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El barrio porteño con estilo europeo para disfrutar en verano

Con una historia intensa, este barrio porteño se convierte en una parada obligada para quienes visitan la ciudad durante el verano.

Este barrio esconde muchos tesoros para recorrer en verano. Foto: Archivo

Este barrio esconde muchos tesoros para recorrer en verano. Foto: Archivo

Argentina tiene numerosos barrios e incluso ciudades con grandes influencias europeas, pero uno en la Ciudad de Buenos Aires sorprende a los turistas que caminan por sus calles: San Telmo. Cada paso en este barrio tiene una impronta histórica y un marcado estilo. Un lugar especial para disfrutar en verano.

Las calles adoquinadas, faroles antiguos, hierro forjado, patios internos y edificios coloniales hacen que este barrio se convierta en un lugar ideal para recorres a pie. San Telmo tiene una influencia española e italiana que marcó el crecimiento porteño a fines del siglo XIX.

Uno de los puntos más fuertes de este lugar es la Plaza Dorrego, que se convierte en un epicentro de ferias y espectáculos callejeros, especialmente los fines de semana de verano. Allí, vecinos y turistas pueden disfrutar de antigüedades y shows de tango al aire libre. En esta época, San Telmo ofrece una experiencia distinta: cafeterías con mesas en la vereda, restaurantes con propuestas gastronómicas variadas y recorridos que invitan a descubrir murales, mercados y rincones con encanto europeo.

Calles de San Telmo
Las calles adoquinadas son un clásico de este barrio porteño. Foto: Archivo

Las calles adoquinadas son un clásico de este barrio porteño. Foto: Archivo

Historia de este barrio porteño

San Telmo es uno de los barrios más antiguos de Buenos Aires. Conocido en la época colonial como Altos de San Pedro, tuvo un fuerte origen portuario y fue clave en los primeros años de la ciudad. Por sus calles ingresaron los españoles y también se desarrollaron episodios centrales como las Invasiones Inglesas y los actos vinculados a la Independencia, que fue jurada en la actual Plaza Dorrego en 1816.

El gran quiebre en su historia llegó con la fiebre amarilla de 1871, que provocó el traslado de las familias más acomodadas hacia el norte porteño. Las antiguas casonas se transformaron en conventillos y el barrio adoptó un perfil más popular e inmigrante. Con el tiempo, la preservación patrimonial consolidó su identidad como parte esencial del casco histórico de la ciudad.