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Roberto Trotta y el basta de Independiente
En el estadio 15 de abril y ante Unión, Trotta dirigió por última vez a Independiente. Antes de ese partido las cartas estaban echadas, una derrota era igual a un alejamiento.
En Santa Fe y bajo una lluvia pertinaz que durante siete meses se había ausentado, dejando por algunas horas la sequía recalcitrante en el olvido, caminaban silenciosamente por la peatonal San Martín ante una multitud juvenil que aguardaba su día, dos altos dirigentes de Independiente Rivadavia, que horas mas tarde se sentarían sobre el techo del 15 de Abril para observar sus colores de la vida jugarse una carta brava frente a Unión.
Su paso era pausado y en sus caras se denotaba un cierto dejo de preocupación por el presente frágil que exhibía su Lepra querida. Alguno de los dos en cierto momento; rompió el mutismo y en estado pensante miro fijamente al otro y le habló.
Los oídos abiertos de un caminante cercano al paso de los regentes permitió escuchar estas escuetas y sentenciadoras palabras: "Mirá vos que casualidad. Aquí en Santa Fe alguna vez se fue Sialle y hoy, si no ganamos, se va Trotta".
La garúa proseguía botando sobre las prolijas veredas santafesinas y los pájaros que trinaron más temprano, inclinaron su cuerpo salpicado de gotas y se llenaron de mudez. Los minutos de distancia de aquella mañana a 900 kilómetros de Mendoza se acortaron y fijaron su destino en la hora 21.
El partido se jugó. Se pudo ganar, pero se perdió. Una vez más. Entonces, aquel cruce directo, oportunista del paseante que oyó, tomó vida en la gélida noche tatengue; sólo faltaba saber si el anuncio profético cumpliría su destino.
Trotta salió del vestuario caminando solo, con su bolso a cuesta y se paró sobre los ávidos periodistas a responder lo que hiciese falta, asumiendo el rol de guía y revelando una pasmosa tranquilidad.
Una frase de cinco palabras fue la respuesta mas buscada. Su cabeza, esa de tantos goles convertidos y salvados, estaba en juego. Y el DT dijo: "Tengo doce horas para pensarlo". Fueron más de doce, porque el ómnibus de regreso se demoró un rato prolongado en estacionar en Mendoza y el viaje parecía no tener fin.
Quizá en ese tiempo de espera y desespera, Trotta y su otro yo platicaron, repasando el camino hecho y comentando lo que pudo ser y lo que fue, aquella oportunidad de comenzar de nuevo, intentando la felicidad a prueba y error.
Cuantas cosas habré hecho bien y tantas que habré hecho mal. Quizá esa marcha de vuelta a "casa", le advirtió al entrenador que el ciclo había llegado a su final, los números de una campaña tan desabrida despejaban esos lapsus ininterrumpidos de no rendirse. 7 puntos de 21 posibles, con una sola victoria ante el último de la tabla. 4 empates, dos con sabor a derrota y dos traspiés.
Solo 8 goles a favor y 9 en contra, un promedio en el descenso delicado; 1,200 a dos unidades de la hipotética promoción.
Incontables cambios de nombres entre titulares y suplentes, sistemas tácticos invariablemente modificados dado las circunstancias, muy poco afable con la figura descollante que tenía en su poder, a quien nunca visitó fuera de la cancha, llámese por tal Ortega; intratable con la prensa que lacónicamente hacia mella de su desabrido test comunicacional, en la mira de los pasionales apostados en los escalones del Malvinas, que lo visitaron insolentemente para exigirle un cambio de timón. Y el dijo no, sigo.
Estaba todo mal, para él y su fama.
Esa alcanzada merecidamente cada vez que los cortos llamaban a su puerta y él disfrazado de caudillo ganó tanto e hizo ganar tanto. Cual era el estigma que agobiaba sus planteamientos tácticos encubiertos por momentos, a esos sonsos periodistas que a escondidas querían saber de que se trataba. No daba pie con bola, en la cancha todo se volvía real y paradigmático, y los puntos no suturaban.
Estaba todo mal, para él y su fama.
Porque por más que fuere fútbol, hacerlo desde afuera era un desencuentro con su carácter avasallador, trasmitido locuazmente a sus compinches en decenas de clubes, adentro; pero con un sentimiento solitario al momento de exigirlo de ese lado, el de más allá de la línea blanca. ¿Ellos no entendían o el no los entendía?
Estaba todo mal, para él y su fama.
La gestación de este proceso nuevo, el del regreso fastuoso, estuvo maravillosamente concebido, con lo que el técnico solicitó la dirigencia cumplió, pretemporada, viajes, concentraciones y hasta la llegada de un crack se abrieron paso ante el y su corte de ilustres.
Pero algo salio mal, su inmadurez quizás todavía como entrenador de ascensos y descensos, de los cuáles se han escrito miles de libros y gastado millones de palabras, lo terminó acorralando, justo a él que nunca supo de fracasos estrepitosos.
La apuesta no cubrió toda la banca, y el punto le ganó la mano.
Trotta ya no esta más en Mendoza y al igual que Sialle y aquel pronóstico de tiempo aguado fue Santa Fe y Unión, quienes le dieron la despedida.
Hasta nunca habrá que decir, o hasta siempre señor Roberto Trotta, quien sabe.
Trotta salió del vestuario caminando solo, con su bolso a cuesta y se paró sobre los ávidos periodistas a responder lo que hiciese falta, asumiendo el rol de guía y revelando una pasmosa tranquilidad.
Una frase de cinco palabras fue la respuesta mas buscada. Su cabeza, esa de tantos goles convertidos y salvados, estaba en juego. Y el DT dijo: "Tengo doce horas para pensarlo". Fueron más de doce, porque el ómnibus de regreso se demoró un rato prolongado en estacionar en Mendoza y el viaje parecía no tener fin.
Quizá en ese tiempo de espera y desespera, Trotta y su otro yo platicaron, repasando el camino hecho y comentando lo que pudo ser y lo que fue, aquella oportunidad de comenzar de nuevo, intentando la felicidad a prueba y error.
Cuantas cosas habré hecho bien y tantas que habré hecho mal. Quizá esa marcha de vuelta a "casa", le advirtió al entrenador que el ciclo había llegado a su final, los números de una campaña tan desabrida despejaban esos lapsus ininterrumpidos de no rendirse. 7 puntos de 21 posibles, con una sola victoria ante el último de la tabla. 4 empates, dos con sabor a derrota y dos traspiés.
Solo 8 goles a favor y 9 en contra, un promedio en el descenso delicado; 1,200 a dos unidades de la hipotética promoción.
Incontables cambios de nombres entre titulares y suplentes, sistemas tácticos invariablemente modificados dado las circunstancias, muy poco afable con la figura descollante que tenía en su poder, a quien nunca visitó fuera de la cancha, llámese por tal Ortega; intratable con la prensa que lacónicamente hacia mella de su desabrido test comunicacional, en la mira de los pasionales apostados en los escalones del Malvinas, que lo visitaron insolentemente para exigirle un cambio de timón. Y el dijo no, sigo.
Estaba todo mal, para él y su fama.
Esa alcanzada merecidamente cada vez que los cortos llamaban a su puerta y él disfrazado de caudillo ganó tanto e hizo ganar tanto. Cual era el estigma que agobiaba sus planteamientos tácticos encubiertos por momentos, a esos sonsos periodistas que a escondidas querían saber de que se trataba. No daba pie con bola, en la cancha todo se volvía real y paradigmático, y los puntos no suturaban.
Estaba todo mal, para él y su fama.
Porque por más que fuere fútbol, hacerlo desde afuera era un desencuentro con su carácter avasallador, trasmitido locuazmente a sus compinches en decenas de clubes, adentro; pero con un sentimiento solitario al momento de exigirlo de ese lado, el de más allá de la línea blanca. ¿Ellos no entendían o el no los entendía?
Estaba todo mal, para él y su fama.
La gestación de este proceso nuevo, el del regreso fastuoso, estuvo maravillosamente concebido, con lo que el técnico solicitó la dirigencia cumplió, pretemporada, viajes, concentraciones y hasta la llegada de un crack se abrieron paso ante el y su corte de ilustres.
Pero algo salio mal, su inmadurez quizás todavía como entrenador de ascensos y descensos, de los cuáles se han escrito miles de libros y gastado millones de palabras, lo terminó acorralando, justo a él que nunca supo de fracasos estrepitosos.
La apuesta no cubrió toda la banca, y el punto le ganó la mano.
Trotta ya no esta más en Mendoza y al igual que Sialle y aquel pronóstico de tiempo aguado fue Santa Fe y Unión, quienes le dieron la despedida.
Hasta nunca habrá que decir, o hasta siempre señor Roberto Trotta, quien sabe.