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Argentina: su lugar en el deporte olímpico y la condena del exitismo

Pasó una nueva edición de los Juegos Olímpicos. La delegación nacional cosechó cuatro medallas y diez diplomas. ¿Fue un fracaso o un éxito? ¿Cómo estamos con respecto a otros países? Entrá y enterate.
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En Twitter: @gonza_ruiz

Los Juegos Olímpicos de Londres ya están en el lugar de los recuerdos. La magia del deporte, una vez más, nos alborotó los sentidos.

Nadie nos quitará tantos momentos emocionantes. Vimos una vez más el amor por el deporte de la Generación Dorada, admiramos la garra de Las Leonas, la perfección en las anillas de Federico Molinari y la potencia de Germán Lauro. No pestañeamos para ver volar bajo a Usain Bolt y estiramos los brazos para que Phelps llegara antes que nadie.

Las imágenes son miles y seguirán dando vueltas en nuestras retinas.

Ahora, bien: ¿Y por casa cómo andamos? ¿Argentina fue un desastre o dio lo que puede dar? ¿Desde qué lugar medimos o analizamos la participación de la delegación nacional?

Puede dar sólo lo que tiene para dar

Argentina tuvo una actuación muy lógica, acorde al lugar que ocupa en el mapa mundial del deporte olímpico: un lugar ínfimo. La cosecha fue de cuatro medallas: oro de Crismanich en taekwondo, plata de las Leonas y los bronces de Juan Martín del Potro en tenis y De La Fuente/Calabrese en yachting. A eso, hay que sumarle diez diplomas, que se entregan a los deportistas que terminan entre el cuarto y octavo lugar.

Si sumamos diplomas y medallas, nos damos cuenta de que la actuación argentina en Londres es la mejor desde Helsinki 52, cuando la cosecha fue de 5 medallas y 15 diplomas.

Germán Lauro llegó a la final en lanzamiento de bala.

No es para celebrar. Eso está claro. Pero tampoco podemos pretender mucho más. En este país, el deporte casi siempre fue un tema menor. En la única etapa en la que hubo una política deportiva seria fue entre 1945 y 1955, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón. Luego, la Revolución Libertadora se encargó de hacer pelota al deporte, entre tantas otras cosas.

Y así, hasta estos días, nunca se pensó en serio el desarrollo del deporte argentino.

Hoy hay una leve mejoría pero seguimos estando lejos de una política de Estado acorde a las potencias mundiales, algo que, lamentablemente, también es lógico. De todas maneras, se ha trazado un camino y eso ya es positivo.

El año pasado, después de los Juegos Panamericanos de Guadalajara, desde este mismo espacio destacamos que la creación del Enard había sido –y sigue siendo– importante.

El Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo nació en el 2009 y se financia con el uno por ciento de la facturación de la telefonía celular. Ese dinero es destinado a gestionar apoyos económicos para el desarrollo de políticas deportivas de alto rendimiento.

Gracias al Enard se triplicó el dinero que recibe el alto rendimiento. Desde los Panamericanos pasados no se escuchan las típicas quejas de los deportistas. Los atletas coinciden: sólo tuvieron que dedicarse a lo estrictamente deportivo, como debería ser, pero no nos olvidemos que vivimos en Argentina.

De todas maneras, la ayuda del Enard llegó en el medio del ciclo olímpico. Sirvió, pero no es suficiente. Se tiene que continuar en el tiempo y analizar muy bien cómo continúa la distribución de las becas de acuerdo al potencial de los deportistas de cara a los Panamericanos de Toronto 2015 y los Olímpicos de Río 2016. Todo esto, con un abarcativo trabajo en las bases para la detección de talentos, que puedan aspirar al alto rendimiento.

Medallas de oro en exitismo

Jennifer Dahlgren no cumplió con las expectativas.

Durante los Juegos se escuchó hasta el cansancio el chillar de los adoradores del éxito, que son medallas de oro en tirarse en un sillón y ver televisión. A todos nos gusta ganar, no hay nada nuevo en eso. Pero quienes se jactaban del supuesto fracaso argentino en Londres sólo demostraban su absoluta ignorancia sobre el deporte actual.

Insistimos: Argentina estuvo a la altura de los Juegos. Casi todos los atletas cumplieron con las expectativas. Quienes más quedaron en deuda fueron Jennifer Dahlgren en lanzamiento de martillo, Julio Alsogaray en yachting y la natación.

El tema es claro: somos un país asquerosamente exitista y, encima, nos creemos los mejores del mundo. Ni somos los mejores ni estamos condenados al éxito. Somos un país que está muy lejos de la elite deportiva a nivel mundial, somos un país que necesita de años, coherencia, trabajo, inversión estatal y privada y, sobre todo, paciencia para ver más medallas en un Juego.

Somos un país, en definitiva, que hasta dentro de cuatro años se olvidará de los Crismanich, los Toledo, las Pareto o las hermanas Sánchez.

Nada nuevo bajo el sol.