recuperar una identidad paisajística común?
— Mendoza no es casualmente linda. La ciudad nació con una idea de urbanismo y de paisaje. Lo que se debe recuperar en los habitantes es esa visión e intención de que Mendoza sea linda. Que salir y encontrarnos con algo lindo sea lo de todos los días.
Hay una conciencia del paisajismo que se está recuperando. Cuando uno anda por la ciudad se empieza a notar nuevamente que queremos hacer de Mendoza una ciudad linda.
“La coherencia no la da el paisaje: la dan las personas”
—Pero tenemos un problema: si cada propietario hace lo que quiere en la vereda, cada comercio interviene su frente... ¿Se puede lograr una estética urbana común?
— Por supuesto que se puede, pero primero hay que definir qué entendemos por coherencia estética. Una ciudad tiene muchas cosas diferentes y cada lugar está pidiendo cosas diferentes.
No es lo mismo un parque donde la gente busca sombra y espacios grandes para tomar mate que un hospital, donde quizás son importantes otros elementos. Puede haber una línea conductora que una todo, pero esa línea no la da el paisaje: la dan las personas. El paisaje se suma a la conciencia de las personas.
—Entonces habría que buscar acuerdos entre vecinos...
— Sí. Cuando juntás varias personas podés encontrarte con mundos completamente diferentes. Por eso es clave encontrar un punto medio. Si los vecinos que residen en una calle, o los comerciantes que tienen sus negocios en una determinada zona no se ponen de acuerdo en que quieren embarcarse en un cambio estético y paisajístico, de nada sirve convocar al profesional.
Si ya hay acuerdo, por ejemplo, podemos decidir que queremos poner árboles. Ese es el primer paso. Después buscamos asesoramiento para elegir un árbol con el que todos puedan estar más o menos contentos.
En los barrios privados es más fácil porque normalmente existen reglas que marcan cierto alineamiento. En lugares muy eclécticos es más difícil.
—¿Y cómo se genera esa conciencia?
— Muchas veces dando el ejemplo. Si vos tenés un jardín y el vecino ve lo que hiciste, quizás también empieza a hacer algo. A lo mejor no era amante de los jardines, pero te empieza a copiar. Y eso ayuda a levantar la conciencia sobre el verde y sobre la naturaleza.
“El Estado también puede mostrar el camino”
—¿Un municipio o una provincia podrían establecer un criterio obligatorio de paisajismo para determinadas zonas?
— Es totalmente posible. En España, por ejemplo, hay comunas o pueblos que vienen acompañados de un formato legal que enmarca el proceso de transformación. Pero no se puede implementar de un día para el otro algo "encajado" como obligatorio: de nada sirve un código de normas si a nadie le gusta o nadie lo acepta. Primero hay que trabajar sobre una conciencia que ayude a esa transformación.
En Mendoza ya se ven intervenciones interesantes. Por ejemplo, las rotondas pueden gustarte más o menos, pero muestran que existe una intervención sobre el paisaje.
—¿Qué diferencia ves con Europa?
— En Europa se trabaja en paisajismo pensando 20 años hacia adelante. Lo que se está haciendo hoy fue pensado 20 años atrás.
Hay municipios que incluso reciben reconocimientos por cuidar mejor el paisaje. Eso genera una intención, una especie de competencia positiva, pero sobre todo genera conciencia. Y esa conciencia no es solamente del que gobierna: también es del ciudadano.
“Hay que dejar de decir ‘no hay agua’ y empezar a preguntar ‘¿cuánta agua tenemos?’”
—¿Qué estamos haciendo bien en Mendoza en materia de paisajismo urbano y qué nos falta mejorar?
— Para hacer las cosas bien, lo primero que hay que hacer es cuidar lo que hay. Tener conciencia de que hay que cuidar lo que tenemos es importantísimo. No olvidarnos de lo que se ha hecho, y no destruirlo.
—Uno de los argumentos que aparece siempre es el agua. ¿El futuro del paisajismo mendocino pasa necesariamente por consumir menos agua?
— El tema de sentenciar: “no hay agua”... no me gusta. Prefiero preguntarme: ¿cuánta agua tenemos? Y desde ahí, trabajar.
Es verdad que en Mendoza el agua es limitada y que probablemente habrá menos recurso hídrico en el futuro. Entonces tenemos que poner plantas que se adapten a eso, pero con una forma estética.
Por un lado está la naturaleza tal cual es, con las plantas autóctonas: ¿por qué no usarlas? Y, por otro, nuestra capacidad de decir: con esto que tenemos, ¿cómo podemos organizarlo para que tenga un mayor valor estético? Para mí, esas son las nuevas tendencias.
“El amor por una planta es lograr que pueda crecer donde está”
—Si tuvieras que recomendar especies para Mendoza, ¿qué te gusta especialmente?
— Me encantan los árboles grandes. Me gustan las tipas, los jacarandás, los lapachos rosados. También me gustan los arbustos que tienen formato de árbol pequeño, como los crespones, y los prunus, porque tienen una forma preciosa y además dan flores.
Pero cuando uno empieza a observar la dinámica de crecimiento de una planta, empieza a relacionarla con la propia dinámica.
—¿Y hay especies que te encantan pero que no recomendarías para cualquier lugar?
— Por supuesto. Cada planta tiene que estar en el lugar adecuado. Por ejemplo, si ponés un jacarandá en un lugar que no tiene las condiciones apropiadas, va a ser un problema. En Tupungato, se va a helar. Es un árbol grande y necesita determinadas condiciones.
Cuando hablamos de paisaje, tenemos que relacionarnos cada vez más con algo que ya está pasando en el mundo: la conciencia del terruño. ¿Qué es lo mejor que puede darse en este lugar?
“Mendoza merece un impacto visual a la llegada”
—Si mañana te dieran la posibilidad de diseñar un plan paisajístico maestro para el Gran Mendoza, ¿por dónde empezarías?
— Lo primero que haría sería mostrarle a quien viene de afuera que nosotros somos amantes del paisaje y de los árboles.
Empezaría retomando todas las entradas a Mendoza, desde el aeropuerto hasta el centro. También todas las demás entradas. Les daría una identidad muy clara: "bienvenidos a un lugar donde amamos la naturaleza y cuidamos la naturaleza".
Mendoza ya tiene esa historia. Está regada y plantada. Lo que tenemos que hacer es poner más fuerza en eso, que de una manera natural nos parezca que lo normal es que Mendoza sea bella porque está cuidada.
—Si tuvieras que elegir un solo lugar para intervenir y transformarlo completamente, ¿cuál sería?
— Te lo repito: todo el acceso del aeropuerto hacia la ciudad. Es nuestra carta de presentación.
Haría una obra en donde el visitante se encuentre con el paisaje. No necesariamente tiene que ser verde. Puede ser incluso de roca, porque la roca también es naturaleza, también es paisaje y también es parte de lo que tenemos para mostrar.
Me parece que falta un impacto visual a la llegada. Es la entrada a Mendoza. Mendoza merece eso.
Hay mucha gente que viene a la provincia y no tiene acceso a algunos paisajes maravillosos que nosotros conocemos, como el de las bodegas. Y llegar, ya sea entrando por el Arco de Desaguadero, o bajándose de un avión, e impactarse con una belleza paisajística, es importante.
“Primero hay que ponerse de acuerdo en que queremos avanzar”
—¿Qué relación debería existir entre arquitectos, urbanistas, municipios, políticos y paisajistas? ¿Es posible trabajar todos juntos?
— Eso ya está pasando en Mendoza y es muy bueno reconocerlo. En varios municipios los están convocando.
Y vuelvo sobre esta idea: lo más difícil es la conciencia de grupo. Cuando estamos trabajando juntos desaparecen las personas individuales y aparece el objetivo común: ¿qué vamos a hacer? ¿En qué debemos estar de acuerdo todos? Ese es el punto más complejo.
Si no hay consenso y empatía, no se puede avanzar, porque lo que se haga por unos, será deshecho por otros.
—Pensemos en los polos gastronómicos urbanos: calle Sarmiento, Arístides, Chacras de Coria, la Alameda. Si los comerciantes quisieran ponerse de acuerdo para hacerlos más lindos, ¿qué les dirías?
— Primero que nada, que tomen conciencia de lo que quieren, y que estén de acuerdo. Si me llaman porque todos quieren que sea más linda su calle o su zona, tengo todas las puertas abiertas. Pero si me llama una persona y los demás no quieren nada, es muy difícil, te diría que imposible.
El primer consejo sería: pónganse de acuerdo ustedes primero en que quieren avanzar. Formen grupos de gente interesada. El paisajista no tiene que ir a convencerlos.
El paisajismo ya se ha trabajado muchísimo en Mendoza. Ya se sembró mucho y, gracias a Dios, hay cosas funcionando independientemente de quienes comenzaron a sembrarlas. Ahora es momento de seguir haciendo.
“En el espacio público hay que generar impacto, pero también pertenencia”
—¿Y cómo se trabaja en los barrios o espacios donde todavía no existe esa conciencia?
— En el lugar público hay que pensar en cosas sencillas, pero que tengan alto impacto. Porque el alto impacto genera una reacción. Pero lo que debo pensar, es en que se construyan espacios que los habitantes quieran habitar. Aquí no vale el gusto personal del gobernante o de quien decide, sino pensar esa obra en función de su uso y disfrute.
Hay que entender que los saltos demasiado grandes no siempre son las mejores decisiones. Si estamos haciendo una plaza en un barrio que nunca tuvo una plaza, probablemente si hacemos algo demasiado sofisticado no cuaje con sus habitantes, o hasta pueda ser vandalizada.
La gracia está en preguntarse: ¿cómo hacemos algo interesante, divertido, y que haga que quienes van a usarlo y habitarlo lo sientan propio? Porque así pondrán amor en ese lugar y lo cuidarán. El paisajista o el profesional no debe pensar "qué haría yo", sino qué necesitan ellos para que eso funcione.
“La gente negada siempre encuentra una excusa”
—¿Y qué hacemos con quienes directamente se niegan a cualquier cambio?
— Yo no estoy para hacer ese trabajo. Si alguien está negado, es como pelear contra una pared.
Me gusta mucho más buscar a las personas interesadas: gente que quiere trabajar por el paisaje, por el buen vivir, por ayudar al prójimo, por tener una visión más amplia de la provincia y por transformar el lugar donde naciste en un espacio más generoso.
El enfoque no tiene que estar en la gente negada, sino en la gente que tiene ganas de hacer cosas. La gente negada siempre encuentra una excusa para no hacer.
“El paisaje también tiene que ver con quiénes somos”
—Para terminar, hay una parte tuya que quizás no todos conocen. Sos un estudioso y un practicante de la meditación, de la espiritualidad y hacés carne tu conexión profunda con la naturaleza...
— Mucha gente todavía cree que mi trabajo consiste en poner plantas. Pero yo trabajo la relación entre el paisaje, la arquitectura, las personas y la naturaleza. Es mucho más profundo.
Por eso la meditación en mi vida: tiene que ver con ir descubriendo cada día más quién sos verdaderamente. Al seguir la respiración, a través de ese ejercicio, vas llegando a una unidad con el universo.
Se trata de estar conscientes de que somos uno, no solamente con la persona que tenemos enfrente sino también con la naturaleza. Entenderlo es maravilloso.
Quizás por eso el paisajismo, para mí, termina siendo mucho más que diseñar un jardín. Es una manera de entender el lugar que ocupamos. Cuando empezamos a mirar el paisaje de esa forma, también empezamos a mirarnos a nosotros mismos de otra manera. Y ahí es donde todo empieza a tener sentido.