Terremotos en Venezuela: una maestra levantó una escuela en un refugio tras perderlo todo
La conmovedora historia de la maestra venezolana que perdió su hogar por los terremotos, lucha contra el cáncer y hoy educa bajo una carpa.
Foto: MMM
La enseñanza es su poder. Jazmín Ramírez Blanco, maestra venezolana, brinda una luz de esperanza tras los terremotos y transforma el dolor de la tragedia en una lección de superación diaria para decenas de niños y sus familias.
Una maestra que se resiste a perder la esperanza tras los terremotos
Tras el impacto del doble terremoto ocurrido en La Guaira el pasado 24 de junio, muchas familias vieron colapsar sus viviendas en cuestión de segundos y quedaron a la intemperie. Entre esas víctimas estuvo esta maestra de la Escuela Cruz Felipe Iriarte, quien debió buscar refugio en los alrededores del estadio César Nieves. Sin embargo, a pesar del impacto emocional y de enfrentar una dura batalla personal contra el cáncer hace 5 años, la docente de Historia jamás permitió que la desesperanza frenara su vocación pedagógica ni su entrega hacia los más pequeños.
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Con esa meta clara entre ceja y ceja, creo la “Escuela Urimare”. Este espacio improvisado se levantó bajo la cubierta de una carpa en el sector Tres carpas de Catia La Mar. En ese lugar, la docente acoge día tras día a unos 45 niños afectados por la catástrofe.
Su objetivo va mucho más allá de dar clases ordinarias: busca proteger el derecho a la educación de los niños y ofrece un refugio de contención emocional que les ayuda a procesar el trauma causado por la pérdida de sus hogares.
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Una ayuda que crece día a día
Aquello que comenzó como una labor en solitario ha contado con la ayuda de vecinos, familiares e instituciones que comenzaron a coordinar la entrega de libros, cuadernos y lápices para asegurar la continuidad de esta tarea. La respuesta de la población fue tan abrumadora que tuvo que ampliar su horario de atención. Lo que inició como una jornada de mañanas ahora incluye actividades de lectura, dinámicas de cuentos y apoyo escolar durante las tardes. Y también hay un día que recibe solo a los más pequeñitos.
Al recordar los momentos más complejos, la propia maestra explicó qué la mantuvo en pie: “Mis herramientas están en mis manos, en mis conocimientos”. Su labor constante es un símbolo de resiliencia para todo el campamento de damnificados que hoy lucha por reconstruir sus vidas.
Dado el crecimiento continuo del número de alumnos, la iniciativa requiere hoy más apoyo que nunca para continuar con sus puertas abiertas a la infancia. Por esta razón, la docente realiza un llamado abierto a toda la sociedad para que aporten su granito de arena en esta causa. Cada colaboración con útiles escolares, alimentos o materiales didácticos permitirá que estos 45 niños sigan aprendiendo en un ambiente seguro, lleno de afecto, dignidad y oportunidades reales para salir adelante.