Gimnasia de Mendoza y un dominio sin contundencia: el empate que expone el déficit de jerarquía
Gimnasia de Mendoza tuvo la pelota y la ventaja, pero bajó su intensidad y Independiente de Avellaneda lo empató en una jugada aislada. Punto con gusto a poco.
El empate dejó una sensación áspera en el paladar futbolero de Gimnasia de Mendoza. No por el punto en sí, sino por la oportunidad que se escurrió entre los dedos ante un Independiente de Avellaneda disminuido, uno de los más terrenales de los últimos tiempos. El equipo mendocino tuvo la iniciativa, la pelota y los pasajes de mejor fútbol; le faltó, otra vez, la autoridad para convertir dominio en victoria.
El Lobo construyó un primer tiempo prolijo, con circuitos de pase claros y vocación por jugar. En ese tramo encontró la ventaja a través de Santiago Rodríguez, en una acción que rompió el libreto y premió el impulso ofensivo. Pero como escribió Jorge Luis Borges, “el tiempo es la sustancia de la que estoy hecho”; y el tiempo, en el fútbol, castiga las pausas anímicas. Gimnasia no sostuvo el ritmo ni la intensidad y permitió que el partido se le deshilachara.
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El empate llegó en una jugada aislada, casi extraña en su gestación, que terminó con el sello de Ignacio Malcorra. No fue una construcción sostenida del rival, sino un recordatorio de esa máxima tan repetida como vigente: quien no liquida, queda expuesto. El control territorial del Lobo no se tradujo en control emocional del trámite.
El complemento profundizó la sensación de equipo partido en dos versiones. Los cambios no alteraron la inercia ni aportaron soluciones estructurales, y el encuentro quedó abierto a la contingencia. De hecho, Ávalos estuvo cerca de capitalizar un error de Saavedra que pudo haber torcido definitivamente la historia. El margen entre competir y ganar volvió a ser mínimo, y Gimnasia volvió a transitarlo con más voluntad que jerarquía.
Hay una constante que se repite: el Lobo es, por ahora, un equipo de un tiempo. Jugó bien el primero y resignó el segundo. Tuvo la pelota, pero no la verticalidad que había mostrado ante Gimnasia y Esgrima La Plata. Cuando el rival cerró espacios, faltó imaginación para desatar nudos: movilidad sin balón, cambio de ritmo, decisión en los últimos metros. “Todo concluye al fin, nada puede escapar”, canta Tanguito en Presnte; en el fútbol, también concluyen los momentos favorables si no se los aprovecha.
El balance es incómodo: un punto de seis en la serie reciente y una impresión de retroceso en la gestión de los buenos pasajes. Gimnasia compite, ordena, intenta ser prolijo; pero todavía se muestra verde para lastimar y administrar ventajas. La materia pendiente no es el plan, sino la contundencia y la madurez para sostenerlo cuando el partido exige carácter.
Gimnasia necesita encontrar ese verano —la convicción para imponerse cuando domina— si pretende que el esfuerzo deje de ser promesa y se convierta en triunfo.



