El fracaso de River excede largamente al de Eduardo Coudet y hay varios responsables
La historia tenía final cantado hace tiempo. Solo la impericia inexplicable de la dirigencia comandada por Stéfano Di Carlo prolongó en demasía la catástrofe.
Eduardo Coudet fue una elección fallida de cabo a rabo, para tratar de revertir más de dos años de carencia de éxitos. Como entrenador no tenía los antecedentes, pergaminos ni el estilo para dirigir el equipo millonario. Una cosa es ser jugador destacado en su momento y completamente diferente es conducir técnicamente el equipo de la banda. Posición deseada, pero pesada.
Entre los desaciertos varios del entrenador, se pueden mencionar la pretemporada en Alicante, España, con un plantel disminuido en número, lo que no le permitió prácticas de once contra once, entre otras falencias; más el costo elevado innecesario.
Perdió el equipo la final del torneo pasado y tuvo responsabilidad importante en la derrota, desde la formación inicial, hasta los cambios tardíos e indebidos realizados.
En la eliminación de la Sudamericana, al suplantar al inexpresivo Driussi, postergó a Freitas en desmedro de Borré. Inentendible. El colombiano no tiene tiros al arco en los últimos encuentros y es centrodelantero. Tiene dificultades hasta para controlar el balón. Encima erró el penal que daba el triunfo. Cómo no fue designado Acuña para esa instancia. ¡¡¡Coudet!!!
Una de las frutillas del postre fue la lista del plantel para afrontar el torneo continental. Por lesiones, River afrontó el partido de ida en Colombia, sin marcadores de punta naturales. Improvisación inexcusable.
La lista de dislates es más extensa. No vale mencionarlas, Coudet ya es pasado; el daño quedó.
Hay que ir más atrás en el tiempo y sumar nombres y acciones desafortunadas para llegar al momento actual.
Jorge Brito presidente: es necesario abordar la conducción de Brito desde dos aristas completamente diferentes
a) Brito conductor y ejecutor de la mejora del estadio y de la infraestructura de River, continuó y mejoró lo iniciado por Rodolfo D’Onofrio. Impecable en esa tarea, que continuará, hasta hacer del Monumental uno de los mejores estadios del mundo. Se realizó mucho más.
En el aspecto futbolístico del equipo superior su gestión finalizó en tinieblas decisorias incomprensibles. Trajo de regreso a los jugadores exitosos de la época dorada, coronada en la final de Madrid frente a Boca, que resultaron nostalgias del pasado y a un costo salarial obsceno.
La vuelta de Gallardo resultó una decepción inesperada y sorprendentemente negativa. Redobló la apuesta en contratar jugadores, que aportaron muy poco y nada, repitiendo salarios elevados y disociados con el rendimiento en la cancha. Finalizó su paso, con pobreza en resultados y con jugadores que le hicieron un vacío a su conducción. Triste.
Jugadores juveniles: El “Muñeco” utilizó varios juveniles y a algunos los desechó tempranamente exponiéndolos sin sentido. Un caso especial es el del delantero Cristian Jaime que debutó con buena expectativa, lo utilizó escasamente y hoy triunfa en Peñarol de Montevideo.
Eduardo Coudet también echó mano de la cantera riverplatense. Insertados en la vorágine de desatinos, la mayoría quedó expuesta al vendaval de críticas, quedando a salvo el arquero Beltrán, hoy con un rendimiento menor y el delantero Joaquín Freitas, ambos invitados por Lionel Scaloni a entrenar con el seleccionado subcampeón del mundo.
Otros han quedado señalados sin necesidad ni causa justificada.
Enzo Francescoli y Leonardo Ponzio. Son directamente responsables en la contratación de la numerosa cantidad de jugadores, algunos de costo elevado, otros de retorno con salarios exagerados e inmerecidos para su nivel de juego. Permanecen en las sombras, prácticamente no dan declaraciones, pero toman decisiones erróneas y lamentables en la conformación del plantel. Son responsables.
Stéfano Di Carlo presidente: emuló a Jorge Brito en el desafortunado manejo del fútbol profesional. Anunció un crédito en condiciones muy favorables, de 100 millones de dólares para el techado y ampliación del estadio a 100.000 espectadores. Bien, muy bien en esa.
Con el fútbol mayor ha puesto a River en una de las peores condiciones que se recuerde, exceptuando el descenso en la época de Daniel Passarella, eximio jugador y pésimo presidente. Parecido a Riquelme.
Jugadores al container: para dar un golpe de mando, torcer el rumbo desviado y aliviar el desbordado e indebido monto salarial, Di Carlo anunció públicamente la separación de quince jugadores, algunos nombres rutilantes y que costaron millones de dólares al club, como Maxi Salas y Kevin Castaño, en pos de torcer el destino aciago. Jugadores jóvenes cayeron en la volteada.
Inconducente y errado, debió admitir su equivocación y disculparse.
Stefano contrató a Coudet, recuperó para el plantel a jugadores como Santos Borré y Lucas Beltrán, que volvían de jugar en equipos intrascendentes. Totalmente intrascendentes hasta ahora. En el apuro y desesperación efectuó la contratación más cara de la historia del fútbol nacional con Thiago Almada, incorporó a Otamendi, repatrió a Correa, más otros nombres de renombre como el promisorio juvenil Andrada y el marcador izquierdo Ortega.
Coudet los puso a todos en la cancha con urgencia, sin plan ni táctica y la mayoría de ellos sin estado físico ideal. Apremiado por la urgencia, tuvo resultado negativo. Fuera Coudet; demasiado tarde. Lo reemplaza por ahora Leonardo Ponzio.
Empieza otra etapa. El Monumental y los pasillos interiores arden. No es sencillo elegir y encontrar técnico para River. El presidente y la dirigencia no tienen tiempo ni espacio para otra equivocación. La solución no está al alcance de la mano, cuesta. Las cartas están echadas y el reloj corre.




