Murió Francisco, el Papa argentino que sonreía
El 13 de marzo de 2013 llegué a la Redacción de MDZ minutos antes de escuchar el anuncio que causó, en este diario digital, uno de los más sinceros estupores, una de las sorpresas más grandes de todos los que hacemos MDZ Online.
Tengo educación jesuita, y la novedad me dejó helado, primero porque... ¡El Papa era argentino! y segundo porque Jorge Bergoglio era un hombre que conocía, que había ido a mi colegio como sacerdote. Un hombre con quien compartí momentos educativos y de formación –mi educación primaria y secundaria transcurrió, desde el jardín de infantes hasta quinto año del secundario en el colegio San Luis Gonzaga, y llegué a compartir amistad con muchos sacerdotes jesuitas diseminados por diferentes partes de la Argentina y el mundo-. Ese hombre que estuvo en encuentros juveniles y con quien me saqué fotos, desde ese momento era su Santidad, Francisco.
Lo que sigue es una reflexión desde la religión, por lo cual entiendo perfectamente a aquellos que no la comparten. Y los respeto. La intolerancia es un disvalor terrible, y en este caso puede recaer tanto del lado de los fanáticos religiosos, que intentan imponer su creencia a todos "de prepo"; como del lado de los agnósticos o ateos que con agresiones, insultos o faltas de respeto menoscaban los derechos de otros ciudadanos a profesar libremente su culto.
-
Te puede interesar
Día de la Empanada: cómo hacer la receta clásica argentina
Los cristianos rezamos al Espíritu Santo en ocasiones especiales. Pero creemos, tenemos fe en que Él actúa siempre, lo invoquemos o no, de modo poderoso, incisivo, silencioso... inspirando oración, libertad, amor, conversión, variedad, unidad... por lo cual no tenemos motivos para pensar que el Espíritu de Dios es quien ha actuado durante toda la gestión de Francisco. San Pablo, en la segunda carta a los Corintios decía: “Donde está el Espíritu del Señor, ahí está la libertad”.
Por supuesto, profesar una fe ciega es naif y hasta peligroso. Horrores en la historia se han perpetrado poniendo a la fe como justificante.
La fe crece cuando es cuestionada, desafiada, y hay que decir que el espíritu de los hombres y su libertad tiñen la fe con sus intereses y posturas, por lo cual siempre la razón debe estar presente y conformar con ella una dinámica indivisible. Francisco fue un ejemplo de ello, luchando contra los oscurantistas o arcaicos y abogando por la vivencia de la fe pero en un contexto inmerso en la vida actual, en el mundo de hoy.
Las posturas absolutistas, ultra conservadoras y excluyentes de la Iglesia también fueron batalladas por este hombre. "«El otro» no es solo un ser que debe ser respetado en virtud de su dignidad intrínseca, sino sobre todo un hermano o hermana para ser amado. En Cristo, la tolerancia se transforma en amor fraternal, ternura y solidaridad operativa", decía; dejando en claro que no solo se trata de "tolerar" sino de respetar y de operativamente lograr que quien no tiene mis costumbres o forma de vida si tenga los mismos derechos y la misma posibilidad de desarrollarse y ser feliz.
"En Cristo, la tolerancia se transforma en amor fraternal"
La curia de la Iglesia está conformada por hombres, con todo lo que ello implica. Hombres maravillosos, y hombres nefastos. Hombres humildes y hombres ególatras. Hombres heterosexuales, y hombres homosexuales. De distintas etnias, costumbres, clases sociales.
Así como condeno y repudio todos los actos espantosos de aberraciones que se han ido conociendo, a lo largo del tiempo, cometidos por sacerdotes católicos; agradezco haber conocido en mi juventud y mi profesión de periodista a excelentes personas, hombres y mujeres, que abrazaron la vida consagrada: personas comprometidas con la sociedad y con el mundo, y con la caridad y la generosidad a flor de piel en sus vidas.
Soy crítico de varias de las posturas de la Iglesia actual. Creo que hay muchas ideas retrógradas, y que existen personas en ella que transforman la vivencia de la religión no en algo liberador, humano, gratificante y constructivo; sino en un conjunto de reglas sombrías, manejadas a través del miedo y la culpa. Hay curas que más vale perderlos, que encontrarlos, hablando en criollo.
Pero igualmente, siempre al escuchar las palabras de Francisco I -ojo, las palabras de Él, no lo que se dice de Él o lo que se escribe sobre Él- me emocioné. Porque más allá del conjunto de dogmas y prohibiciones que para algunos implica adoptar una religión, yo al escuchar a este Papa cercano y hasta dicharachero volvía a sentir mi conexión con aquél en quien creo: Jesucristo.
Sin dudas, se fue el Papa de la gente: el que se acercó a la gente. El que "nos habló fácil".
Sí, la Iglesia se pasa de conservadora. Sí, dentro de ella hay gente que sigue manejándose con la amenaza del miedo, del pecado, del infierno. Pero creo que los valores que conforman el termómetro ético de la identidad de los argentinos y los latinoamericanos -región del mundo en la que es la religión dominante en la población- provienen del cristianismo. Que los curas los respeten o no, o que los ciudadanos los vivamos o no, es otra historia. La caridad, la generosidad, la verdad, la honestidad, la solidaridad, el amor son las virtudes que proclamaba Jesús, y las que nos inculcaron a (casi) todos desde pequeños.
Por eso nos impacta la muerte del Papa: porque los bautismos forman parte de nuestra vida social, los casamientos por iglesia siguen siendo un paso ineludible para muchas parejas -aún las de no creyentes-, celebramos la Pascua y la Navidad; sigue siendo feriado el día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María –el 8 de diciembre-, e invocamos a Dios frente a una preocupación, una enfermedad o cuando necesitamos protección. Estas son algunas de las pruebas de que la cristiandad está profundamente ligada a las costumbres y a la vida de (casi) todos. Y por eso la mayoría del pueblo argentino, como yo, está emocionado y compungido hoy con la partida física de Bergoglio.
Se fue seguramente un hombre con errores, y virtudes; con la misión de guiar, conducir. Pero sobre todo, para mí se fue el Papa que sonreía. El Papa que hizo una broma apenas unos minutos después de recibir sobre sus hombros el peso entero de una Iglesia lastimada y llena de desafíos.
Y sí, le sonreía a gente que a mi me parece maravillosa, y también a gente que yo cuestiono profundamente: porque también era, al fin y al cabo, un hombre con agenda.
Pero sobre todo, se fue un hombre que siempre pedía la bendición antes de darla, que era jesuita y que por eso empujaba la idea de hacer caminar de la mano la fe y el conocimiento.
Se fue un hombre que tomaba mate con los jóvenes sentado en el pasto, que en Buenos Aires vivía en un departamento en vez de en un palacio cardenalicio, que siendo obispo se tomaba la línea E del subte para ir a las villas. Se fue un Papa que cuando eligieron a Ratzinger pudo haber sido Él, y dijo "que pase de mí este cáliz".
Se fue, para mí, el Papa del nuevo mundo, el que tenía cara de buena persona, el que volvió a enseñarme a ser tolerante con los hombres y sus contradicciones -y conmigo y mis contradicciones-. Se fue el que eligió el nombre de Francisco de Asís, que fue un sencillo, un austero. Se fue el Papa que hizo que en mi corazón endurecido por el mundo haya nuevamente y todos los días, una oportunidad a la esperanza.