Los lavarropas y la estanflación
La Argentina tiene un problema de diagnóstico: está en estanflación y sus principales autoridades creen que se sale con planes para lavarropas y heladeras. La presidente y el ministro de Economía, en tono de pase radial, suelen anunciar maravillas en cadena nacional, pero después las desmienten los propios números oficiales. Qué molesto eso de que la única verdad es la realidad.
La producción industrial lleva 19 meses consecutivos de caída (Indec). O sea, hace un año y siete meses que se produce menos en todos los rubros, especialmente en el automotor (-14,9% febrero 2015-febrero 2014). Lo bueno es que las rutas van a estar menos congestionadas.
Las exportaciones industriales cayeron 26% en los primeros dos meses del año (también Indec), así que la cosa se pone linda: si estamos en default técnico y no podemos pedir préstamos, y a la vez no generamos divisas por exportaciones, quizás sólo Cristina y Kiciloff sepan de dónde sacar dólares para que funcione la economía.
Más datos: “La actividad económica se mantuvo estable en enero en la medición interanual, iniciando el año con estancamiento, según informó el Indec, un dato por debajo de las expectativas de especialistas. Respecto a diciembre, la actividad económica bajó un 0,1%” (Ámbito Financiero, diario del empresario kirchnerista Cristóbal López, el viernes por la tarde).
Las ventas en los supermercados cayeron un 7,4 en febrero con respecto a enero y la facturación en los shoppings cayó un 7%. A precios constantes. ¿La fuente? Otra vez el Indec.
Mientras tanto, la inflación sigue como si nada, y los que calculaban que iba a ser de un 25% anual ahora empiezan a revisar el cálculo. Hacia arriba.
Ese panorama configura lo que se llama estanflación, que significa “recesión con inflación”. Allí estamos alegremente los argentinos, mientras el déficit crece, los subsidios crecen y Aerolíneas Argentinas ya pierde un millón de dólares por día (exactamente US$ 363,2 millones en 2014, según su propio balance). De eso se sale con un plan de ordenamiento de las cuentas públicas y con un gran sentido de la responsabilidad. Pero la escenografía de la cadena de la felicidad no parece augurar que estemos por ese camino.

