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Ahí, pero dónde, cómo

Llega el final del evento deportivo más lindo de todos. La final se hace esperar. La Copa está ahí, pero dónde, cómo.
Foto: EFE
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Hay una previa que ya es insoportable. Desde el mismo martes cuando se concretó el pase a la gran final.  Hay días que no pasan y horas que no corren. El domingo, por suerte, es el gran día y espero que el insomnio que no me deja en paz hace casi una semana, llegue a su fin.

Yo nací en 1990 y no tengo ni idea que se siente ser el campeón del mundo. Me sé de memoria todas las ediciones, desde el título uruguayo del 30 hasta estos franceses reyes en Rusia. Tengo pegada en la retina la foto de Maradona en el '86 y la atropellada de Kempes del '78. 

En la sobremesa de casa, mi viejo me habló de Pelé, de Puskas, de Cruyff y Beckenbauer y yo no paraba de imaginármelos en mi cabeza, reproduciendo en blanco y negro jugadas con las servilletas. Me enseñó, también mi papá, que antes la Copa se llamaba Jules Rimet y como los brasileños la ganaron tres veces, se la dejaron. La de ahora es otra, y la tenemos casi que ahí, pero dónde, cómo.

Mi primer mundial con conocimiento de causa es, justamente, el de Francia '98. Fui a festejar al centro con el triunfo en los penales contra Inglaterra y el cabezazo de Ortega a Van der Sar me hundió la ilusión. (Maldito Bergkamp y su definición de Play Station). Lloré. Lloré tanto que me quedé seco. Fue mi primera gran desilusión como argentino.

Intenté no volver a engancharme pero la máquina de Bielsa me cambió los planes. Y me levanté a la madrugada para ver lo que pasaba del otro lado del mundo, hasta que Svenson volvió a darme otra trompada con ese tiro libre. Primera ronda. ¿Así de cruel puede ser el fútbol?

En 2006 y en 2010 Alemania nos sepultó en cuartos de final. Ahí pensé que ese era nuestro lugar en el mundo, ni muy muy ni tan tan. Me intenté convencer que era negocio, no nos íbamos tan rápido y yo decía en los recreos del colegio que eramos quintos, en esa trampa que te da llegar a esa instancia.

Brasil me volvió a meter en la vorágine. Ese equipo de Sabella creí que lo haría posible. Yo ya tenía 24 años y sentí que la vida ya debía regalarme lo que en realidad me pertenecía  (a mi y a otros 40 palos de argentinos). Pero Gotze y Schürrle lo único que hicieron fue esa conexión que nos arruinó por completo. (Del bochorno del 2018 mejor ni acordarse).

Y llegó mañana, antes de lo previsto, quizás. Está ahí, pero dónde, cómo. Francia es el campeón vigente, se le caen los jugadores de las paredes y no hay ningún camello que pueda con ellos. Por eso me rompo la cabeza pensando en la clave para ganarlo, como si por acción divina, Scaloni pueda escucharme a miles de kilómetros.

Tuve también, en mis pecados de juventud, el error de creer que ser campeón era lo único. Entendí, en casi tres décadas de vida después, que esa frase tan recordada de Bilardo donde ser segundo no servía para nada era completamente errónea. 

Este ciclo de casi cinco años es impecable, más allá de los 36 partidos invicto, la Copa América de Brasil y este tremendo Mundial con una camada de jugadores que nos representan en cada rincón del planeta. Obvio que quisiera verlo a Messi en el lugar de la foto que se merece, pero si no se da lo que todos queremos (anulo mufa), para mí ya esta todo hecho.

Es ahí donde ya entendí que ganamos, sin importar dónde, ni cómo.