La discusión sobre un "modelo" que aún no aparece
La Argentina, a través de sucesivos gobiernos, probó todo tipo de recetas de la biblioteca económica, con mayor o menor suerte, pero hasta ahora el país no pudo, como sí parece empezar a lograr Brasil, encauzar a empresarios y trabajadores detrás de una política de Estado en materia productiva.
La estrategia de la Casa Rosada en esta campaña electoral busca plantear una supuesta puja entre dos "modelos", pero ni desde el
oficialismo ni desde la oposición aparecen con claridad los componentes distintivos del `productivismo` en marcha y del "neoliberalismo" que, supuestamente, esperaría agazapado la caída de este esquema económico.
La recuperación democrática alcanzada en diciembre de 1983 -un hito impensable hasta que Leopoldo Galtieri se le ocurrió la aventura de Malvinas y fracasó en forma estrepitosa- tuvo como principal rasgo en estos casi 26 años libres de dictaduras un comportamiento errático en lo económico, producto en gran parte de la anemia institucional que aún padece el país.
La Argentina, a través de sucesivos gobiernos, probó todo tipo de recetas de la biblioteca económica, con mayor o menor suerte, pero hasta ahora el país no pudo, como sí parece empezar a lograr Brasil, encauzar a empresarios, trabajadores y políticos detrás de una política de Estado de largo alcance en materia productiva.
El Gobierno de Raúl Alfonsín, elogiado por haber fortalecido las instituciones, tuvo un final anticipado por el descalabro económico en que había quedado sumido el pais, con una inflación que sólo en 1989 fue del 1.923 por ciento.
El país ya estaba acostumbrado a las devaluaciones y saltos de precios, desde el "Rodrigazo" de 1975, que significó una devaluación del 100 por ciento, subió el combustible un 175 por ciento y las tarifas eléctricas otro 75 por ciento.
Después de humillar a "Isabel" Perón, la dictadura se había encargado de llevar por las nubes el endeudamiento del país, que entre 1976 y 1983 saltó de 8.000 a 45.000 millones de dólares.
Alfonsín encontró un Estado destruido y corrupto, una economía devastada por la deuda y una demanda social explosiva que había logrado ser disimulada con el puño de hierro y las desapariciones instrumentadas a sangre y fuego por Jorge Videla, Emilio Massera y sus sucesores.
Carlos Menem asumió el 8 de julio de 1989, y sólo ese mes, los precios subieron 197 por ciento y las tarifas de servicios públicos otro 700.
Debió pasar un año y medio, incluido el trabajo sucio que le tocó realizar a Erman González a través del Plan Bonex, para que llegara Domingo Cavallo al Ministerio de Economía y pusiera en marcha, el primero de abril de 1991, la Convertibilidad, el plan económico que más tiempo duró en la Argentina.
Esa iniciativa marcó a fuego el modelo de los '90, denostado en la actualidad desde el oficialismo, a pesar de que el propio Néstor Kirchner lo defendió a capa y espada desde la Gobernación de Santa Cruz.
Tal vez en esta lógica de "blanco o negro" radique una de las principales explicaciones del fracaso económico de la Argentina.
La convertibilidad permitió contener a la inflación -el principal problema económico de los argentinos en toda su historia- pero ahora aparece desde el discurso como una medida cuestionable.
Claro que lo hizo a costa de un fuerte endeudamiento y una altísima desocupación, que en su peor momento superó el 20 por ciento.
La convertibilidad fue la marca registrada, junto con las privatizaciones, de ese "neoliberalismo" denostado desde la Casa Rosada, y que la "Alianza" intentó mantener sin convicción ni ideas en ese ensayo fallido que fue el gobierno de Fernando de la Rúa entre 1999 y el 2001.
Como contrapartida a ese "modelo neoliberal", el kirchnerismo busca contraponer ahora otro, el "productivo", pero la pregunta es: "¿Fue tan malo aquel, es tan bueno este?".
¿El modelo productivo, no es por ahora un conjunto de buenas intenciones que ponen demasiado el acento en el dólar alto y no mucho más? ¿Se puede llamar productivo a un esquema que deja cada vez más afuera al campo en su ecuación?
Del otro lado, una oposición con pocas ideas y menos cohesión, amaga apenas con reclamar mayor institucionalidad y dar una mayor relevancia al Congreso de la Nación en la discusión de la política económica.
Pero entre los opositores no aparecen aún referentes en materia económica que permitan disputarle al Gobierno la discusión sobre el rumbo que debe adoptar el modelo en medio de esta coyuntura de crisis financiera mundial.
Desde la Casa Rosada se convirtió al neoliberalismo y la apertura económica en el diablo a exorcizar, y se puso al modelo productivo como representante de todo lo bueno que Dios puso sobre la Tierra.
¿No habrá elementos rescatables en uno y otro esquema que valga la pena tener en cuenta sin apostar, como siempre, a la lógica de tierra arrasada que aplica cada Gobierno cuando le toca ocupar el sillón de Rivadavia?
La presidenta Cristina Kirchner viene sosteniendo en sus últimos actos públicos que el kirchnerismo jamás votó una ley contra el pueblo.
Pero no aclara que este "modelo productivo" fue posible aplicar gracias a la devaluación y la pesificación que costó sangre, sudor y lágrimas a millones de ahorristas, y cuyo trabajo sucio debió hacer, aquella vez, Eduardo Duhalde.
Es que la historia económica del modelo productivo no empezó en mayo de 2003, sino en enero de 2002, cuando Duhalde selló, como pudo, el acta de defunción de la convertibilidad e hizo los deberes para permitir lo que vino después, Kirchner incluido.
Aquí también, otra vez, la historia económica argentina construida desde el discurso político emerge con blancos que impiden entender mejor esa realidad que el país parece predestinado a desdibujar a cada paso.
oficialismo ni desde la oposición aparecen con claridad los componentes distintivos del `productivismo` en marcha y del "neoliberalismo" que, supuestamente, esperaría agazapado la caída de este esquema económico.
La recuperación democrática alcanzada en diciembre de 1983 -un hito impensable hasta que Leopoldo Galtieri se le ocurrió la aventura de Malvinas y fracasó en forma estrepitosa- tuvo como principal rasgo en estos casi 26 años libres de dictaduras un comportamiento errático en lo económico, producto en gran parte de la anemia institucional que aún padece el país.
La Argentina, a través de sucesivos gobiernos, probó todo tipo de recetas de la biblioteca económica, con mayor o menor suerte, pero hasta ahora el país no pudo, como sí parece empezar a lograr Brasil, encauzar a empresarios, trabajadores y políticos detrás de una política de Estado de largo alcance en materia productiva.
El Gobierno de Raúl Alfonsín, elogiado por haber fortalecido las instituciones, tuvo un final anticipado por el descalabro económico en que había quedado sumido el pais, con una inflación que sólo en 1989 fue del 1.923 por ciento.
El país ya estaba acostumbrado a las devaluaciones y saltos de precios, desde el "Rodrigazo" de 1975, que significó una devaluación del 100 por ciento, subió el combustible un 175 por ciento y las tarifas eléctricas otro 75 por ciento.
Después de humillar a "Isabel" Perón, la dictadura se había encargado de llevar por las nubes el endeudamiento del país, que entre 1976 y 1983 saltó de 8.000 a 45.000 millones de dólares.
Alfonsín encontró un Estado destruido y corrupto, una economía devastada por la deuda y una demanda social explosiva que había logrado ser disimulada con el puño de hierro y las desapariciones instrumentadas a sangre y fuego por Jorge Videla, Emilio Massera y sus sucesores.
Carlos Menem asumió el 8 de julio de 1989, y sólo ese mes, los precios subieron 197 por ciento y las tarifas de servicios públicos otro 700.
Debió pasar un año y medio, incluido el trabajo sucio que le tocó realizar a Erman González a través del Plan Bonex, para que llegara Domingo Cavallo al Ministerio de Economía y pusiera en marcha, el primero de abril de 1991, la Convertibilidad, el plan económico que más tiempo duró en la Argentina.
Esa iniciativa marcó a fuego el modelo de los '90, denostado en la actualidad desde el oficialismo, a pesar de que el propio Néstor Kirchner lo defendió a capa y espada desde la Gobernación de Santa Cruz.
Tal vez en esta lógica de "blanco o negro" radique una de las principales explicaciones del fracaso económico de la Argentina.
La convertibilidad permitió contener a la inflación -el principal problema económico de los argentinos en toda su historia- pero ahora aparece desde el discurso como una medida cuestionable.
Claro que lo hizo a costa de un fuerte endeudamiento y una altísima desocupación, que en su peor momento superó el 20 por ciento.
La convertibilidad fue la marca registrada, junto con las privatizaciones, de ese "neoliberalismo" denostado desde la Casa Rosada, y que la "Alianza" intentó mantener sin convicción ni ideas en ese ensayo fallido que fue el gobierno de Fernando de la Rúa entre 1999 y el 2001.
Como contrapartida a ese "modelo neoliberal", el kirchnerismo busca contraponer ahora otro, el "productivo", pero la pregunta es: "¿Fue tan malo aquel, es tan bueno este?".
¿El modelo productivo, no es por ahora un conjunto de buenas intenciones que ponen demasiado el acento en el dólar alto y no mucho más? ¿Se puede llamar productivo a un esquema que deja cada vez más afuera al campo en su ecuación?
Del otro lado, una oposición con pocas ideas y menos cohesión, amaga apenas con reclamar mayor institucionalidad y dar una mayor relevancia al Congreso de la Nación en la discusión de la política económica.
Pero entre los opositores no aparecen aún referentes en materia económica que permitan disputarle al Gobierno la discusión sobre el rumbo que debe adoptar el modelo en medio de esta coyuntura de crisis financiera mundial.
Desde la Casa Rosada se convirtió al neoliberalismo y la apertura económica en el diablo a exorcizar, y se puso al modelo productivo como representante de todo lo bueno que Dios puso sobre la Tierra.
¿No habrá elementos rescatables en uno y otro esquema que valga la pena tener en cuenta sin apostar, como siempre, a la lógica de tierra arrasada que aplica cada Gobierno cuando le toca ocupar el sillón de Rivadavia?
La presidenta Cristina Kirchner viene sosteniendo en sus últimos actos públicos que el kirchnerismo jamás votó una ley contra el pueblo.
Pero no aclara que este "modelo productivo" fue posible aplicar gracias a la devaluación y la pesificación que costó sangre, sudor y lágrimas a millones de ahorristas, y cuyo trabajo sucio debió hacer, aquella vez, Eduardo Duhalde.
Es que la historia económica del modelo productivo no empezó en mayo de 2003, sino en enero de 2002, cuando Duhalde selló, como pudo, el acta de defunción de la convertibilidad e hizo los deberes para permitir lo que vino después, Kirchner incluido.
Aquí también, otra vez, la historia económica argentina construida desde el discurso político emerge con blancos que impiden entender mejor esa realidad que el país parece predestinado a desdibujar a cada paso.


