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Qué le pasa al cerebro cuando empezás a entrenar: los cambios que pueden aparecer en pocos días

Un estudio de la University College London detectó que, en adultos sedentarios, el entrenamiento aeróbico mejora rápidamente funciones ligadas a la atención y el control mental.


A veces el primer cambio no se ve en el cuerpo. Ni en la balanza, ni en el espejo, ni en la ropa. Aparece en otro lado: en la cabeza. Empezar a entrenar, incluso después de meses de sedentarismo, puede generar efectos rápidos en el cerebro, y no se trata solo de una sensación subjetiva de bienestar.

Un grupo de investigadores de la University College London observó que, tras 12 semanas de ejercicio aeróbico, adultos que no tenían una rutina física mostraron mejoras concretas en funciones como la atención y el control ejecutivo, dos capacidades clave para organizarse, sostener el foco y frenar impulsos automáticos.

Un cambio que empieza antes de lo esperado

El trabajo fue liderado por la doctora Flaminia Ronca y siguió de cerca a 30 adultos, 23 hombres y 7 mujeres, que no venían realizando actividad física regular. La propuesta fue simple, aunque exigente: tres sesiones semanales de ciclismo aeróbico durante tres meses. A lo largo del proceso, los investigadores midieron el VO2 máximo, un indicador muy usado para evaluar la capacidad aeróbica, y también analizaron cómo reaccionaba el cerebro después de cada entrenamiento.

Cómo entrenar en 30 minutos para perder peso (Shutterstock).
Cómo entrenar en 30 minutos para perder peso (Shutterstock).

El dato que más llamó la atención estuvo en una proteína clave: el BDNF, conocido como factor neurotrófico derivado del cerebro. Esta sustancia está asociada con la plasticidad cerebral, es decir, con la capacidad del cerebro para adaptarse, reorganizarse y responder a nuevos estímulos. Según los resultados publicados en Brain Research, el ejercicio intenso favoreció una mayor liberación de BDNF después de las sesiones. No aumentó de forma estable en reposo, pero sí mostró una respuesta más marcada tras la actividad física, algo que fue creciendo a medida que mejoraba el estado aeróbico de los participantes.

Qué mejoró y qué no

El estudio no encontró avances en todas las áreas cognitivas por igual. Ahí aparece uno de los puntos más interesantes. Las mejoras se concentraron sobre todo en tareas vinculadas con la atención y la inhibición de respuestas automáticas, dos funciones que dependen en buena parte del control ejecutivo. Dicho en términos cotidianos: el entrenamiento pareció ayudar a pensar con más claridad en situaciones que exigen foco, autocontrol y toma de decisiones rápidas.

Para medir eso, el equipo monitoreó la actividad de la corteza prefrontal, una región del cerebro muy ligada a la regulación emocional, la planificación y el control de impulsos. Los cambios observados en esa zona acompañaron los mejores resultados en las pruebas cognitivas. En cambio, la memoria no mostró variaciones significativas durante ese período. Eso sugiere que los beneficios iniciales del ejercicio aeróbico no impactan de la misma manera en todas las funciones mentales. Al menos al principio, el efecto parece apuntar más al “piloto de mando” del cerebro que al archivo de recuerdos.

Lo que aporta y lo que todavía falta saber

Los autores fueron prudentes al leer los resultados. El estudio se hizo con una muestra pequeña, integrada solo por adultos sedentarios, y además se concentró exclusivamente en ciclismo. Eso significa que no se puede asumir sin más que el mismo efecto se repita en otras poblaciones o con otros tipos de entrenamiento. Tampoco hubo un grupo de control sin intervención, algo que podría haber ayudado a afinar todavía más la interpretación de los hallazgos.

De todos modos, el trabajo suma una pieza valiosa a una línea de investigación que viene creciendo hace años. Estudios previos realizados en Canadá y Alemania ya habían señalado aumentos de BDNF tras programas de ejercicio, especialmente en adultos mayores. En este caso, la novedad estuvo en poner el foco sobre personas jóvenes y de mediana edad que partían de una vida sedentaria. El hallazgo gana peso en un contexto donde, según cifras difundidas por Statista, cerca del 40% de la población adulta mundial no realiza suficiente actividad física.

Además, otras investigaciones médicas ya habían vinculado el sedentarismo con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y enfermedades neurodegenerativas. Por eso, el aporte de la UCL va más allá del laboratorio: refuerza la idea de que moverse no solo ayuda al corazón o a los músculos, sino que también puede convertirse en una herramienta concreta para cuidar el cerebro.

Ronca y su equipo incluso plantean que, a futuro, programas aeróbicos personalizados podrían formar parte de estrategias preventivas en centros de salud o espacios de rehabilitación cognitiva. El mensaje de fondo, en cualquier caso, es claro: cuando una persona sedentaria empieza a entrenar, el cerebro también empieza a responder. Y lo hace antes de lo que muchos creen.