Este destino argentino sorprende a todos los que lo visitan
Cuando se habla de turismo en Misiones, la primera imagen que viene a la mente son las majestuosas Cataratas del Iguazú. Sin embargo, la provincia esconde innumerables rincones naturales que sorprenden a quienes buscan nuevas experiencias en plena selva misionera.
Uno de estos lugares imperdibles es el Parque Provincial Salto Encantado, un destino que invita a conectar con la naturaleza en su máxima expresión. Ubicado en el corazón de la selva, este parque protege más de 13 mil hectáreas y alberga una de las caídas de agua más impresionantes de la región: el Salto Encantado, con aproximadamente 64 metros de altura.
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Este espectacular salto de agua se encuentra en un entorno de densa vegetación, donde la erosión del arroyo Cuñá Pirú ha esculpido un cañadón profundo rodeado de flora autóctona.
Además del Salto Encantado, el parque cuenta con otros cuatro saltos ocultos en medio de la selva, accesibles a través de senderos tanto en deck como agrestes. Cada recorrido ofrece una experiencia única en contacto directo con la naturaleza.
En el parque se encuentran ejemplares de árboles de hasta 15 metros de altura, como la Guayubira, la palmera Pindó y el lapacho. También se pueden ver el Yacaratiá con sus frutos amarillos, la Yaboticaba, cuyo fruto crece directamente del tronco y las ramas, y el Güembé con sus grandes hojas verdes. Además, orquídeas, claveles, caraguatás y bromelias adornan los árboles y atraen a picaflores y mariposas.
Una leyenda ancestral sobre el origen del salto
Según cuenta la leyenda, el origen de esta cascada está relacionado con una tragedia de amor en la comunidad guaraní que habitaba el Valle del Cuñá Pirú. Allí, dos tribus enemigas coexistían: el cacique Aguará tenía una hija llamada Yate-í, mientras que el cacique Yurumí tenía un hijo llamado Cabure-í, un hábil cazador y guerrero.
Los jóvenes se conocieron durante una cacería y se enamoraron, pero sus padres no aceptaron su unión, lo que desató una gran batalla. Durante la lucha, Yate-í lloró al ver morir a su padre y sus lágrimas, al tocar el suelo, se transformaron en pequeños hilos de agua.
Cabure-í, al verla, dejó sus armas y corrió para compartir su dolor. En ese instante, cientos de flechas de ambos bandos abatieron a los jóvenes. Entonces, Tupá hizo que de las lágrimas de Yate-í naciera un arroyo y, con truenos y rayos, abrió la tierra para cobijar a los enamorados. Desde entonces, las aguas del arroyo caen en forma de cascada, y la leyenda dice que, en memoria de sus hijos, las tribus jamás volvieron a pelear.