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De hacer vino en tetra a liderar una de las bodegas más exclusivas de Argentina

Después de un comienzo en donde elaboraban 10 millones de litros en un mes, hoy Gonzalo Serrano Alou está al frente de Anaia, donde elaboran 240 mil litros anuales de alta gama y es uno de los proyectos más destacados del último tiempo.


Aunque muchas veces hemos escuchado que la vitivinicultura es una industria de largas tradiciones, en solo tres años un proyecto nacido de los sueños del matrimonio de Patricia Serizola y Osvaldo del Campo logró posicionarse como una de las referencias de la alta gama local. Con una de las arquitecturas más impactantes del país, reconocida incluso mundialmente, la innovación y la tecnología desde lo productivo y vinos que se respaldan en la calidad han sido algunas de sus banderas, pero también el factor humano.

Ahí aparece el nombre de Gonzalo Serrano Alou, quien empezó haciéndose cargo la elaboración de los vinos, que apenas llevan cuatro años en el mercado, pero que hoy se encarga de liderar todas las áreas del proyecto que elabora hoy 160.000 botellas anuales (su capacidad es de 250.000 botellas por año), está abierto al turismo con visitas guiadas y degustaciones y cuenta con un lodge pensado para el turismo corporativo.

Y aunque hoy su camino está ligado a la alta gama, sus comienzos fueron bien distintos, asociados a sectores como el cooperativismo o la elaboración de grandes volúmenes con el tetrabrik. De eso y muchos otros temas como los desafíos de ser rentables hoy en la industria del vino o el desafío de ser eficiente en cada área de la bodega fueron algunos de los temas que compartió en su entrevista con MDZ Online.

Anaia Wines. Foto: Gentileza Nacho Gaffuri

La arquitectura de Anaia es uno de sus puntos más destacados.

- ¿Por qué te inclinaste por la enología?

-Creo que porque siempre tuve suerte en la vida. Siembre fue a Don Bosco y en una etapa pensé que iba a ser profesor de Educación Física, porque me gustaba jugar al fútbol. Pero hubo un profesor de Química en cuarto año que se llama Miguel Beltrán, y él nos preguntó qué teníamos pensado seguir estudiando y que tuviéramos en cuenta la enología, que es una carrera que te permite trabajar por el mundo. Ahí se me prendió una lucecita y me decidí ir por eso. Pero, en realidad, el primer año de la carrera, las preguntas más ingenuas las hacía yo, porque no sabía absolutamente nada.

Terminé el primer año y sentí que tenía que ir sí o sí a una bodega para saber si me iba a gustar o no. Y fui a la Cooperativa Primera Zona, y el día que entré a la bodega por primera vez, que estaban en Vendimia, sentí el olor a esos mostos en fermentación, y fue un amor a primera vista, supe que era eso a lo que me quería dedicar toda mi vida.

-¿Cómo fue ese proceso de una primera experiencia en una cooperativa a liderar hoy un proyecto de alta gama?

-Si repasás mi carrera es como que Dios me ha dado la suerte de participar hoy en Anaia. Arranqué en Cooperativa Primera Zona, después formalmente empecé en Terraza de los Andes. De ahí pasé a Chandon y después a Don Cristobal. En el medio tuve la suerte de que esta profesión también te permite hacer experiencias afuera. Con 22 años me fui a México, a Tijuana, y fue toda una experiencia. También estuve en Estados Unidos y en Chile, donde tuve la suerte de estar en Almaviva, un proyecto que me voló la cabeza porque me hizo darme cuenta de que me quería dedicar a la alta gama. No se si soy tan especialista, pero sí es lo que más me gusta. En el medio también pasé por RPB, donde hacíamos Uvita y llegábamos a fraccionar 10 millones de litros en un mes.

Pero es tan valiosa esa parte de la industria donde vos tenés que llegar con un producto, con una calidad que no puede fallar, porque un problema microbiológico terminaría inflando el tetrapak y se arma un lío impresionante. Es otra forma de trabajo, pero siempre tuve claro que lo que a mí me gustaba es lo que hago hoy en Anaia. Soy una persona que siempre ha sido feliz, pero hoy considero estar viviendo un momento muy lindo de mi vida por estar en un proyecto en el cual empecé haciendo enología y que hoy puedo dirigir toda la empresa. Tener a cargo las distintas áreas me ha hecho crecer mucho como persona y como profesional.

-¿Cómo ha sido ese cambio de mentalidad, de pasar del lado productivo al empresario?

-Yo digo que no sería posible si no fuese porque uno tiene al lado personas. En su momento estuvo Patricia Serizola acompañándome y hoy es fundamental el soporte de Osvaldo del Campo, que tiene una visión sumamente empresarial, pero también tiene su visión técnica. Es un apoyo fundamental para que uno pueda tener ese salto. Creo que hoy vivimos en un mundo en el que no importa la profesión, sino que todos tenemos que ser más competentes. No hay nada más lindo que el desafío permanente y no estancarte o llegar a una zona de confort. Todas las formas son válidas y cada uno elige qué quiere, pero para mí poder atacar las distintas áreas es totalmente desafiante.

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Osvaldo del Campo y Patricia Serizola, los fundadores de Anaia.

-¿Qué es más difícil, hacer el vino o venderlo?

-Venderlo, toda la vida -risas-, El vino se hace solo, cualquiera que procese uva en su casa lo deja en la cocina, fermenta y va a ser vino. En esto de alta gama o un consumo masivo, en definitiva lo que hacemos es conducir un proceso natural en función de un determinado producto, los dos son productos muy nobles.

En nuestro caso, hoy se trabaja muy fuerte desde el viñedo. El 80% de cualquier vino, para mi forma de verlo, está en el viñedo. Por eso la importancia de que Anaia sea 100% de vinos single vineyard. Cada cuadro se trabaja en función de a dónde queremos llegar o cómo queremos apuntar.

-¿Cómo está hoy la rentabilidad de este segmento de alta gama?

-Dificilísimo. No solamente de alta gama, creo que la industria está pasando por un momento muy complicado donde los costos fijos han subido. Para todo lo que conlleva poder seguir vendiendo vino implica que todas las partes que integramos la cadena tenemos que hacer un esfuerzo. En nuestro caso no tocamos una lista de precios desde diciembre del año pasado, con todo lo que eso significa, porque la realidad es que nuestros servicios siguen subiendo. Hoy un jornal de finca no es lo mismo que lo que pagamos hace un año atrás, hay tantos cambios que obligan a que entre todas las partes hagamos el esfuerzo necesario para poder vender, porque convengamos que el vino no es un producto de primera necesidad. Si bien es algo que disfrutamos mucho consumir, si me tengo que empezar a ajustar por distintos lados, el vino puede ser de los que queda afuera. Entonces tenemos que llegar con un producto competente a un precio que la gente sienta que tuvo una satisfacción de su expectativa.

-¿Cómo lográs ser más eficiente, en todo sentido?

-Uno de los tres pilares de Anaia es la tecnología, junto con innovación y respeto por la naturaleza. Si bien la industria vitivinícola termina siendo sensitiva, porque todas las decisiones se toman en función de lo que pensamos como equipo cuando cosechamos, la tecnología ayuda a disminuir el margen de error. Después, por otro lado, la clave es tener un equipo competente. Hoy creo que Anaia es posible gracias a las personas que lo integran y que permiten ese esfuerzo que damos todos para estar en el lugar que tenemos que estar y optimizar el recurso humano que es lo más importante que tenemos.

-¿Cuántas personas hoy trabajan en Anaia?

-Tenemos una nómina total de 24 personas contando todas las áreas: lodge, turismo, finca bodega, la parte comercial y la parte administrativa.

-Mencionas el lodge y eso habla también de cómo se han tenido que diversificar las empresas vitivinícolas…

-Creo que Anaia es un proyecto que de entrada hablábamos de la palabra coherencia. Hay mucha coherencia y en eso creo que estuvo la visión de Osvaldo y de Patricia, sobre todo él, porque es una persona que viene del mundo empresarial y siempre decía que al venir a Mendoza necesitaba un lugar para juntarse con distintos directores de sus empresas y poder trabajar y a la vez tener un mimo y disfrutar. Hoy Anaia te brinda eso, está pensado para alquilar el lugar completo con seis habitaciones, no es que somos un hotel, sino que está pensado para turismo corporativo, o bien gente que también viene a disfrutar, como una boda o ese tipo de eventos.

Por otro lado, la parte de turismo es fundamental. Si bien hoy no estamos ajenos a la crisis que estamos atravesando a nivel provincial, la realidad es que Anaia se ha posicionado en un lugar muy bonito, como referencia. La verdad que hay un boca a boca de que tenés que conocer el proyecto y cada persona que recibimos se transforma en un embajador de la marca que se termina yendo de la bodega y habla de lo que es proyecto en sí.

-Son un proyecto joven, de menos de cinco años desde que abrieron al público, pero con un gran reconocimiento. ¿Por qué crees que han logrado este posicionamiento?

-Creo que hay dos palabras que a mí me gusta decir, que son la consistencia y la coherencia. Primero porque tenemos un lugar que es disruptivo, es un lugar con un encanto particular y la gente se va acá hablando muy bien, pero atrás somos una bodega y los vinos están acordes a ese lugar tan lindo que la gente ve. Cuando vos tenés un buen producto y, sobre todo algo que hoy es sumamente importante como la relación precio-calidad, termina pasando esto. Cuando tenés un gran producto a un precio que el consumidor lo pueda pagar, entonces es cuando se dan todas esas cosas.

Hay también un punto que es muy favorable y se trata de los premios que recibió la bodega, reconocimientos internacionales muy fuertes que te ayudan a posicionarte más rápido. Y, en definitiva, creo que también siempre hay que tener un toquecito de suerte en la vida.

-¿Han cumplido esos objetivos con los que nació Anaia?

-Creo que siempre vamos por más, es un desafío constante. Cuando hablo de un proyecto que quiere hacer 250.000 botellas y no más que eso, es porque nuestro desafío es año a año mejorar lo que estamos haciendo o por lo menos mantener la calidad de lo que tenemos. Es el desafío permanente de tratar de ser mejor día a día

-¿Qué sigue en ese no estancarse?

-Seguir sumando consumidores. Anaia es una marca muy joven que arrancó hace ocho años atrás con un matrimonio que vino y apostó por Mendoza. Empezamos a vender vino en el 2021 y en cuatro años hemos logrado un reconocimiento muy lindo del consumidor, pero tenemos un largo camino para posicionarnos en el lugar que queremos estar.

-¿Cuáles son los mercados a los que apuntan?

-El mercado interno es importantísimo, siempre hablamos de una balanza comercial 50-50, pero la realidad es que hoy estamos en un 70% mercado interno 30% exportación. El mercado externo, a mi entender, lleva más tiempo y nosotros tenemos una idea como equipo de estar mucho en la calle destapando, degustando y dando a conocer el producto de manera presencial. En mercado interno por ahí se nos hace más fácil, por distancia, y en lo que es comercio exterior estamos en Estados Unidos, México, Brasil, algo de Alemania, algo de España, pero queda mucho por recorrer para terminar de poner Anaia donde nosotros queremos.