Descorchar un vino sin miedo: la dictadura del experto que nadie pidió
Descorchar una botella no debería requerir un posgrado. Basta de etiquetas imposibles, tecnicismos vacíos y narices soberbias: el vino es para beberlo.
No hay que entrenarse en Suiza para disfrutar un vino.
Hay algo que me preocupa seriamente, y no es ni el precio del dólar ni los viajes "deslomados" de Adorni. Es la solemnidad con la que algunos han decidido envolver al vino. Parece que para levantar una copa hoy hiciera falta un máster en enología, un paladar calibrado en Suiza y la capacidad de detectar “notas de frutos del bosque recién cosechados bajo la lluvia de octubre”.
Déjenme decirles algo que quizás los "vinófilos" de etiqueta no quieren escuchar: el vino no es una ciencia exacta, es un momento.
El fin de la tiranía técnica
Ir a una bodega o entrar a una vinoteca hoy puede ser intimidante. Te bombardean con datos sobre la maloláctica, el paso por barrica de roble francés de segundo uso, o si el suelo tiene más caliche que el vecino. Y está bien, la parte técnica existe y es fascinante para quien la busca. Pero cuando esa información se vuelve una barrera de entrada para el tipo que solo quiere un tinto para acompañar el asado de domingo, estamos haciendo las cosas mal.
Si necesitás saber qué significa tanino para poder disfrutar de un Malbec, entonces el vino perdió la batalla. El vino, en su esencia más pura y maravillosa, es una bebida social. Es el hilo conductor de una charla, el compañero fiel de una picada o ese mimo al final de una semana agotadora.
Tu paladar manda
¿Te gusta el vino con hielo? Ponéle hielo. ¿Preferís un blanco dulce cuando todo el mundo te dice que deberías tomar un tinto seco y complejo? Tomá el blanco dulce. ¿No le encontrás el “aroma a cuero viejo”? No importa, seguramente le encontrás olor a algo que te hace feliz, y eso es suficiente.
La verdadera soberanía está en el disfrute personal. La industria se ha encargado de crear una legión de consumidores paralizados por el miedo a quedar como ignorantes. "No sé nada de vinos", me dicen seguido. Y mi respuesta es siempre la misma: "¿Te gusta lo que estás tomando?". Si la respuesta es sí, entonces sabés todo lo que necesitás saber.
El mejor vino es el que se comparte
No hace falta estudiar, ni seguir reglas absurdas escritas por gente que probablemente no se divierte tanto como nosotros. El mejor vino es el que tenés a mano, el que te podés permitir y el que decidís abrir para compartir con alguien que querés.
Así que, la próxima vez que te encuentres frente a una góndola, dejá de lado las notas de cata pomposas. Agarrá una etiqueta que te llame la atención, descorchá sin vueltas y, por sobre todas las cosas, disfrutá.
Después de todo, la vida es demasiado corta para tomar vinos que no nos gustan solo por quedar bien en una mesa. Salud por eso.