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Brasil, ¿una mirada a la Argentina 2016?

La situación de Brasil y una analogía con lo que pueda pasar en nuestro país una vez resuelta la disputa electoral.

En Brasil ya hacen falta más de cuatro reales para comprar un dólar y Dilma Rousseff tiene que ajustar por todas partes para no hacer agua. Si sólo fuera problema de los brasileños daría para un análisis frío del asunto, pero hay que encarar el tema con un ojo propio. Porque puede ser una mirada a la Argentina de 2016.

Brasil tiene una crisis económica y una política. Y ambas derivan del desorden del gobierno anterior de Dilma, quien se sucedió a sí misma gracias a dos actitudes: falsear estadísticas de su primer gobierno y meter miedo con que, si ganaban otros, los brasileños iban a perder lo que habían conseguido. Pero hoy se encuentra con que la puedan enjuiciar políticamente por haber “maquillado” las estadísticas en su primer período, y con que su ajuste igualmente les hará perder a muchos lo conquistado. Y eso, si logra zafar de su destitución.

Con una aprobación de su gobierno de sólo el 8% (asumió su segundo período el 1 de enero pasado) Dilma implora que le aprueben un presupuesto con recortes mínimos de US$ 7.000 millones, que incluyen programas sociales de salud y vivienda. Tiene que hacerlo después de haber asustado en la campaña con que eso sucedería si ganaba su contendiente, que era el típico hombre malo que venía a ajustar a los pobres.

Pero también enfrenta la posibilidad de que la enjuicien por haber violado la ley de responsabilidad fiscal al “maquillar” las cuentas públicas el año pasado. ¿No hace sonar eso alguna campana en algún otro país de América del Sur?

Aprobar el presupuesto viene siendo una odisea para Dilma. Primero envió un proyecto que implicaba déficit para 2016, pero eso hizo que Standard & Poor’s bajara la nota del país (lo cual implica créditos más caros y retiro de algunos fondos de inversión). Ante ese error corrigió hacia un proyecto con superávit, pero eso significa ajustar, la palabra que a todos preocupa, aunque no les importe haber desajustado antes. Así que las opciones de Dilma son hacer todo lo contrario de lo que prometió o agravar las cosas por no querer hacerlo. Y rogar que las balas del escándalo Petrobras queden picando sólo en el vecindario y no le peguen ni a ella ni a Lula, su mentor y, por ahora, garante.

La fábula brasileña tiene una enseñanza para mirar con ojos argentinos: que a la larga, como decía Aristóteles y parafraseaba Perón, la única verdad es la realidad. Y que el problema no suelen ser los ajustes, sino los desajustes que se hacen antes. Y que, con las estadísticas o los relatos, Abraham Lincoln tenía razón: se puede engañar a pocos todo el tiempo o a todos por poco tiempo, pero no a todos todo el tiempo.

Dentro de unos meses el próximo presidente argentino se va a encontrar con cifras que se maquillaron, con un tipo de cambio que se acomoda al ritmo global y con un desorden descomunal que no va a tener más remedio que ordenar. Cada país tiene su propia parábola, pero el escenario brasileño de hoy anticipa en unas cuantas cosas a la Argentina de dentro de unos meses.