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Menotti, el martes

César Luis Menotti se fue y dejó su legado, a su manera, en cada futbolero.
Foto: Noticias Argentinas
Foto: Noticias Argentinas

El domingo estaba viajando, agudizando la vista mientras me internaba ruta adentro en el sur del país, intentando no caerme por un precipicio de tanto nivel que amenazaba con hacer tambalear el auto.

Estaba asustado, un poco por ser inexperto al volante, sin saber a ciencia cierta si el final era por alguna accidente vial o por si un oso salía a la vera de la ruta y se masticaba el auto en el que viajábamos mi esposa, mi hija y yo.

En un lapso de señal, mi esposa, entre cebadora de mate y copilota premium, me dijo, casi al pasar, que Menotti se había muerto. Así, como quién no quiere la cosa: "Che, se murió Menotti", soltó y a mí casi que se me atraganta el polvorón en medio de la garganta.

En la situación de auto, más viaje, más ganas de llegar a destino la noticia se evaporó junto con el esfuerzo de un exigido desempañador que hizo lo que pudo. Pasó en la agenda de los temas, o en realidad no sé si fue porque mi hija pidió poner Baby Shark a todo volumen por enésima vez en nuestro recorrido patagónico, en verdad.

Como DT, Menotti ganó el Metropolitano 73 con Huracán, el Mundial 78 con la Selección argentina y el Mundial Juvenil 79 con la Sub 20, y la Copa del Rey 82/83, Copa de la Liga 83 y Supercopa Española 83 con el Barcelona.

Cuando llegamos (y los bartulos tuvieron destino en una cabaña de película), sí me sacudió lo que me dijo mi esposa. Yo no conviví con Menotti, no lo vi nunca, ni fui contemporáneo, simplemente por un tema de edad, claro. 

Menotti es lo que me contó mi viejo, en realidad, pero lo que me contó, no de sus gestas ni su discurso delicado, no. Menotti es a mi vida la sobremesa del domingo en la casa de mis abuelos. Es la melena de Kempes atropellando holandeses con los vasos como postes y Maradona llorando mientras se cae de la lista con Bravo y Botaniz.  Es esa grieta con Bilardo, tan nuestra, en un fantasma que inventamos nosotros, los argentinos.

Y a mí, por ese arte de los hijos de embobarnos con los padres, con la guachada del fútbol mediante, Menotti me enamoró porque era el arte de lo estético, el faso, la pelota al piso, los pies sensibles y el pase a la red pero contado por mi viejo en su arte de hacer todo cinematográfico. Lo digo y me acuerdo de él, liquidado de contragolpe por ese cáncer que lo sentenció cuándo quedó con uno menos en defensa. En realidad Menotti para mí no es nada. O es todo junto, depende.

Hoy ya es medio día. En el después del almuerzo yo junto las servilletas y les pongo nombre: Neskeens, Rensenbrink, Krol, Luque, como hacía mi viejo para darme a entender que eran distintos jugadores, amén del blanco del papel. Mi hija me mira casi al borde del filo de la madera: es más factible que crea que son marcianos de uno de esos videos chinos que ve en Youtube, en lugar de uno de los equipos más importantes de la historia del fútbol.

"Contame, papi", me dice. Y yo arranco el relato que tantas veces escuché cuándo era domingo: ahí están los holandeses tumbados, también los rulos de Kempes, la casa de mis abuelos y lo que queda en la borra del café al fondo del pocillo. También están Menotti y mi viejo. Mi hija los mira. Ahí se van a quedar, juntos otra vez. Para siempre. Un martes.