Según la psicología, los adolescentes de los 90 desarrollaron una habilidad que hoy pocas personas tienen
La psicología no estudió a "los adolescentes de los 90" como un bloque cerrado, pero sí ofrece pistas sólidas para entender por qué esa generación, criada con más tiempo no estructurado y menos estimulación instantánea, pudo desarrollar una relación distinta con el aburrimiento, la espera y la paciencia.
La psicología vincula el tiempo menos estructurado con un mejor desarrollo del autocontrol y de la capacidad de actuar sin guía constante de los adultos.
ShutterstockLa psicología permite mirar a los adolescentes de los 90 desde un ángulo que va más allá de la nostalgia. No se trata solo de recordar walkman, teléfono fijo o tardes sin notificaciones, sino de entender qué dejó esa forma de crecer.
La psicología y la paciencia en la era digital
Distintos trabajos sobre juego libre, tiempo menos estructurado y autorregulación muestran que cuando hay menos intervención externa y menos estímulos permanentes, chicos y adolescentes tienen más oportunidades de practicar el autocontrol, la iniciativa y la capacidad de sostenerse en momentos de baja estimulación.
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En ese marco, la tolerancia al aburrimiento aparece como una clave. Para buena parte de quienes atravesaron su adolescencia en los 90, aburrirse no era una falla del sistema ni algo que hubiera que neutralizar en segundos, sino una parte bastante habitual de la vida cotidiana. Desde la psicología, eso puede leerse como un entrenamiento informal: convivir con tiempos muertos, con esperas y con menos opciones inmediatas obligaba a inventar, salir a buscar algo que hacer o simplemente soportar el vacío sin romperlo enseguida. Esa lectura es una inferencia razonable a partir de la evidencia sobre tiempo no estructurado y sobre el efecto de la estimulación digital constante en la experiencia de aburrimiento.
La Asociación Estadounidense de Psicología subraya que el juego no organizado por adultos ayuda a construir resiliencia, creatividad y vínculos espontáneos entre pares. En la misma línea, una investigación publicada en Frontiers in Psychology encontró que cuanto más tiempo pasaban los chicos en actividades menos estructuradas, mejor era su funcionamiento ejecutivo autodirigido, es decir, la capacidad de organizarse, cambiar de foco y actuar sin que otro marque cada paso.
Ese punto importa porque tolerar el aburrimiento no es solo “aguantar” sin hacer nada. También tiene que ver con poder regular la atención, demorar una recompensa y generar una respuesta propia cuando no hay entretenimiento servido. Otro estudio longitudinal, publicado en Early Childhood Research Quarterly, encontró que el juego libre predice una mejor autorregulación años más tarde. Y el Centro sobre el Niño en Desarrollo de Harvard define las funciones ejecutivas y la autorregulación como habilidades centrales para planificar, enfocar la atención, tomar decisiones y cambiar de estrategia cuando hace falta.
La psicología también ayuda a entender por qué esa tolerancia hoy parece más escasa. Una revisión publicada en Communications Psychology sostiene que los medios digitales pueden aumentar el aburrimiento al fragmentar la atención, elevar el nivel de estimulación que una persona espera, reducir la sensación de sentido y convertir al propio teléfono en una salida poco eficaz para lidiar con ese malestar. Dicho de otro modo, cuando todo compite por captar la atención, cada pausa se vuelve más difícil de sostener.
Claro que no hace falta idealizar una década para reconocer ese contraste. La psicología no dice que una generación sea mejor que otra, ni que haber crecido con menos pantallas haya sido perfecto en todos los casos. Pero sí permite pensar que quienes fueron adolescentes en los 90 tuvieron más oportunidades de practicar algo que hoy vale mucho: quedarse un rato sin estímulo inmediato, tolerar la incomodidad y transformar el aburrimiento en iniciativa, juego o conversación real.