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Cuando Colombia renunció a ser sede del Mundial '86

La mayor prueba de liderazgo no siempre consiste en aceptar el mayor desafío. A veces consiste en tener la lucidez de decir que no.


Hay decisiones que producen entusiasmo inmediato. Otras generan decepción. Pero el liderazgo no siempre se juzga por la reacción del momento, sino por la forma en que resiste el paso del tiempo. La renuncia de Colombia a organizar el Mundial '86 es un buen ejemplo de ello.

En 1974, la FIFA le otorgó la sede del torneo

Era una oportunidad extraordinaria para un país que aspiraba a proyectarse al mundo a través del fútbol. Sin embargo, en 1982, el presidente Belisario Betancur anunció que Colombia no sería la anfitriona. La razón fue tan sencilla como contundente: el país debía concentrar sus esfuerzos en atender problemas mucho más urgentes. La decisión decepcionó a miles de aficionados. Era comprensible. Un Mundial simboliza prestigio, visibilidad internacional y la posibilidad de dejar una huella en la historia del deporte. Pero detrás de aquella renuncia había una forma de liderazgo poco frecuente: la capacidad de anteponer la realidad a la ilusión.

El verdadero costo de decir sí

Colombia atravesaba uno de los períodos más difíciles de su historia. La violencia se expandía, la economía enfrentaba severas restricciones y las demandas sociales reclamaban respuestas inmediatas. Al mismo tiempo, las exigencias de la FIFA crecían y requerían inversiones de enorme magnitud en estadios, infraestructura, transporte, comunicaciones y seguridad. La verdadera pregunta nunca fue si Colombia quería organizar un Mundial. La cuestión era si podía hacerlo sin desplazar prioridades mucho más urgentes. En toda organización, cada decisión implica un costo de oportunidad. Los recursos destinados a un proyecto dejan de estar disponibles para otro. Elegir siempre significa renunciar. Esa lógica, habitual en la gestión de empresas, también debería orientar las grandes decisiones de un Estado.

Belisario Betancur.

Cuando la prudencia también es liderazgo

Con frecuencia asociamos el liderazgo con la capacidad de asumir riesgos. Sin embargo, los mejores líderes también saben reconocer cuándo un desafío supera las posibilidades reales de administrarlo. La historia de los grandes eventos deportivos ofrece ejemplos muy distintos. Algunos impulsaron transformaciones duraderas. Otros dejaron cargas económicas difíciles de sostener o infraestructuras cuyo legado nunca justificó la inversión realizada. La diferencia no estuvo en el evento, sino en la capacidad de cada país para convertir esa oportunidad en desarrollo. Renunciar a una oportunidad no siempre significa perderla. En ocasiones, significa preservar las condiciones para aprovechar otras en el futuro.

Una lección que sigue vigente

México asumió finalmente la organización del Mundial 86 y el torneo quedó en la memoria colectiva como una de las grandes Copas del Mundo de la historia. Colombia siguió otro camino. Más de cuatro décadas después, aquella decisión sigue ofreciendo una enseñanza que trasciende el deporte. En tiempos en que muchas decisiones públicas parecen orientadas por el impacto inmediato o el beneficio político de corto plazo, el caso colombiano recuerda que la responsabilidad también deja legado.

Porque la grandeza de un país, como la de cualquier organización, no se mide únicamente por los desafíos que acepta. También se construye con la sabiduría de reconocer cuáles todavía no está en condiciones de asumir.

* Eduardo Muñoz. Criminólogo. Creador del Teorema de la Omisión Preventiva. Autor de La doble cara del gol (2026), un análisis criminológico del fútbol y el poder.

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