ver más

El silencio de los inocentes

El esperado duelo de colosos mendocinos se juega sin público y con el eco de los protagonistas. Perdió el fútbol.

En las calles hay una euforia que desdobla las esquinas. El calor del barrio, el olor del humo del asado, la parilla ardiendo. Se habla en el almacén de uno y otro, aunque en realidad se habla de ellos. Hay camisetas que salen de las ventanillas de los autos, mientras un compadre hace de cinturón humano para no terminar en tragedia.

Mendoza parece domingo porque hay antesala futbolera y prólogo de tarde de ensueño. Juegan Godoy Cruz e Independiente Rivadavia, reeditando las páginas doradas del pasado, golpe de nostalgia activada. Los hinchas corren para llegar a tiempo a ese aguante que solo será banderazo y saludo desde abajo mientras los jugadores golpean el vidrio del bondi.

En el coliseo mendocino hoy no hay fiesta porque lo que pasa adentro de la cancha tiene eco de entrenamiento formal de pretemporada de enero. Es un clásico de los colosos contemporáneos del fóbal nuestro pero parece un partido de los torneos amateurs de los sábados, categoría libre.

En las casas los hinchas se revientan las uñas de tanto nervio, mientras rezan, casi como implorando, un resultado para el lado de su bando. El oído en la radio, la vista en alguna cuenta compartida que transmita el partido y la ñata contra el vidrio, porque los fanáticos posta deberían estar siendo parte del convite.

Esas tribunas si están vacías. Foto: Alf Ponce / MDZ

Algún osado intentó burlar la autoridad y terminó detenido, los menos valientes llegaron hasta el fin del Corredor del oeste y quedaron a mitad de camino, ahí entre el periplo del Parque General San Martín y parte de la eterna Boulogne Sur Mer.

El clásico que tanto esperamos, ese que saboreamos en la previa y soñamos durante noches consecutivas quedó para pocos testigos. De fondo, el silencio de los inocentes es ensordecedor. Perdimos todos, hasta los violentos.