La Argentina tiene que duplicar su relación Exportaciones/PIB en la próxima década
Por Alejandro Giuffrida
Rector de la Universidad Champagnat
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Aunque hiera nuestro narcisismo, los argentinos debemos aceptar que en materia de intercambio económico, para el mundo somos un pequeño lunar concentrado en algunos pocos rubros, incapaces de solucionar problemas que para otras naciones ya son capítulos de historia. Las discusiones políticas al respecto son a veces tan altisonantes y corporativistas, que nos hacen perder de vista que en verdad no generamos más que el 0,3% de las exportaciones globales.
A mediados del siglo pasado, nuestra participación en el comercio internacional representaba el 2,7% de lo que vendía el mundo. Pero el mundo cambió. La estructura de la riqueza es diferente, y hoy un tercio del valor generado por la sumatoria de todas las economías está dado por activos intangibles, por patentes, por innovación aplicada a procesos productivos.
Sin embargo, la Argentina no alcanzó a reenfocar su matriz productiva hacia donde fue el comercio internacional. Salvo en determinados períodos, sobre todo entre 2003 y 2011 con un fuerte impulso de reindustrialización, las exportaciones argentinas fueron y son aún primarias, con destino a tres o cuatro mercados de peso.
El correlato obvio es que tenemos el ratio de exportaciones sobre PIB más bajo de la región, estrangulando la balanza comercial y aumentando las presiones cíclicas sobre el dólar, que el país atraviesa ya crónicamente.
El año pasado, el total de exportaciones de bienes y servicios representó el 14,4% del Producto Bruto argentino. Sólo hay 13 naciones en el mundo con una relación más baja. O, a la inversa: hay 180 países a nivel global que están por sobre nosotros en relación exportaciones/PIB.
No obstante eso, si se evalúa por magnitud, medido por dólares exportados, la Argentina se posiciona tercera en la región, luego de Brasil y Chile.
Si nos propusiéramos aumentar la participación en el comercio internacional hay dos cosas que son necesarias diversificar: la matriz productiva y los mercados a los que se accede. Mientras más se reprimariza la economía, mayor es la dependencia de los precios que se fijan en pocos mercados y menor la posibilidad de agregar valor y vender a precios más altos por diferenciación y nichos de mercado.
En otras palabras, a mayor concentración de productos exportables y mercados, mayor es la inestabilidad de los ingresos que esas ventas generan. La dependencia del perfil exportador en pocos bienes puede producir cimbronazos difíciles de atemperar si sólo se depende de ellos para el ingreso de dólares comerciales o para el financiamiento de importaciones.
En la región, tenemos casos en los que la diversificación generó beneficios indudables: Chile, Colombia, Bolivia, Paraguay, Uruguay son naciones que pudieron ampliar su abanico de bienes exportables, logrando mejores resultados que la Argentina en este sentido. Nosotros debemos aceptar con humildad que para lograr sustentabilidad en nuestro crecimiento económico, primero tenemos que cambiar nuestros términos de intercambios y nuestro posicionamiento frente al mundo.
En 2004, un paper de Feenstra y Kee (“Export variety and country productivity”) demostró que por cada 10% que aumenta la diversidad de las exportaciones, la productividad del país crece un 1,3% promedio. No es una tarea sencilla, pero de imposible no tiene nada, y lo bueno de llegar últimos es que las fórmulas están bastante descubiertas.
Por empezar, tenemos que firmar un acuerdo que nos comprometa a no volver a abandonar nunca más la inversión en actividades de investigación y desarrollo (I+D) vinculadas a la producción con agregado de valor. Esa es la inversión que mejora sustancialmente la situación de las empresas en materia de tecnología, lo que debe derivar en ampliar la base exportable de la Nación.
Esa apuesta estatal debe hacerse mediante incentivos financieros y fiscales que estén atados al compromiso privado con las nuevas tecnologías y sus vínculos de I+D con las universidades. No hay país desarrollado en el cual el Estado no lo haya impulsado. Se trata, al fin y al cabo, de un círculo virtuoso que redunda en estabilidad y mayor crecimiento económico, y que a la larga termina compensando esos incentivos estatales iniciales.