Nicolino Locche moría hoy pero en 2005 comenzando otra leyenda
Los dioses también mueren y Nicolino Locche se fue a fumar al Cielo hace 21 años o al otro sector: ahí nunca falta fuego. El Intocable. El Maravilloso.
Hace 21 años moría Nicolino Locche, un mendocino excepcional por donde se lo mire. Un boxeador que inventó lo imposible. Y sin despeinarse.
El 7 de septiembre de 2005 moría Nicolino Locche, uno de los deportistas más singulares en la historia de la Argentina y, hace raaaaaaato, busco en vano alguna palabra que nos resuma una vida insólita, gloriosa, decadente y fuera de lo usual.
Cuando el saltimbanqui del boxeo argentino detuvo su loco corazón apenas tenía 66 años. Pero su vida parecía la de esos profetas al estilo de Matusalén o de Mirtha, intuyo.
"Un tipo harto de llevarse puesto", al decir de Osvaldo Soriano, en su novela "Una sombra ya pronto serás".
No hay dudas que es uno de los deportistas de Mendoza que nos han mejorado el ADN. O en su caso, un eslabón más en la escuela mendocina de boxeo pergeñada por un colosal hacedor de campeones: Paco Bermúdez.
Nicolino Locche
Nació en Tunuyán y murió en Las Heras, en el conurbano del Gran Mendoza que avanza sobre la ciudad, a paso firme.
Lo primero en la vida de Locche pasó en 1939. Como si nada. Como si hubiera sido el nacimiento de otra persona más. Como si el matrimonio de sus padres sardos hubiera entregado un campesino a la tierra prometida para agigantar la fábula de los inmigrantes.
Efemérides
Lo último en el registro biográfico, esa cita ineludible a la que se le esquiva en cualquier circunstancia, sucedió hace 21 años.
La primera pelea profesional de Nicolino fue en diciembre de 1958, ante el boxeador Luis García, un combate que comenzó a despertar el amor entre Locche y la Federación Mendocina de Box en reuniones históricas. Pero que jamás pudo superar la comunión y el gozo que protagonizó El Intocable con su estilo en las noches épicas en el Luna Park.
Fue el bautismo para cincelar la estela de su eterna fuga, el escape más certero y endemoniado que se haya visto en uno de esos gladiadores que suben a una arena, a la que llaman ring, y en la que todo se simplifica rapidongo: matar o morir.
Afirmo: Nicolino deseaba el triunfo, ganarle a ese ocasional tipo con esos pantalones ampulosos de los pugilistas, pero sintetizó y creó una nueva ley para el boxeo: el que se despeina, pierde; el que se encarniza, pierde; el que sale a cazar, pierde.
Y como debe haber un ganador, decidió que iba a bailar, cansar rivales, enloquecerlos con sus reflejos enfermantes para esquivar la violencia y las balas.
En eso, Nicolino (hasta ahora) es insuperable en ese deporte.
Boxeo
¿Fue un gran boxeador?
Sí.
¿Fue un gran deportista?
No.
¿Fue un innovador?
Sí.
A estas preguntas, incluso Nicolino las podría haber contradecido. Varios hechos a lo largo de su vida podrían ser lanzas que fueron enviadas en direcciones opuestas.
Nunca se enrolló en el lamento de la tonada. Y no tardó casi nada en buscar la fuerza del impulso, de la oportunidad, de la agilidad.
De otro modo un chico nacido en Tunuyán jamás hubiera conquistado nada en ese primer despegue hacia el Japón. De 100 personas en esa situacion, menos de 5 se imponen con esa prestancia, estilo y seguridad que lo hizo campeón en el otro lado del planeta. Nicolino antes de aquel viaje ya sabía que era Nicolino Locche. Y no se bajó más de allí.
Pero siempre, siempre, y es lo que quisiera celebrar, el Intocable hizo todo sin despeinarse. Y sin pensarlo demasiado.
Fue campeón. Fue recontra mega archi plus ultra campeón.
Y manejando eso (que nunca manejó), el calvado y microscópico héroe de Tunuyán nunca se despeinó.
Fue muy consecuente con ese objetivo.
Su última pelea fue en Bariloche, el sitio más extraño para el retiro de un boxeador argentino. Allá en una Patagonia paradisíaca estuvo El Intocable en su último baile. En lo formal enfrentó a Ricardo Molina, en agosto de 1976.
Tanto en el debut como en su retiro de la vida de boxeador profesional, Nicolino Locche salió victorioso. Y la leyenda dice que lo hizo sin despeinarse.
El tipo era así: un perseguidor de leyes que ni aún hoy sabemos si fueron su imaginación paralela o el núcleo de su verdadero talento. O ambas condiciones.
Mendoza
Cuando se murió, un día como hoy pero del 2005, Mendoza perdió a uno de sus mejores exponentes, pero tan misterioso en su aparición y en su paso por esta tierra y este cielo que, por momentos, es como si hubiera sido un personaje creado por Shakespeare.
Gracias por el fuego. Y por el humo de cigarrillo.
Y porque siempre hiciste todo sin despeinarte.



