Jardín: pocos lo conocen y enamora: así es el árbol que resiste todo el año
Con flores fragantes parecidas al jazmín y una gran tolerancia al clima, el árbol de los siete hijos suma belleza incluso en meses fríos.
Este árbol es ideal para tener en el jardín de la casa.
Hay especies que se vuelven favoritas apenas alguien las ve por primera vez. El árbol de los siete hijos, Heptacodium miconioides, entra en esa categoría. No suele estar en la lista clásica de “imprescindibles”, pero quien lo incorpora al jardín rara vez se arrepiente.
Su punto fuerte es doble: una floración perfumada, con aire a jazmín, y un aspecto ornamental que no se apaga cuando llega el invierno. Originario de China, se lo aprecia por sus racimos florales y por la manera en que cambia de “vestuario” a lo largo del año, como si el jardín tuviera una escena nueva cada temporada.
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Una especie con perfume a jazmín
El nombre popular se explica por la forma de sus flores, que aparecen agrupadas. En verano y, sobre todo, hacia el final de la estación y el inicio del otoño, el árbol ofrece pequeñas corolas claras que llenan el aire de fragancia. Cuando esa flor cae, todavía queda un detalle que lo distingue: los cálices se vuelven rojizos y generan un contraste llamativo con el follaje. Además, su porte varía.
Puede crecer como arbusto grande y, con el tiempo, tomar forma de arbolito de copa redondeada, con altura cercana a los 7 metros si tiene espacio. A eso se suma una corteza que se despega en tiras y aporta textura visual.
La plantación suele dar mejores resultados en otoño o en primavera. Si el ejemplar viene en maceta, la ventana se amplía, siempre que el suelo no esté endurecido por heladas. Para elegir ubicación, la regla es simple: cuanta más luz, mejor floración. Tolera semisombra, pero el sol directo le sienta bien. En cuanto al terreno, no es una especie caprichosa, aunque agradece un sustrato con drenaje correcto y cierta humedad estable.
El hoyo conviene hacerlo amplio: aproximadamente el doble del tamaño del pan de raíces. Se coloca a la misma profundidad que traía en el contenedor, se rellena, se presiona apenas y se riega con generosidad para asentar la tierra.
Mantenimiento: riego, poda y multiplicación
Una de las virtudes de este árbol es que no exige una rutina complicada. Durante el primer año conviene regar con regularidad, en especial si el verano viene seco. Después, el riego puede espaciarse y limitarse a períodos de sequía prolongada. Para acompañar la floración, alcanza con sumar materia orgánica una vez al año, idealmente en primavera. La poda, en cambio, se maneja con prudencia: no hace falta “cortarlo” fuerte. Se retiran ramas secas, dañadas o mal orientadas, y se despeja el centro si está muy cerrado. Si se busca un solo tronco, se eliminan brotes bajos de forma gradual. La época más práctica para podar suele ser invierno o el inicio de la primavera.
En la reproducción, hay dos caminos. Por semillas, se recolectan en otoño cuando los frutos maduran y se siembran en sustrato liviano, con paciencia y buen drenaje. Por esquejes, el proceso suele ser más rápido y predecible: se cortan segmentos de 10 a 15 centímetros con nudos visibles en primavera o verano, se plantan en una mezcla húmeda (arena con turba funciona bien) y se mantiene un ambiente templado hasta que enraícen.
En cuanto a problemas, no es un árbol conflictivo. Puede recibir pulgones en brotes tiernos o cochinillas cuando el clima está muy seco. En general, se controlan con productos de bajo impacto como jabón potásico o aceite de neem. La alerta principal está en el exceso de agua: si el suelo no drena, las raíces pueden sufrir. Bien ubicado y con riego sensato, el árbol de los siete hijos se vuelve una apuesta segura: perfuma, decora y mantiene interés visual cuando otras especies ya se apagaron.


