Cecilia Albino y la maternidad real: "Hay que romper definitivamente con el paradigma de la perfección"
Cecilia Albino es mamá de cuatro hijos y dos de ellos viven realidades que la obligaron a revisar, desde un lugar profundamente íntimo, todo aquello que alguna vez creyó saber sobre ser madre.
Cecilia Albino y una sincera y frontal charla sobre la maternidad real. Un testimonio valioso.
Rodrigo D'Angelo / MDZLa maternidad es una de esas experiencias que parecen universales y, sin embargo, son imposibles de contar en una sola versión. Se habla de ella como si existiera un modelo: el embarazo, la llegada del bebé, el crecimiento, la felicidad. Pero después aparece la vida. Y la vida, muchas veces, no sigue el guion que una imaginó. Cecilia Albino lo sabe.
Es mamá de cuatro hijos. Durante años trabajó, estuvo vinculada al mundo de la gastronomía y el turismo, es decoradora de interiores, y fue voluntaria en CONIN, la institución fundada por su padre, el pediatra Abel Albino. Creció, además, en una familia en la que las historias de enfermedades, tratamientos y pacientes formaban parte de la vida cotidiana.

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Pero nada de eso la preparó completamente para lo que significaría atravesar, dentro de su propia casa, una maternidad con desafíos que no había imaginado.
Su tercera hija, Lieve, tiene acondroplasia. Su hija menor, Ineke María, comenzó desde muy pequeña a manifestar una neurodivergencia vinculada al TDAH. Y aunque ambas experiencias transformaron profundamente a la familia, Cecilia reconoce que la segunda fue, en muchos aspectos, la que más la desordenó por dentro.
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Porque hay cosas que se ven. Y otras que no. Y cuando no se ven, muchas veces tardan más en ser comprendidas. Por los padres, por la escuela, por los amigos y por la sociedad.
Si querés ver la entrevista a Cecilia, podés comenzar por este video a continuación, y buscar la segunda parte más abajo. Pero también podés leerla haciendo scroll hasta el final: ¡está transcripta!
—Ceci, sos mamá de cuatro hijos y dos de ellos tienen realidades que seguramente te llevaron a vivir la maternidad de una manera diferente a la que habías imaginado. ¿Cómo es ser mamá y enfrentarte a un mundo que quizás no era el que habías pensado?
—¡Ay, qué tema el que has elegido para que charlemos! ¡Tantos años que nos conocemos! Con vos, me animo. (Risas). Es interesante porque yo me acuerdo de que, antes de casarme con Roon, le dije: “¿Qué harías si tuviéramos algún chico con discapacidad?”. Hablamos de estos temas antes de tener hijos. Y los dos coincidíamos en que era un hijo que íbamos a tener y a cuidar. Ninguno de mis hijos tiene una discapacidad, pero sí me plantearon desafíos fuertes.
En realidad, después aprendés que en la vida hay tantos desafíos que no tienen ningún certificado de discapacidad... Hay situaciones que también te cambian, que también te duelen y que también te obligan a aprender.
Para mí ha sido maravilloso mi camino como mamá. Y cuando digo maravilloso, no quiero decir que no haya sido doloroso. Ha sido doloroso, y mucho. Pero el dolor vale. Como vale una vida. Como vale el amor que sentimos por nuestros hijos. Las penas pasan y queda lo bueno.
Hoy tenemos a mi más chiquita, Ineke María, a Roon, a Ben, y a Lieve, mi chiquita con acondroplasia. Yo todos los días de mi vida le doy gracias a Dios por esa nena. No lo puedo creer. Ella se ama. Es una persona maravillosa.
Es líder positiva en la escuela, tiene asistencia perfecta, no quiere faltar nunca. No quiere faltar a tenis, ni a una juntada con amigos. Es la que se acerca al que está solo. Tiene once años y ya sabe que quiere ser arquitecta. Tiene proyectos, una agenda, planes. Es una persona con una vida enorme.
—¿Y después llegó Ineke María, tu hija menor?
—Ineke María tiene ocho años... Y a los dos años empezó a manifestar una neurodivergencia. Tiene TDAH con hiperactividad.
Mi papá a esto lo vio enseguida. "El Abel médico" nos decía: “Miren esto, están a tiempo, hagan terapia, vean la medicación”. Pero nosotros pensamos que quizás era algo madurativo y nos dejamos estar.
Después llegó la pandemia, los cuidados, el encierro... fue muy fuerte para ella y para todos.
Hoy estamos mucho mejor. Literalmente estamos dando todos, todo. Tenemos una cantidad enorme de tratamientos a seguir, actividades terapéuticas, médicos y acompañamientos.
Acepté hacer esta entrevista en este momento porque mi hija está mejor. Porque estamos saliendo. Porque llevo mucho tiempo sin poder hacer nada más que estar pendiente de lo que le pasa.
Y dije “estamos” porque cuando un hijo tiene una dificultad de este tipo, no la atraviesa solamente ese niño. La atraviesa toda la familia. Te digo que hemos tenido momentos realmente devastadores: muy pero muy difìciles.
“Nunca idealicé la maternidad, pero igual hay cosas que te patean el tablero”
—Cuando una mujer tiene hijos, aunque no lo diga, muchas veces imagina cómo va a ser el camino. Y cuando ya tuviste dos hijos, incluso podés creer que ya sabés cómo funciona esto. ¿Qué pasa cuando de golpe la realidad empieza a ser diferente?
—Yo tuve la suerte, o quizás la crianza realista, de nunca idealizar demasiado la maternidad. No esperaba que todo fuera color de rosas. Había sufrido cosas fuertes en mi vida -dificultades, pérdidas- y sabía que vivir era enfrentarse a situaciones inesperadas.
Pero también creo que hay cosas que te patean el tablero. Y algo fundamental para mí fue haber elegido bien con quién formar una familia. En mi casa siempre me hicieron mucho hincapié en eso: no casarte porque sí, sino elegir a una buena persona. Y yo me casé con un hombre maravilloso.
La situación de Ineke María hizo que tuviera que dejar de trabajar para ocuparme full time de ella y sentí mucha culpa. Muchísima. Pero mi marido me dijo: “Ni se te ocurra sentir culpa. Esto es una etapa. Si vos ganaras más que yo, dejaría yo de trabajar. Somos un equipo”. Eso para mí fue fundamental.
Yo les digo a mis hijos varones que ojalá, el día de mañana, se inspiren en su papá para ser esposos. Porque es un lujo tener un compañero que entiende que una familia es justamente eso: un equipo.
“Diagnóstico no es destino”
—En el caso de Lieve, vos hablás mucho de que el desafío no está solamente en la persona, sino también en la sociedad.
—Absolutamente. Una condición no define a una persona. Es una característica. Diagnóstico no es destino. Y, en realidad, nada es destino.
¿Cuántas personas sin ningún diagnóstico hacen muchísimo daño en el mundo? ¿Y cuántas personas con una discapacidad vienen a sacar lo mejor de los demás? Esto es algo personal, pero yo siento que muchas veces las personas con discapacidad nos enseñan a ser mejores. Nos obligan a mirar de otra manera, a tener paciencia, a respetar, a acompañar. Por eso creo que hay que defender esas vidas y honrarlas.
Y también creo algo: no hay que huirle al dolor. No porque haya que buscar sufrir. Sino porque el dolor, cuando llega, puede transformarte. Puede hacerte mejor.
La neurodivergencia: “Eso sí que me dejó patas para arriba”
La acondroplasia de Lieve fue una experiencia que Cecilia logró incorporar rápidamente a la identidad de su familia. Sin embargo, la neurodivergencia de Ineke fue distinta. Más invisible. Más difícil de identificar. Y, sobre todo, mucho más difícil de transitar puertas adentro.
—Cuando hablás del TDAH, decís algo muy fuerte: que fue más tortuoso que la experiencia anterior.
—Sí. Mucho más.
A mi me ha tocado estar en contacto con muchas enfermedades durante toda mi vida. Soy hija de un pediatra y mi papá siempre estuvo muy involucrado con sus pacientes. Las historias de las personas formaban parte de nuestra vida.
Por eso sé que los temas de salud mental y las neurodivergencias son de los más difíciles de reconocer y de tratar. Y te liman. Realmente, hay ciertos momentos en los que te sentís destrozado.
Si vos, como padre, no reconocés lo que está pasando, la convivencia se empieza a destruir. Se destruye el diálogo. Se destruyen las relaciones. Y eso es muy fuerte. Lo que yo viví con esta experiencia no me lo esperaba. Esto sí que me dejó patas para arriba.
¿Vos entendés que no sabés qué pasa, porque no se ve? ¡Es terrrible! ¡La angustia! ¡La impotencia! Pero en mi caso, ahí apareció algo fundamental para salir a flote: la sociedad. La inclusión. La tolerancia. La red.
Mi papá me dijo una vez algo que me quedó grabado: “Al chico lo sostienen los padres y la familia. ¿Pero a la familia quién la sostiene?”. Los amigos. Los clubes. Las instituciones. La comunidad. La gente que te rodea. La fe.
También te digo que nosotros, durante mucho tiempo, estuvimos muy solos. Había gente que dejó de invitarme a lugares con mi hija porque era difícil. Porque podía haber gritos, porque podía hacer un escándalo. Y debo decir que yo misma empecé a replegarme. Nos replegamos como familia. Esos tiempos han sido muy duros.
“Mi hija estaba sufriendo y nosotros también”
Cecilia no romantiza el proceso. Habla de gritos. De escándalos. De frustración. De agotamiento. De llamados desde la escuela. De situaciones que comenzaron siendo graciosas y dejaron de serlo.
Y también habla de algo que considera fundamental: pedir ayuda.
—¿Cuándo un padre tiene que empezar a preguntarse si algo necesita atención?
—Hay muchas señales. En nuestro caso hubo dificultades para prestar atención, para acatar órdenes, distracción permanente, ir y venir constantemente...
También nos explicaron que pueden aparecer dificultades en el habla, problemas para interactuar en grupos, aunque en el uno a uno el niño se vincule muy bien.
La baja tolerancia a la frustración puede ser tremenda. En nuestra casa podía desatarse una crisis de gritos y llantos con Ineke porque perdió un juego de mesa, o porque no estaba viendo lo que quería en la televisión.
Por supuesto, todo eso empieza a alterar la vida familiar. Después te llaman de la escuela porque se porta mal, porque pega, porque quiere escaparse.
Y en estos casos el consejo primario es consultar. No quedarse solo. Buscar profesionales.
—Vos hablás de la medicación sin miedo, y es interesante porque es algo que todavía genera mucha resistencia en algunas familias.
—Sí. Yo hablo desde nuestra experiencia. Hay padres que sienten miedo. Piensan que van a “dopar” a sus hijos. Yo creo que hoy hay que sacarse muchos fantasmas de encima. La ciencia avanzó y la medicina está para ayudarnos.
En nuestro caso, sinceramente, no sé qué habría sido de mi hija sin medicación. Pero no se trata solamente de eso. Se trata de entender que un equipo debe ayudarte. Psiquiatras, neurólogos, psicólogos, psicopedagogos, psicólogo que haga todo un acompañamiento familiar.
Y también aconsejo encontrar actividades que ayuden al chico a estar bien. Con Ineke nos resulta el deporte: tenis, por ejemplo. Lo importante es no negar que ese chico está sufriendo, porque muchas veces simplemente creemos que es malo, o nos autodecimos: “no quiere hacer caso”, “es caprichoso”. Quizás en tu hijo hay algo que necesita ser comprendido.
La culpa de los padres y la pregunta que nadie quiere hacerse: “¿Qué pasa con los hermanos?”
Hay otra dimensión de estas historias de la que se habla poco. Cuando un hijo necesita más atención, más tratamientos y más tiempo, inevitablemente aparece una pregunta: ¿qué pasa con los otros? ¿Cómo se cuida a los hermanos para que no sientan que quedaron en un segundo plano?
Cecilia tiene una respuesta clara: nadie puede hacerlo solo.
—Ayuda. Hay que pedir ayuda. Escucho mucho hablar del individualismo. Y creo que tenemos que volver a hacer redes, decirle a un amigo: “Che, ¿te podés quedar con los chicos y yo voy un rato a acompañar al otro?”.
O simplemente tener un momento para sentarte con un hijo y preguntarle cómo está.
No todo el mundo puede pagar ayuda. No todos tienen familiares disponibles. Nosotros tampoco tenemos a nuestros padres para poder recurrir permanentemente. Entonces aparecen los amigos, los vecinos, los primos. Hay que estar abiertos a los demás. Beneficiarse de esa red. Y también ser red para los demás. Un día sos vos el que necesita ayuda, y otro día puede ser otra familia.
—¿Y qué pasa con la pareja cuando uno de los dos siente que no puede más?
—Ahí aparece algo que para mí es mágico: cuando uno se sienta en el escalón, el otro se levanta. Somos un equipo. No es “yo hago mi vida y vos arreglate”. Hay que hablar. Organizarse. Preguntarse cómo hacemos.
A veces uno está pensando en comprarse algo o en salir a comer y quizás esa plata se puede usar para pagar una ayuda que te permita atender una necesidad concreta de tu hijo.
Ojo, no digo que haya que dejar de vivir. Al contrario: creo que nunca se puede sacrificar completamente la vida familiar y social, porque si para sostener una situación terminás destruyendo emocionalmente a los otros hijos, algo no está funcionando.
Si querés ve la segunda parte de la entrevista a Ceci Albino, podés hacer click en este video. Si preferís leer... ¡podés seguir haciendo scroll hacia abajo!
Romper el paradigma de la perfección
En las redes sociales, Cecilia muestra mucho de su vida familiar. Pero no lo hace para construir una imagen de maternidad perfecta, sino todo lo contrario. Una de las ideas que más repite es que hay que romper con ese paradigma, con esa fantasía de que una familia feliz es una familia sin problemas.
—¿Qué significa para vos romper el paradigma de la perfección?
—Primero, animarse a vivir. Yo nunca fui Susanita. Nunca fui la que imaginaba una maternidad perfecta, la ropita perfecta, la casa perfecta.
Encontré el amor, me dejé llevar por un amor sano, puro. Me casé, tuve hijos y me entregué a vivir. Y en eso me equivoqué muchísimo. Me equivoco todo el tiempo. Creo que aceptar eso ya es muchísimo.
Hay que aceptar lo que nos toca y dejarnos llevar por el poder del amor. Corregirnos. Bajar la cabeza cuando nos equivocamos. Eso también es vivir.
A veces, con mis hijos, después de un día difícil, nos vamos a tomar un helado, hablamos, y les digo: “Esto que estamos viviendo también nos puede hacer mejores”... no porque sea fácil. No porque haya que romantizar el sufrimiento. Sino porque las dificultades también pueden enseñarnos algo.
La fe, el enojo, el catolicismo
La fe es otro de los pilares de la vida de Cecilia. Pero tampoco la presenta como un camino lineal. Su fe también tuvo crisis. También tuvo enojo. Después del nacimiento de Lieve, Ceci se alejó durante un tiempo de la Iglesia.
—Soy católica y estoy muy orgullosa de serlo, porque es algo que elegí. Tuve la suerte —o me tocó, según cómo se lo mire— de crecer con una mamá muy religiosa y un papá que se convirtió de grande, pero que vive la fe con muchísima profundidad y estudio. Sin embargo, mi casa siempre fue una casa muy abierta. Yo pude conocer y vivir la fe católica, pero también convivir con la "no fe", con el secularismo. Nunca crecimos encerrados: mi casa siempre estuvo llena de todos los colores, todos los pensamientos. Y creo que, justamente, cuando uno crece y le dan libertad, termina eligiendo. En mi caso, elegí la fe.
La dimensión de la fe es fundamental en mi vida. Si hay algo que agradezco profundamente es tener fe. Yo siempre pienso que la fe es una virtud que se tiene o no se tiene; no se puede obligar a nadie a creer en algo. Para mí nunca fue algo para mostrar, para quedar bien o para construir una imagen. Es simplemente parte de mí, de cómo soy y de cómo vivo.
Y sí, creo que muchas veces, cuando se habla de fe, se le ponen adjetivos vinculados con lo limitante, lo prohibitivo o incluso con algo oscuro. Yo, en cambio, la vivo de una manera completamente sana y liberadora. Te lo confirmo: la fe ha sido fundamental en mi vida, especialmente frente a los desafíos que me tocó atravesar como mamá. En esos momentos, más que sentirla como una carga, fue un sostén. Por eso, si hay algo que puedo agradecer profundamente en mi vida, es justamente mi fe.
—¿Te enojaste con Dios?
—Sí. En algún momento me enojé. Sobre todo cuando sentí mucha soledad. Estuve mucho tiempo sin ir a misa. Mi esposo, que no es católico ni pertenece a ninguna religión, me preguntaba si quería volver. Y yo no quería. Estaba indignada.
Pero después entendí que la fe también hay que trabajarla. Hay que formarse y pensar mucho... A veces uno se enoja con una idea de Dios que quizás ni siquiera es Dios.
Empecé a volver a practicar mi fe cuando me di cuenta de la maravilla que me estaba perdiendo. Volví porque entendí algo muy simple: que Dios nos espera de vuelta. Que nos ama. Y que perdona.
“Una vida perfecta con imperfecciones”
La última pregunta me parecía sencilla, pero, después de todo lo hablado, es casi imposible que lo sea.
¿Qué es hoy una vida perfecta para una mujer que aprendió que los hijos no son como uno los imagina, que la maternidad puede doler, que una familia puede aislarse, que la culpa puede aparecer y que incluso la fe puede atravesar momentos de enojo?
Cecilia piensa un instante. Y responde con una imagen.
—Una vida perfecta, es perfecta con imperfecciones. El mejor ejemplo es lo que hacen los japoneses que, cuando se rompe una pieza de porcelana valiosa, no la descartan: la vuelven a unir con oro. Me parece una maravilla: honrar el dolor. Honrar lo roto. Y nacer desde ahí.
La clave es querernos más. Somos lo que damos. Demos. Amemos. Dejémonos querer. Demos amor.
Para mí una vida perfecta es dejar una huella positiva porque quisimos, porque amamos, porque hicimos reír a alguien, porque abrimos la puerta de nuestra casa, porque no juzgamos.
A veces podemos hacer algo enorme... Y a veces es solamente cuidar el perro del vecino. Preguntarle a una mamá cómo está. Invitar a jugar a un chico que está solo. Hablar con alguien mirándolo a la cara.
Dar ese poquito más. Yo aprendí que la vida perfecta no tiene que ver con que nada se rompa. Tiene que ver con reconciliarme y aprender a amar a aquello que se rompió; y descubrir, con el tiempo, que algunas de las grietas que más dolieron terminaron dejando entrar la luz.





