Argentina promete pagar deudas, pero a su manera
Luego de conocido el anuncio de Cristina de que Argentina pagará su deuda con el Club de París los países que integran el organismo internacional salieron a pedir un monitoreo del FMI. La sugerencia minó el anuncio debido a que desde Argentina salieron a desacreditar al FMI.
La promesa de "pagar las deudas" realizada por la presidenta Cristina Kirchner al Club de París reavivó una inquina de larga data entre el gobierno kirchnerista y el FMI.
A tal punto que, de continuar la escalada, amaga hasta trabar la normalización de compromisos externos que el país está muy cerca de alcanzar tras cerrar la segunda etapa del canje de deuda.
La jefa de Estado manifestó el compromiso de cancelar la deuda por unos 6.500 millones de dólares con el Club de París, pero bastó que las naciones que integran ese foro informal de acreedores volviesen a poner como condición un monitoreo del FMI, para que todo pareciera volver a fojas cero.
Enterado de esa pretensión, el gobierno en pleno salió a fustigar al FMI, al que el kirchnerismo considera "mala palabra" y le achaca todos los males de la Argentina.
El Club de París -que exige a la Argentina aceptar el monitoreo del Fondo- es un foro de acreedores oficiales y países deudores cuya función es coordinar formas de pago y la renegociación de deudas externas de los países e instituciones de préstamo.
Su creación data de 1956, justamente cuando la Argentina estuvo de acuerdo en efectuar un encuentro con sus acreedores públicos.
Esta integrado por los siguientes países acreedores permanentes: Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, España, Finlandia, Francia, Irlanda, Italia, Japón, Noruega, Rusia, Países Bajos, Reino Unido, Suecia y Suiza.
Un 30 por ciento de la deuda que la Argentina mantiene con el Club de París es por dinero puesto por Alemania, y de ahí el voltaje que adquirió la visita que Cristina realizó esta semana a ese país.
Según el economista Gabriel Rubinstein -quien anticipó el default del 2001- la Argentina "no quiere someterse a ninguna clase de evaluación del FMI, porque sabe que van a poner el acento en que presenta estadísticas básicas totalmente poco confiables, que es lo más básico que un país produce".
"Están tergiversadas las cifras de inflación y fuertemente las de crecimiento. Argentina tiene esa cosa de mentirle a los argentinos y al mundo, y pensar que a nadie le va a importar", señaló Rubinstein.
Si bien el escenario en el Fondo es muy crítico hacia la Argentina, es improbable que el organismo adopte alguna sanción.
Es que el Fondo atraviesa un momento de debilidad, ya que no supo prevenir la hecatombe de las hipotecas basura que noquearon a los sistemas financieros de Estados Unidos y Europa.
En el caso de la Argentina, las recetas de ajuste recomendadas por el organismo terminaron provocando un descalabro mayúsculo que hizo eclosión en el 2001.
Por eso es de esperar que el Fondo mantenga su pretensión de que la Argentina acepte un monitoreo aunque sea mínimo de sus principales variables, pero sin siquiera pretender una auditoría.
El problema es que por más leve que sea cualquier supervisión de técnicos del Fondo sobre los números de la Argentina aparecerá como dato evidente que el INDEC -intervenido por el Poder Ejecutivo- subestima los datos de inflación y pobreza.
La manipulación burda del INDEC, un organismo caído en el descrédito internacional, desnuda la tozudez del kirchnerismo para mantener posiciones insostenibles, como que la inflación es del 8 por ciento anual.
Lo hace cuando todos los especialistas, pero sobre todo la gente en la vida cotidiana, percibe cómo los billetes se le evaporan de las manos al ritmo de una remarcación de precios que el gobierno no acierta en frenar.
A tal punto que, de continuar la escalada, amaga hasta trabar la normalización de compromisos externos que el país está muy cerca de alcanzar tras cerrar la segunda etapa del canje de deuda.
La jefa de Estado manifestó el compromiso de cancelar la deuda por unos 6.500 millones de dólares con el Club de París, pero bastó que las naciones que integran ese foro informal de acreedores volviesen a poner como condición un monitoreo del FMI, para que todo pareciera volver a fojas cero.
Enterado de esa pretensión, el gobierno en pleno salió a fustigar al FMI, al que el kirchnerismo considera "mala palabra" y le achaca todos los males de la Argentina.
El Club de París -que exige a la Argentina aceptar el monitoreo del Fondo- es un foro de acreedores oficiales y países deudores cuya función es coordinar formas de pago y la renegociación de deudas externas de los países e instituciones de préstamo.
Su creación data de 1956, justamente cuando la Argentina estuvo de acuerdo en efectuar un encuentro con sus acreedores públicos.
Esta integrado por los siguientes países acreedores permanentes: Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, España, Finlandia, Francia, Irlanda, Italia, Japón, Noruega, Rusia, Países Bajos, Reino Unido, Suecia y Suiza.
Un 30 por ciento de la deuda que la Argentina mantiene con el Club de París es por dinero puesto por Alemania, y de ahí el voltaje que adquirió la visita que Cristina realizó esta semana a ese país.
Según el economista Gabriel Rubinstein -quien anticipó el default del 2001- la Argentina "no quiere someterse a ninguna clase de evaluación del FMI, porque sabe que van a poner el acento en que presenta estadísticas básicas totalmente poco confiables, que es lo más básico que un país produce".
"Están tergiversadas las cifras de inflación y fuertemente las de crecimiento. Argentina tiene esa cosa de mentirle a los argentinos y al mundo, y pensar que a nadie le va a importar", señaló Rubinstein.
Si bien el escenario en el Fondo es muy crítico hacia la Argentina, es improbable que el organismo adopte alguna sanción.
Es que el Fondo atraviesa un momento de debilidad, ya que no supo prevenir la hecatombe de las hipotecas basura que noquearon a los sistemas financieros de Estados Unidos y Europa.
En el caso de la Argentina, las recetas de ajuste recomendadas por el organismo terminaron provocando un descalabro mayúsculo que hizo eclosión en el 2001.
Por eso es de esperar que el Fondo mantenga su pretensión de que la Argentina acepte un monitoreo aunque sea mínimo de sus principales variables, pero sin siquiera pretender una auditoría.
El problema es que por más leve que sea cualquier supervisión de técnicos del Fondo sobre los números de la Argentina aparecerá como dato evidente que el INDEC -intervenido por el Poder Ejecutivo- subestima los datos de inflación y pobreza.
La manipulación burda del INDEC, un organismo caído en el descrédito internacional, desnuda la tozudez del kirchnerismo para mantener posiciones insostenibles, como que la inflación es del 8 por ciento anual.
Lo hace cuando todos los especialistas, pero sobre todo la gente en la vida cotidiana, percibe cómo los billetes se le evaporan de las manos al ritmo de una remarcación de precios que el gobierno no acierta en frenar.
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