Por qué Alberto Fernández envidia la suerte que tuvo Domingo Cavallo
El presidente Alberto Fernández lanzó una embestida, en los últimos días, contra los empresarios a quienes acusa de ser responsable de la inflación. Lo trató de pícaros, vivos y, de alguna manera, de antipatria. Además, ahora remarca que la emisión no es el problema, algo que hasta unos años él mismo señalaba como la verdadera causa. El discurso se corresponde con algunas medidas, como el control de precios, que busca tapar con la mano el final de un caño sin tener en cuenta la presión con la que viene el agua desde el otro extremo.
Su análisis es repetido por todo el arco oficialistas: funcionarios, gobernadores, intendentes, militantes y hasta periodistas. Sin duda, siempre es más fácil que la responsabilidad esté en el otro, hasta que los hechos demuestren lo contrario.
Si el aumento de los precios fuera consecuencia del comportamiento de empresarios inescrupulosos habría varias circunstancias que serían difíciles de explicar. La más evidente es que en el mundo hay cerca de 200 países y sólo un puñado muy pequeño, en el que se encuentra la Argentina, vive bajo el flagelo de la inflación.
Según la visión presidencial, hay algo en la idiosincrasia de los empresarios de estas naciones, como la Argentina y Venezuela, que los hace malvados y diferentes al resto. Este argumento se derrumba con experiencias propias del país. Durante los 90, Argentina logró contener la inflación. Desde la caótica situación hiperinflacionaria del 89 se pasó a diez años de estabilidad de precios.
Volviendo a mirar la vida a través de los ojos presidenciales, no importaron las medidas que tomó el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, más allá del gusto o no de las mismas que tenga cada persona. La convertibilidad fue innecesaria y la apertura un capricho sin sustento. Se podrá cuestionar lo que sucedió una década después, pero ese criterio debe ser utilizado en esas circunstancias, en las anteriores y las posteriores, porque en la Argentina todo termina mal.
Es decir, para que los precios por diez años un aumentaran, fue un tema menor que hubiera un plan definido, un equipo económico homogéneo y un presidente que concentraba todo el poder. Con este razonamiento, el hecho de haber llegado a índices inflacionarios iguales o mejores a las países, que hacen gala de su estabilidad, fue motivado a que Cavallo, por un golpe de suerte, se encontró con la única generación de empresarios argentinos solidarios y generosos de, al menos, los últimos 50 años.
Tal vez, eso fue lo que sedujo a Fernández para acompañar al economista en su sueño presidencial. No tuvieron la fortuna de Cavallo los ministros que desfilaron durante el Gobierno peronista de los setenta o los que eligió Raúl Alfonsín, quienes sufrieron procesos inflacionarios desbordados no por lo que ellos hacían, sino por la avaricia de aquellos empresario.
Incluso, el kirchnerismo también gozó, durante algún tiempo, de la bondad de los hombres de negocio. Del 2003 al 2007, aproximadamente, la inflación no era un problema. No importaba si se buscaba mantener el superávit fiscal y una emisión controlada. Todavía en esos años, los empresarios eran buenos. Ahora no. Aunque, en muchos casos, sean los mismos.
Cuando Alberto Fernández los señala, argumenta también que la suba de precios se debe a la concentración de la producción en pocas manos. Se refería, particularmente, al sector de alimentos. Sin embargo, hay ejemplos de otros rubros, que lo contradicen.
En la Argentina, hay doce fábricas automotrices que se reparten un mercado chico de 380.000 unidades, según la previsión de este año. Debe ser uno de los pocos países con tantas terminales en relación al bajo nivel de ventas. A esto hay que sumarle unos 15 importadores que participan de una cuota baja de las operaciones. Años atrás, más; ahora, menos, pero existen.
A simple vista, se podría decir que es un sector con bastante competencia. Según datos de la asociación de concesionarias (ACARA), los precios de los 0km aumentaron alrededor de 70% en los últimos doce meses. La inflación que sufre la Argentina debe estar motivada por otros factores y no por los argumentos que esgrime el presidente. Al menos, eso muestra la realidad.