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El "explorador" que llevó a una bodega mendocina al tope mundial con el "rey de las tintas"

Con casi tres décadas dentro de Trapiche, Sergio Casé se ha convertido en uno de los grandes referentes de la vitivinicultura nacional. Los reconocimientos y los desafíos.


Más de una vez ha surgido la pregunta dentro de la vitivinicultura argentina si el país puede ser mucho más que Malbec. Durante más de tres décadas, la cepa insignia nacional logró abrirse paso en el mundo convirtiéndose en prácticamente en un sinónimo de Argentina. Incluso, muchos han caído en la errada idea de que es lo único que existe en la industria local. Pero la realidad marca que no es así, el vino argentino es mucho más.

Detrás de ese fenómeno, al menos en el último tiempo comenzó a gestarse una nueva etapa para otras variedades históricas del país. Esas que llevan en las viñas argentinas decenas de años, esperando su momento. Entre ellas sobresale el Cabernet Sauvignon, la cepa nacida en Burdeos y considerada el “rey de las tintas”, que hoy vuelve a posicionar a la Argentina entre los grandes productores internacionales.

En ese camino, Bodega Trapiche, perteneciente a Grupo Peñaflor, se ha transformado en uno de los principales referentes. La histórica firma mendocina, fundada en 1883 y reconocida por cuarto año consecutivo como la bodega argentina más premiada del mundo, acaba de sumar dos importantes reconocimientos internacionales con esta cepa: el Trapiche Medalla Cabernet Sauvignon 2024 fue distinguido con la Medalla de Oro y elegido como “Wine of the Year – Argentina” en los Sommeliers Choice Awards 2026, mientras que el Trapiche Terroir Series Finca Laborde Cabernet Sauvignon 2024 obtuvo una medalla de platino y 97 puntos en los Decanter World Wine Awards, una de las competencias más prestigiosas de la industria.

Detrás de estos logros aparece Sergio Casé, gerente de Enología de Trapiche, un hombre que lleva 27 años dentro del Grupo Peñaflor y cuya historia con el vino comenzó mucho antes, en su adolescencia, elaborando espumantes junto a su padre en una bodega cooperativa de Mendoza. En el marco de el mes que le rinde honor a esta cepa, con el último jueves de agosto como el Día Internacional de Cabernet Sauvignon, el enólogo brindó una entrevista a MDZ Online donde habló justamente de todo ese trabajo.

Con experiencias en algunas de las regiones vitivinícolas más importantes del planeta, desde Burdeos y Champagne hasta Toscana y Napa Valley, Casé se ha convertido en uno de los principales impulsores de ese espíritu explorador que caracteriza a Trapiche, la búsqueda permanente de nuevos terroirs, nuevos consumidores y nuevas formas de contar la historia del vino argentino al mundo.

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-¿Cómo llegaron estos reconocimientos para el Cabernet Sauvignon?

-La vitivinicultura argentina, allá por principios del siglo XX, cuando los grandes industriales de la época hacían vinos para el público argentino, empezaba también a recibir visitas de europeos. Ahí aparecen los primeros vinos de alta gama, que básicamente eran Cabernet Sauvignon, porque era lo que se conocía.

De hecho, Trapiche, en una de sus marcas emblemáticas, Fond de Cave, creada en 1908 justamente para que Tiburcio Benegas pudiera recibir a los franceses y europeos que venían a conocer la Argentina, apostaba por vinos varietales, vinos de otra estirpe. Y el varietal de esa época era el Cabernet Sauvignon. Siempre fue el Cabernet Sauvignon.

A lo largo de toda la historia de la vitivinicultura es un gran varietal que, obviamente, en los últimos 30 o 35 años quedó un poco relegado por el desarrollo del Malbec. Pero el Cabernet, como bien decís, es la reina o el rey de los vinos tintos. Se ha adaptado muy bien en muchísimas regiones vitivinícolas del mundo y es conocido realmente por todos.

Así que estamos sumamente contentos porque en los últimos días hemos recibido diferentes reconocimientos con distintos vinos y distintas añadas. En el caso del Cabernet, ambos son 2024, pero en diferentes concursos hemos sido muy bien ponderados.

Uno de ellos es Trapiche Medalla, un legendario Cabernet de Primera Zona. Acá no estamos hablando del Valle de Uco, sino de las zonas antiguas, donde arrancó esta historia con Tiburcio Benegas. El Trapiche Medalla proviene de regiones cercanas a los 850 o 900 metros sobre el nivel del mar, muy pegadas al río Mendoza: Cruz de Piedra, Agrelo, Perdriel, Drummond, toda esa zona de Luján y Maipú.

Siempre digo que es una zona muy bonita para este estilo de vinos y, sobre todo, para estos Cabernet antiguos. Recordemos que estamos luchando con el avance demográfico y la urbanización, pero todavía tenemos, por suerte, viñedos de más de 50, 60 y hasta 70 años, que son realmente exquisitos y nos aportan esta uva para el Medalla.

-¿Qué tuvo la cosecha 2024 para ser tan especial?

-Creo que hubo varios factores. Si bien no fue una cosecha extremadamente fría o larga, supimos combinar cuestiones de suelo, drenaje, temperaturas y manejo del viñedo. Hay mucho trabajo detrás de un Cabernet, porque es una variedad que requiere muchísimo trabajo.

Todos esos factores hicieron que tuviéramos una uva con una madurez plena, taninos sumamente finos y algo muy particular: el Cabernet, a nivel de viñedo, es mucho más preciso. Todos los trabajos que hagas se van a ver reflejados en la calidad final: el deshoje, el grado de exposición, el tipo de suelo, el clima.

Uno de los premios que recibió el Medalla fue en el Sommelier's Choice Awards, algo que realmente nos pone muy contentos.

-¿Qué tan determinantes son estos respaldos cuando salen a vender en los mercados internacionales?

-Sin duda ayudan muchísimo. Que sommeliers de otras partes del mundo, y no solamente de Argentina, reconozcan estos vinos, te abre ventanas. El Cabernet es difícil de vender porque es una categoría extremadamente competitiva. Hay Cabernet en todas partes del mundo y en diferentes estilos. Entonces, que estas menciones te ayuden a que te miren y digan: "Ah, ustedes son expertos en Malbec, pero también hacen Cabernet", es muy importante.

Anécdota aparte, me ha pasado sobre todo en Estados Unidos que mucha gente no tenía idea de que hacíamos Cabernet. Pensaban que Argentina era solamente Malbec. Fijate cómo llega el mensaje. Obviamente, el Malbec fue el vino que durante 30 o 35 años nos permitió abrir las puertas del mundo y posicionar a la Argentina. Pero estas cosas ayudan a ponerle un escolta al Malbec y seguir mostrando todo lo que somos capaces de hacer.

-Sé también que te ha tocado mucho el mercado asiático. ¿Cómo es salir a vender el vino argentino en un mercado tan diverso y desafiante?

-Siempre digo que es otro mundo. Ir a Asia son otras costumbres, otra cultura. Para mí fue muy enriquecedor.

Me acuerdo de las primeras veces que fui. Llevaba una sola botella de Iscay, el vino ícono de Trapiche, un blend entre Malbec y Cabernet Franc, en al valija. Recuerdo que tuve unas 44 horas de viaje entre vuelos y conexiones. Llegué, me fueron a buscar, me cambié en el hotel y esa misma tarde tuve una reunión con tres personas. Al otro día me volvía.

Y vos decís: "¿Qué hago acá?". Vine a hablarle a tres personas que ni siquiera eran periodistas, sino importadores. Pero esas conexiones y la pasión con la que uno muestra los vinos hacen la diferencia. Hoy Corea es nuestro principal mercado para Iscay. Tuvimos casi tres años con el 100% de la producción destinada a Corea.

En Asia, del vino argentino se conocía poco y nada. Conocían mucho más los vinos de Chile, por una cuestión de tratados de libre comercio y otras ventajas competitivas. Pero a medida que generás vínculos y relaciones, todo cambia. Hace diez años que voy a Corea y ellos vienen todos los años. Ya hay una relación de amistad. El argentino es muy de abrazar y al principio ellos no eran así. Ahora vienen, te saludan y siempre te traen algún regalito típico. Es una forma de comunicar que tiene mucho de apostolado. Charlás, charlás, alguien te escucha y terminás generando una gran conexión comercial y, después, una amistad.

-¿Cómo arrancó todo en la enología para vos?

-Me acuerdo que tenía 12 años y acompañaba a mi padre, que era enólogo de Bodegas Giol. Siempre lo acompañaba en vendimia y era algo que me fascinaba: los camiones, el movimiento de la uva, los vinos y todo el proceso. Soy la cuarta generación de enólogos de mi familia. Hay un legado.

Lo que más me fascinaba era esa toma de decisiones instantáneas. En vendimia podés programar muchas cosas, pero siempre aparece algo inesperado. Y esas decisiones que tomás en el momento terminan influyendo en un vino que vas a disfrutar 18 meses después. Eso me parece fascinante.

-¿Y cómo fue tu llegada a Trapiche?

-Estaba estudiando con un muy buen amigo sanjuanino y él comenzó unas pasantías en el Grupo Peñaflor en San Juan. Después me comentó que estaban buscando gente. Me quedaban dos materias. Mandé el currículum y al poco tiempo me llamaron.

Tuve la suerte de que me entrevistara Daniel Pi, un enólogo muy querido por todos. Él fue mi primer jefe y me contrató para armar lo que hoy conocemos como el Proyecto de las Moras. Me fui a vivir a San Juan y, con el tiempo, surgió una vacante en Mendoza. Ángel Mendoza era el director de Enología y su asistente decidió cambiar de rumbo. Daniel me propuso a mí.

Me recibí un viernes y el lunes ya estaba mudado en San Juan. Mi idea de tomarme un mes sabático no existió. Llevo 27 años dentro del grupo.

-¿Qué te ha llevado a permanecer tanto tiempo en la misma compañía?

-Cuando ingresé era algo parecido a lo que hoy serían los programas de jóvenes profesionales, aunque en esa época no existía ese concepto. Entré recién recibido y con todas las ganas de aprender, en una empresa que tenía todo lo que los libros me habían enseñado. Pude poner en práctica todo eso en vivo y en directo.

Además, tuve la enorme generosidad de mis jefes, Daniel Pi y Ángel Mendoza, que me enseñaron muchísimo. Y coincidió con un momento muy floreciente de la vitivinicultura argentina: se plantaban viñedos, aparecían nuevos estilos de vino y se viajaba muchísimo más. Me fueron involucrando cada vez más en los mercados internacionales y esa historia terminó siendo parte de mi vida.

Hoy tengo la responsabilidad de mantener un legado histórico y, al mismo tiempo, generar cosas nuevas, explorar nuevos horizontes, nuevas regiones y nuevos estilos de vino, como el proyecto Expedición Sur en Patagonia. Así como hace 15 años nació Costa & Pampa, en Chapadmalal, y todos nos miraban como diciendo: "Qué locos están", hoy tenemos la satisfacción de disfrutar esos vinos y de contar esa historia.

-También te gusta mucho la innovación…

-Yo relaciono mucho el trabajo con la familia. A un hijo le das educación y tratás de formarlo. Con los vinos pasa algo parecido. Tenés un estilo de 140 años de historia que no podés cambiar radicalmente porque hay consumidores que saben perfectamente qué es Trapiche. Pero también tenés que armar tu semillero, que son los nuevos consumidores.

El consumidor joven no arranca con un Cabernet con 18 meses de crianza. Empieza con vinos más amigables: blancos, aromáticos, estilos más fáciles de tomar. Lo veo con mis hijos. La más chica cumple 21, el mayor tiene 25 y la del medio 23. Todos toman vino y saben qué les gusta y qué no. Es muy gracioso ver cómo arrancan con perfiles más dulces y, de a poco, evolucionan hacia estilos más secos y complejos. Y una vez que subís de categoría es difícil volver atrás.

Por eso buscamos innovar. Por ejemplo, exploramos el tema de la tapa a rosca. Sacamos una línea llamada Trapiche Laborum, con vinos fáciles de tomar, frutados y agradables. También trabajamos con un Chenin que tiene fermentación maloláctica completa, logrando una sensación más cremosa que a los jóvenes les encanta. Incluso conceptos como un vino ligeramente turbio, algo que los consumidores jóvenes ya aceptan en la cerveza, también pueden trasladarse al vino. Estamos tratando de incorporar nuevos consumidores y armar el semillero del futuro.

Sergio Casé, enólogo principal de Bodega Trapiche. Foto: Bodega Trapiche.

-¿Cómo sigue el trabajo de posicionamiento del Cabernet y de otras variedades en un momento complejo para el consumo?

-A nivel mundial el consumo está atravesando un momento difícil, eso está claro. Pero yo siempre digo que todavía no somos nada. Tenemos muchísimo por explorar. Hay países que todavía no nos conocen y otros que tienen cultura del vino, pero no de los vinos argentinos.

Por eso hace falta mucho esfuerzo y mucho tiempo. El vino no es solamente un proceso productivo; detrás hay historias, cultura y una forma de generar hermandad con personas del otro lado del mundo. Siempre me emociona encontrar vinos argentinos en las mesas de restaurantes de otros países. Y si es un vino que hiciste vos, mucho más.

Probar un vino que elaboraste dos o tres años antes, en un restaurante del otro lado del planeta, es algo que realmente me pone la piel de gallina. Después la charla deriva hacia la vida, hacia las historias, y ahí aparece el espíritu explorador.

A mí me gusta la pesca y las travesías en 4x4. Me gusta llegar a lugares difíciles, donde muy poca gente ha estado. Con los vinos me pasa exactamente lo mismo: explorar nuevos terruños, nuevas formas de hacer las cosas. Siempre digo que nuestra misión es transformar un racimo de uva en una copa y, finalmente, en una charla. Porque lo más enriquecedor del vino es la conversación que genera.

-Hablaste mucho de exploración. ¿Qué sigue?

-Más allá de los vinos, hoy estamos explorando al consumidor. Estamos estudiando las nuevas formas de consumo, porque nosotros nos criamos con el vino en la mesa, pero las situaciones de consumo cambiaron. Queremos entender qué está buscando el nuevo público y si estos cambios son algo pasajero o llegaron para quedarse.

Los grandes vinos van a seguir existiendo. Lo que tenemos que hacer es modificar el mensaje para captar a las nuevas generaciones. La exploración ya no es solamente nuestra como enólogos, sino también del consumidor, que busca vinos de distintas regiones y estilos.

Y me quedó algo pendiente del Cabernet. Hace muy poquito también recibimos otro gran reconocimiento para un Cabernet del Valle de Uco, el Trapiche Terroir Series Finca Laborde Cabernet Sauvignon, premiado por Decanter en Inglaterra. Entonces empezás a ver que en Estados Unidos, en Chile, en Inglaterra, cada vez más gente mira al Cabernet argentino. Ahora que es su día internacional, creo que es un gran vino para disfrutar y veo que, a nivel internacional, nos empiezan a ver cada vez más.