La historia de Marcos Acuña y su "vuelta" a River, que hace 15 años lo rechazó
Cuando tenía 17 años y quedó sumergido en angustia porque, después de viajar más de 1.000 kilómetros desde Neuquén, River Plate lo rechazó en una de sus pruebas, un joven Marcos Acuña de ninguna manera podría haber imaginado que una década y media más tarde sería un refuerzo de lujo del equipo de Nuñez. Las vueltas de la vida; y del fútbol. El chico de Zapala que, como varios, casi abandona el deporte a raíz de viajes, soledad, asaltos y decepciones, llegará al River de Marcelo Gallardo como uno de los grandes nombres de este mercado de pases en el fútbol argentino. Una vida de resiliencia que involucra una curiosa historia amorosa y el apodo de uno de los héroes de Qatar 2022.
Todo comenzó en Zapala, una ciudad de 32.000 habitantes en la provincia de Neuquén. Allí, en el año 1991, nació un chico de nombre Marcos Acuña que durante su infancia vagó entre las casas de su madre y abuela, dado que sus papás se separaron cuando tenía cinco años. Marcos empezó a patear una pelota desde muy chico y llegó hasta el club Don Bosco de su ciudad, donde mostró que tenía talento. Al principio, jugaba con muchachos más grandes que él y el roce tenía sus consecuencias. Eran tales los golpes y los chichones en la cabeza con los que volvía a su casa, que Marcos se convirtió en el “Huevo”. No por su entrega en la cancha; por las heridas. Un apodo que no perdería vigencia.
Era tal vez el mayor talento de Neuquén, pero en Buenos Aires no pudieron apreciarlo. Acuña viajó con 17 años a la capital para probarse en clubes como San Lorenzo, Argentinos Juniors, Boca, Tigre y River. Pero todos lo rechazaron. La mayoría, “por ser chiquito”. La decepción del Huevo era grande, y así lo reflejó hace tiempo: “Era muy difícil quedar, en cada prueba había más de 50 chicos. No lloraba, pero me enojaba. Pensaba: `Vengo de tan lejos y casi no me miran...´. Se nos hacía muy difícil venir a Buenos Aires”. Envuelto en tanta frustración, pensó en dejarlo todo. Pero su mamá le dijo que le diera otra chance al fútbol… y que se fijara en Ferro Carril Oeste.
Vaya si acertó. Fueron los de verde los que le abrieron las puertas a Marcos Acuña y le permitieron convertirse en futbolista profesional. Eso sí: tampoco en ese momento veía tanta luz al final del túnel. El Huevo debió dejar todo, alejarse de su familia y radicarse en Flores con 18 años. “No estaba mal, pero estaba solo. Y venir de tan lejos a una ciudad tan grande como Buenos Aires se complica. Encima, durante los primeros meses me robaron tres veces. La primera vez que me robaron me quise volver y mi familia y mis amigos me convencieron de que me quedara. En Floresta tenía que tomar el tren y me robaban antes de llegar a la estación. Se me hizo muy difícil. Me levantaba a las 5 de la mañana para ir hasta Caballito y de ahí salía un colectivo hasta Pontevedra”. Testarudo y fiel a su apodo, el Huevo no se dejó intimidar por los asaltos e insistió. Apostó por su sueño.
Hasta que en 2011 debutó, bajo la conducción de José María Bianco, en la primera de Ferro. Fue ante CAI de Comodoro Rivadavia por la B Nacional y lo hizo como enganche, un reflejo de la versatilidad que siempre demostró como jugador. En cuatro temporadas con la camiseta de Ferro, sumó 5 goles y 23 asistencias. Después, llegó a Racing por casi 5 millones de dólares por la mitad de su pase y Acuña potenció su carrera. En la Academia fue campeón del Torneo Final 2014 y, dos años después, se ganó la convocatoria a la Selección argentina de parte de Edgardo Bauza. Tenía 24 años y ya había jugado como enganche, extremo, volante y lateral izquierdo. Con ese llamado, que recibió mientras “tomaba mate con un amigo”, se convirtió en el primer Oriundo de Neuquén en vestir la camiseta albiceleste.
Desde entonces, comenzó un romance con la Selección que fue acompañado del conocido crecimiento futbolístico. Jugó el Mundial de Rusia 2018 con el equipo de Jorge Sampaoli (aunque participó solo de un encuentro) y su carrera explotó. Antes de Rusia y después de 109 partidos, 21 goles y 28 asistencias, ya había pasado de Racing al Sporting Lisboa de Portugal luego de recibir una ovación de todo Cilindro de Avellaneda en su última presentación. Más tarde, Lionel Scaloni siguió confiando en él a nivel internacional y le llegó lo ya sabido: campeón de la Copa América 2021 y con el honor incluido de ser el primero en abrazar a Lionel Messi; campeón de la Finalísima 2022, de la Copa del Mundo de Qatar 2022 y de la Copa América 2024. Mientras, después de tres años en el fútbol portugués marcados por conflictos internos, Marcos Acuña pasó en 2020 al Sevilla de España… donde estuvo hasta hoy.
La historia de amor con “su vecina” y su costado solidario
Quienes lo conocen aseguran que Marcos Acuña no se olvida de Ferro, al punto que cuando el público regresó a los estadios después de la pandemia de Covid-19, el neuquino compró entradas para que los chicos de la pensión pudieran ir a ver a su equipo. Y aportó pelotas, botines y otros materiales. No es el único gesto que se le recuerda. Una vez, un argentino llamado Mariano Magnone que estaba de viaje por Europa, contó la siguiente anécdota. “Le escribimos por Instagram (para pedirle entradas para un partido del Sporting) y nos dijo que sí, que nos conseguía. Fuimos al estadio y efectivamente había dejado dos plateas de protocolo a nombre de mi amigo y pudimos ver el partido. Nosotros no estuvimos con Marcos, pero después le mandamos una foto de que habíamos ido al encuentro”. Y muchos argentinos recordarán también la remera que Acuña vistió durante los festejos de la Copa América 2021. Tenía una mariposa dibujada en el pecho y decía “Luz”, en honor a la hija de Fabián De Ciria, un fotógrafo de Racing que había sufrido la pérdida de su niña dos meses antes.
Aguerrido, testarudo y valiente dentro de la cancha. Sensible, solidario y tímido fuera. Al menos así lo describe su esposa. Resulta que Marcos Acuña y Julia Silva nacieron en Zapala y vivieron sus respectivas infancias a solo unas cuadras, pero jamás se conocieron. Recién cuando el futbolista llegó a Ferro, en una ciudad de más de 3 millones de habitantes, el destino los unió. Así lo contó Silva, sin pelos en la lengua. “Yo hacía deportes y trabajaba en Ferro. Era socia, así que pasaba mucho tiempo en el club. Me habían dicho que en divisiones inferiores había un chico de mi ciudad, que resultó ser Marcos. Nunca nos habíamos visto en Zapala, ni tampoco teníamos amigos en común. Algo muy raro en una ciudad chica… Por esas cosas del destino nos conocimos en Ferro y enseguida empezamos a salir (...) La que inició todo fui yo, porque si bien hubo interés mutuo, él es muy tímido y no se animaba a encararme, así que tuve que dar el primer paso”. Lo dio. Y la vida los recompensó con tres hijos y una familia que regresará a Argentina después de siete años para potenciar el fútbol de nuestro país. Marcos Acuña, el todoterreno de los huevos en la cabeza que alzó la copa más ansiada y hoy regresa a River… con otra sensación respecto de la que lo marcó quince años atrás.

