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Se fueron al descenso, prometieron volver en un año y cumplieron: la historia de amor de las chicas de Tacurú

Sufrieron el descenso hace un año, se juraron volver y entre trabajos, estudios y largos viajes, las jugadoras del Club Tacurú lograron el cometido.


El deporte no siempre entrega contratos, fama o grandes recompensas. A veces devuelve algo mucho más valioso: la certeza de que el sacrificio tiene sentido.

Por eso el ascenso de Tacurú no puede contarse solamente con números. Claro que los números impresionan: trece partidos jugados, doce victorias, un empate, cuarenta goles a favor y apenas cinco en contra. Una campaña casi perfecta que le permitió al club de San Martín volver a la máxima categoría del hockey mendocino. Pero la verdadera historia empieza mucho antes, el día que descendieron.

Empieza cuando a un club del le toca bajar de categoría, donde la caída suele ser más dura que para otros. No abundan los recursos, las distancias son largas y muchas veces las mejores jugadoras terminan emigrando para estudiar o trabajar en la Ciudad. Tacurú conoce esa realidad mejor que nadie; ya la había vivido en otros tiempos, cuando varias de sus figuras debían abandonar el club para continuar sus carreras deportivas o académicas.

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Las Hormiguitas, volverán a jugar en la A.

Sin embargo, cuando llegó el golpe del descenso, las Hormiguitas hicieron una promesa sencilla: volver al año siguiente. Y cumplieron.

Detrás de ese logro hay historias invisibles. Hay despertadores que suenan antes de las seis de la mañana, chicas que salen de trabajar y manejan kilómetros para llegar al entrenamiento, estudiantes universitarias que pasan de un aula a una cancha sin escalas, y familias que organizan horarios imposibles para que el deporte siga teniendo lugar en sus vidas.

En Tacurú nadie vive del hockey, se vive para él. Hay algo profundamente romántico en los clubes que funcionan a partir de los afectos, donde las madres esperan, los padres colaboran, las hermanas juegan juntas y las amigas terminan convirtiéndose en familia.

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Cuándo, un club se convierte en una familia.

La historia de amor de las chicas de Tacurú

Tacurú lleva años construyendo esa identidad. Un club que nació con pocos recursos, que entrenó donde podía y que fue creciendo gracias al esfuerzo de dirigentes, familias y jugadoras. Una trayectoria marcada por la perseverancia mucho antes de que llegaran los campeonatos.

Por eso el ascenso tiene algo más profundo que una vuelta olímpica. Es la recompensa para un grupo que eligió quedarse cuando era más fácil irse, el premio para quienes siguieron viajando desde San Martín hasta Mendoza para entrenar y seguir con la rutina, y la confirmación de que el amor por una camiseta todavía puede ganarle a muchas otras cosas.

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Desahogo, abrazo y lágrimas.

¿Cumplieron la promesa de volver al año?

Las estadísticas dirán que Tacurú fue campeón de la Zona B y consiguió el ascenso a la A. Es verdad, así quedará escrito en los libros. Pero quienes conocen la historia completa saben que detrás de esa frase hay cientos de kilómetros recorridos, exámenes rendidos, jornadas laborales agotadoras y entrenamientos terminados de noche tarde.

Por eso este ascenso vale más. No fue solamente deportivo, sino una promesa cumplida.

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La merecida Vuelta Olimpica.