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2008: El año en que afloró la crisis argentina

Los hechos que minaron la confianza y lo que vendrá.
Las protestas del campo se hicieron sentir también en las ciudades grandes y pequeñas de todo el país Foto: NA
Las protestas del campo se hicieron sentir también en las ciudades grandes y pequeñas de todo el país Foto: NA
Todos los análisis previos indicaban que el año 2008 mostraría un menor nivel de actividad económica que la secuencia de los años anteriores. Varias eran las razones para sostener estos argumentos, pero en el medio aparecieron hechos políticos y decisiones gubernamentales que aceleraron el proceso de una forma más intensa.

Todo indicaba que la bonanza de la situación internacional –favorable hasta 2007- no era sostenible. El precio récord de los commodities (petróleo, granos) no era más que otra burbuja en la que jugaron los especuladores cuando abandonaron el negocio de las hipotecas basura.

Si se achicaban los ingresos por exportaciones, el gobierno se vería obligado a revisar su política de subsidios y así convalidar incrementos en precios de servicios públicos, lo que generaría nuevas tensiones inflacionarias, pérdida de poder adquisitivo de los salarios y menor competitividad de las exportaciones.

En realidad, la crisis propia se comenzó a gestar en diciembre de 2007, cuando el gobierno emitió unos bonos comprados por Venezuela, convalidando una tasa del 15% anual en dólares. Frente a esta barbaridad, se comenzó desconfiar de la capacidad de pago de la Argentina, de su solvencia, y el fantasma del default volvió a sobrevolar la economía nacional.

A esto se debe agregar que, desde el segundo trimestre de 2007, se habían comenzado a manipular los índices inflacionarios, generando desconfianza en cuanto a la situación real de la economía. Esto ya había comenzado a paralizar inversiones.

Esta fue la razón de la primera corrida hacia el dólar. A partir de ese momento se revirtió un círculo virtuoso que había imperado, donde  los argentinos no tenían dolarizado su portafolio de ahorros. Y ahí comenzó el problema.

En el mismo mes de diciembre, el entonces ministro de economía, Martín Lousteau, firmó la resolución 125 estableciendo un esquema de retenciones móviles que generó fuertes protestas de los dirigentes agropecuarios. El problema se salió de cauce, y desde marzo, se vivieron 60 días de paros y protestas que llegaron al ámbito urbano y le hicieron perder al recién instalado gobierno de Cristina Kirchner una gran parte de su popularidad.

Esta situación de inestabilidad interna se dio en conjunto con un proceso de revaluación del dólar frente al euro. Nuevamente el Banco Central debió vender dólares hasta hacerlo bajar para castigar a los exportadores rebeldes, pero perjudicando a toda la economía. Y así se aceleró la dolarización de los ahorros de los argentinos.

Superada la parte más crítica del conflicto con el campo (que aún continúa), después del voto “no positivo” del vicepresidente Cobos, se desató la crisis internacional. En apenas tres meses la soja bajó de 600 a 300 dólares la tonelada, el petróleo cayó de 150 a 35 dólares el barril, y se complicaron todas las cuentas. Otra vez el fantasma del default y más dolarización de los ahorros.

Todo el proceso de corrida hacia el dólar hizo que los bancos se quedaran con poca liquidez y eso trajo aparejada una suba muy fuerte de las tasas de interés. No bastó con las ayudas del Banco Central. El activo menos demandado del mercado es el peso argentino.

Y la frutilla del postre fue la decisión de estatizar los fondos jubilatorios que administraban las AFJP. El gobierno acusaba a las administradoras de “saqueo”, los opositores hablaban de “confiscación”. Lo cierto es que se volvió a acelerar el pase de pesos a dólares mientras la crisis internacional se profundizaba, pero aún no se siente en su totalidad.


En el último trimestre la economía muestra signos preocupantes, pero todavía es más consecuencia del miedo generado por el ambiente de crisis instalado, que por la crisis misma. La caída de ventas de autos no puede atribuirse a la falta de crédito. Hemos tenido un récord histórico, cercano a las 600.000 unidades, de las cuales el 80% se compraron al contado. Hoy esos compradores postergan compras por precaución y una especulación deflacionaria. Lo mismo ocurre en el mercado inmobiliario.

En realidad, como dijimos en notas anteriores, el impacto de la crisis no vendría por vía financiera porque Argentina ya estaba fuera de los mercados de crédito, y los pocos inversores que se aventuraban en nuestro mercado se habían retirado en junio de 2007, cuando estalló la crisis de las hipotecas.

La crisis internacional se verá reflejada el año próximo por la caída de las exportaciones y por la dura competencia con otros países, que producirá menores precios. Por eso ya los exportadores están pidiendo devaluación, lo mismo que las empresas que venden en el mercado interno. Y esto acelera la compra de dólares.

2008 será recordado como el año donde Argentina hizo de una oportunidad una crisis. Como el año perdido en reivindicaciones ideológicas absurdas, impropias de quienes gobiernan para toda una comunidad, incomprensible en quienes deben ejercer liderazgo en una sociedad.

Así, 2009 nos encontrará sin liderazgo, sin ideas y sin recursos. La crisis internacional todavía no llegó. Por ahora, estamos peleando con la que supimos engendrar.