Traigan desfibriladores, que corazones sobran: la Selección argentina hizo historia y vuelve a ilusionar a todo un país
La clasificación de la Selección argentina a una nueva final del Mundial desató otra vez una revolución de emociones: ansiedad, abrazos, lágrimas y la ilusión de volver a ver a Lionel Messi levantar la Copa del Mundo.
La ansiedad empieza mucho antes del pitazo inicial. Se instala varios días antes, cuando alguien pregunta: "¿Dónde nos juntamos?". A partir de ahí ya no hay vuelta atrás. Se organizan las reuniones, aparecen las cábalas, el asado, las empanadas, la camiseta de la Selección argentina con las tres estrellas que no se lava desde el primer partido, o la camiseta del Diego del '86 desempolvada del fondo del cajón y esa promesa íntima de no moverse del mismo lugar si las cosas salen bien. Argentina juega, pero millones sienten que también entran a la cancha.
Después llegan los noventa minutos. O ciento veinte. O los penales (por suerte en este Mundial Argentina no tuvo que definir en esa instancia). El reloj parece detenerse y el corazón decide jugar su propio partido. Cada ataque acelera el pulso, más allá de la dosis de Rivotril. Cada pelota detenida roba el aire. Cada atajada se grita como un gol y cada gol se celebra con una mezcla de alivio, felicidad y lágrimas. Hay abrazos entre desconocidos, familias enteras llorando frente al televisor, vecinos que salen a la calle, al balcón, y un país que, por un rato, deja de discutir por cuestiones políticas (la bendita grieta) para empujar hacia el mismo arco.
Y en el centro de esa escena vuelve a aparecer él. Lionel Messi. El chico de Rosario que hace años dejó de jugar solamente al fútbol para convertirse en un punto de encuentro de generaciones enteras. Para muchos, verlo disputar otra final del mundo es un privilegio irrepetible. Cada gambeta, cada asistencia, cada mirada al cielo parece cargar el peso de una historia que ya no necesita demostraciones, pero que sigue encontrando motivos para emocionar. Messi ya ganó todo, pero cada vez que se pone la camiseta argentina despierta la misma ilusión que la primera vez.
Dicen, por ahí, que el fútbol no cambia la vida. Pero hay momentos en los que sí cambia el ánimo de un país entero. La clasificación de la Selección argentina a una nueva final del mundo vuelve a despertar esa sensación difícil de explicar: la ilusión de creer que todo es posible. Es la ansiedad que no deja dormir. Es la angustia de pensar que todavía falta el último paso. Es el orgullo de ver una camiseta que representa mucho más que once jugadores y de saber que el capitán sigue escribiendo páginas doradas con la celeste y blanca. No me vengan que contra Inglaterra era solo un partido de fútbol. Era mucho más. Era ganar o ganar. Por los pibes de Malvinas, por el Diego y por la última de Leo. Sí, como dice la canción que se nos hizo carne y que repetimos en la ducha, en el bondi.
La Scaloneta consiguió algo que trasciende el resultado. Volvió a reunir generaciones. Los abuelos cuentan historias de Kempes y Maradona. Los padres recuerdan el sufrimiento de tantas eliminaciones (la más dolorosa, quizás, la de Corea-Japón 2022). Los hijos crecieron viendo a Lionel Messi levantar la Copa del Mundo en Qatar y ahora tienen la posibilidad de verlo conducir otra vez a la Selección argentina hacia una final. En un mismo lugar conviven recuerdos de décadas distintas, unidos por el mismo escudo y por la certeza de estar viviendo una época que algún día será contada como una leyenda.
Y mientras los jugadores dejan el alma en la cancha, del otro lado sucede otra batalla. Hay uñas que desaparecen, sillones que terminan desacomodados, sillas que terminan estrelladas contra el piso o una pared, gritos adelantados que llegan antes que el streaming y que alertan al barrio entero y corazones que parecen no resistir otro ataque rival. Por eso, después de una semifinal como la que terminó con Inglaterra en el camino, solo queda una frase para resumir lo que vive un pueblo futbolero: "Traigan desfibriladores, que corazones sobran".
Porque esto no es solamente fútbol. Es esperar eternas horas para que llegue el partido. Es abrazarse con quien está al lado en el festejo de la plaza sin preguntar el nombre. Es mandar un mensaje de WhatsApp a la familia que vive lejos apenas termina el encuentro. Es mirar al cielo y acordarse de los que ya no están (como la Rosa, la Ani, el Coco, el Negro y el tío Eduardo), pero que enseñaron a amar estos colores. Es sentir que durante un par de horas el país entero late al mismo ritmo. Es ver a Lionel Messi brillar, levantar los brazos después de un gol y entender que todavía quedan capítulos por escribir de una historia que parecía completa.
Ahora queda una última estación. Otra final. Otra cita con la historia. Otra oportunidad para sufrir, emocionarse y volver a creer. Nadie sabe cómo terminará la final contra España. Lo único seguro es que millones volverán a sentarse frente a una pantalla con el corazón en la mano, convencidos de que esta Selección argentina ya les regaló algo que ningún trofeo puede medir: la posibilidad de emocionarse juntos.
Y si hace falta sufrir noventa, ciento veinte minutos más o ir a los penales (como en Qatar) para volver a tocar la gloria, que así sea. Porque mientras Lionel Messi siga guiando a este grupo y la Scaloneta siga alimentando los sueños de un país entero, la ilusión permanecerá intacta.

