Miedo al fracaso: cómo dejar de imaginar catástrofes y animarse a decidir
La psicopedagoga Agustina Pérez Céspedes explica cómo reconocer el miedo al error, bajar la autoexigencia y decidir sin esperar una seguridad imposible y total.
El miedo al error puede esconderse detrás de la búsqueda de seguridad, la planificación excesiva y el perfeccionismo.
ShutterstockHay decisiones que no se abandonan, pero se postergan una y otra vez. El proyecto permanece en pausa mientras su autor espera sentirse preparado, reunir más información o encontrar el momento indicado. Para Agustina Pérez Céspedes, licenciada en Psicopedagogía y magíster en Innovación y Emprendimiento, esa demora puede ser una de las formas menos evidentes del miedo.
En diálogo con MDZ, la especialista explicó que el temor a fallar no siempre se presenta de manera directa. Puede adoptar argumentos que parecen prudentes: “Todavía no es el momento” o “quiero hacerlo bien”. El problema aparece cuando esa búsqueda de seguridad pretende anticipar todas las variables y garantizar un resultado sin fisuras. “La perfección, tal cual la imaginamos, no existe”, señaló Agustina Pérez Céspedes. La precaución razonable, aclaró, parte de observar el entorno, evaluar riesgos concretos y reconocer los propios recursos. La parálisis, en cambio, suele apoyarse en escenarios hipotéticos que crecen hasta volver imposible cualquier movimiento.
Cuando el perfeccionismo funciona como refugio
Distinguir entre una alerta real y un temor aprendido exige autoconocimiento. Según la psicopedagoga, resulta necesario revisar qué situaciones activan esa alarma, qué límites son verdaderos y cuáles provienen de antiguas experiencias. “Cada persona se pone un disfraz distinto”, explicó. En muchos casos, la raíz puede rastrearse en ámbitos cotidianos: la familia, la escuela o los primeros trabajos, especialmente cuando equivocarse fue recibido con enojo, humillación o dramatismo.
El perfeccionismo termina funcionando como una presentación socialmente aceptada del miedo, mientras la autoexigencia sostiene la vigilancia. “En vez de decir ‘tengo miedo de fallar’, decimos ‘quiero que quede perfecto’”, resumió. Así, una idea puede quedar detenida no por falta de capacidad, sino por una exigencia imposible de satisfacer antes de comenzar.
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Darle forma al miedo para reducir su poder
La mentoría desarrollada por Agustina Pérez Céspedes trabaja sobre esos aprendizajes y sobre los hábitos que condicionan la toma de decisiones. El punto de partida es una entrevista de escucha, orientada a reconstruir qué significado tiene el error para cada persona y qué experiencias dejaron una marca. La propuesta no busca suprimir el temor. “Trabajamos para aprender a conocerlo, para saber de dónde viene y sacarlo a la luz”, afirmó. Entre los recursos utilizados aparecen el humor, la música, el dibujo, el collage y las metáforas. Incluso los temores pueden transformarse en caricaturas y recibir un nombre propio. La intención es volverlos reconocibles apenas irrumpen, tomar distancia de ellos y separar un riesgo comprobable de una catástrofe imaginada.
Ese recorrido permite cambiar la relación con el error. En lugar de interpretarlo como una prueba definitiva de incapacidad, la propuesta consiste en ubicarlo dentro de un proceso de aprendizaje. “¿Existe acaso un proceso de aprendizaje donde no te equivoques nunca?”, planteó la entrevistada. La pregunta apunta también al miedo al ridículo y a la sensación de estar mostrando una identidad o una preparación que no se poseen. En el ámbito laboral y emprendedor, esto suele vincularse con el llamado fenómeno del impostor: la persona cree que tanto su proyecto como ella misma deberían estar completamente validados antes de exponerse. Frente a esa expectativa, Pérez Céspedes ofrece una certeza menos tranquilizadora, pero más realista: “Sí, se van a equivocar. La idea no va a ser perfecta, y ellos tampoco”.
La especialista utiliza la imagen de un vals para explicar ese aprendizaje: no se trata de vencer al miedo en una pelea definitiva, sino de reconocer su ritmo y continuar avanzando. El humor y la creatividad ayudan a integrar los errores sin negar sus consecuencias ni convertirlos en tragedias permanentes. La diferencia es importante. Revisar una decisión, corregir una falla y evitar su repetición forman parte de una respuesta responsable; actuar bajo pánico, en cambio, puede reforzar la conducta que se pretende prevenir. “La diseñé porque soy una gran experimentadora de que el miedo a equivocarse es el temor de muchos y la oportunidad de pocos”, contó sobre la mentoría. Al atravesarlo, agregó, “todas las posibilidades de crecer y aprender se abrieron”.
Mentoría y terapia: una frontera necesaria
Agustina Pérez Céspedes subrayó que su trabajo se concentra en el aprendizaje de comportamientos, la construcción de hábitos y el desarrollo de proyectos personales o profesionales. “Una mentoría no es terapia, y yo no soy psicóloga”, remarcó. Por ese motivo, no realiza diagnósticos ni aborda cuadros clínicos. Cuando aparecen ansiedad intensa, síntomas depresivos, traumas no resueltos o un sufrimiento que altera de manera significativa la vida cotidiana, corresponde consultar a un profesional de la salud mental.
La distinción coincide con los criterios difundidos por la Organización Mundial de la Salud: el temor ocasional es una experiencia humana, pero la preocupación persistente puede requerir atención cuando provoca malestar y afecta el trabajo, los estudios, los vínculos o las actividades diarias. El primer paso, entonces, no consiste en asegurar un resultado perfecto. Puede ser algo más concreto: reconocer qué miedo está tomando la decisión, evaluar si existe un peligro real y buscar el acompañamiento adecuado.


