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La rutina de lo extraordinario

Lionel Messi lo hizo otra vez. Capítulo mil uno, en su mejor versión, otra vez, de nuevo. Gracias.

Messi toma la pelota y encara al enmascarado Gvardiol, el defensor croata de los 100 millones de euros. Va entre su metro ochenta y ocho y la raya derecha. No va a pasar, no será posible, porque la física así lo indica. Solo queda un lugar, minúsculo, entre ese mastodonte con el número 20 y el abismo. Por ahí va a pasar, como si fuese una jugada de recreo de colegio con una cajita aplastada de jugo pero ante 80 mil personas.

La rutina de lo extraordinario, presente una vez más. Este pibe vestido de argentino logró que nos mal acostumbremos a que sea cotidiano, a que cada miércoles, y su posterior domingo, lo tengan en la tapa, en los videos de Youtube, en las charlas de café, desde hace quince años. Una y otra vez. No hay un mejor Messi que otro, tampoco uno que se asemeje a Maradona. Messi es éste, único e irrepetible en cada uno de sus mil y un partidos. Capaz de hacerlo otra vez, como cada noche, de nuevo.

Una partitura en estado puro, esta vez acompañada de contexto. Sus compañeros lo bajaron del póster y lo acompañaron a que sea todavía mejor a todas sus versiones. Y él, contenido, es show en estado puro. El jugador con más partidos en Mundiales, el jugador argentino con más goles en la selección y que siga Wikipedia.

La foto de Brasil 2014 no podía ser el final y ya no importa si el domingo consigue el único título que le falta y desvela. El problema será el día después de mañana porque el calendario corre para todos y quizás lleguen los créditos de una película irrepetible. Y ahí seremos otra vez terrenales, ahí el mundo va a volver a ser el de hace veinte años, en ese vacío eterno que dejó Maradona y esa enfermera. Por eso, domingo, por favor, no llegues nunca.