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Dónde se filmó Frankenstein: los escenarios reales del nuevo sueño oscuro de Guillermo del Toro

Entre Escocia, Europa del Este y varios rincones de Canadá, Guillermo del Toro y la diseñadora de producción armaron un recorrido de Frankenstein.

La escena de Frankenstein en el ártico fue filmada en un estudio de Toronto. 
La escena de Frankenstein en el ártico fue filmada en un estudio de Toronto.  Netflix

Cuando Guillermo del Toro decidió volver a levantar al monstruo más famoso de la literatura, tuvo claro que la historia de Víctor Frankenstein no podía contarse solo con efectos digitales. Quería que los personajes caminaran por pasillos reales, tocaran paredes frías y se enfrentaran a paisajes que existieran más allá de la pantalla verde.

Junto a la diseñadora de producción Tamera Deverell se embarcó en una especie de “viaje de campo” por medio mundo: leyeron otra vez la novela de Mary Shelley como si fuera una guía turística y salieron a buscar, en la vida real, esos lugares cargados de niebla, ciencia y culpa. El resultado es una película que funciona también como recorrido visual por museos, mansiones y territorios helados, disponible tanto en cines como en Netflix.

Un Ártico inventado entre Toronto y un lago helado

La historia arranca en un extremo del mundo: un barco atrapado en el hielo, un capitán desconcertado y un Víctor moribundo que empieza a contar su tragedia. Ese paisaje polar, que parece imposible de habitar, se construyó casi por completo en un estudio de Toronto. Deverell levantó la nave desde cero y diseñó alrededor una superficie helada inspirada en las expediciones fallidas del siglo XIX. Para lograrlo combinaron estructuras metálicas, capas de plexiglás, bloques de poliestireno tallados y una mezcla de cera, nieve artificial y nieve auténtica.

El barco se montó sobre un gigantesco sistema móvil para que la Criatura pudiera sacudirlo de verdad durante las escenas de tormenta. Algunas tomas exteriores sí se hicieron en locación, en un lago congelado al norte de Toronto. El equipo viajó en pleno invierno, pero el clima fue inusualmente cálido y la producción tuvo que estar midiendo el grosor del hielo todo el tiempo antes de entrar con grúas y equipos pesados. Había cierta tensión en el aire, pero en pantalla el lugar parece el corazón del Ártico.

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Mansiones británicas, museos y quirófanos imposibles

El hogar de la familia Frankenstein es, en realidad, un rompecabezas armado con varias casas señoriales de Reino Unido. Las cámaras recorren salones de Gosford House, Burghley House, Dunecht House y Wilton House, cada una aportando una parte del rompecabezas: escaleras monumentales, bibliotecas interminables, pisos de madera oscura, muros verdes, mármol y piedra.

En una de esas residencias privadas, la gran biblioteca estaba casi abandonada y se usaba para que los niños anduvieran en skate; el equipo la transformó por completo, restauró los pisos y construyó estanterías nuevas para convertirla en el corazón intelectual del joven Víctor. La presencia de la madre del protagonista se sugiere con un código de color: el rojo, que va siguiendo al personaje a lo largo de distintas habitaciones y camas.

Para las escenas médicas y los experimentos científicos, Deverell se obsesionó con encontrar un quirófano circular de época que pudiera funcionar como anfiteatro. Como no apareció nada que encajara a la perfección, terminó diseñando uno nuevo tomando elementos del antiguo ayuntamiento de Glasgow y de espacios anatómicos históricos, como el viejo quirófano de Londres o la escuela veterinaria de Berlín. El resultado es un set que parece salido de un archivo hospitalario del siglo XIX, pero que nació en pleno siglo XXI.

Edimburgo gótico, torres en Escocia y montañas canadienses

Una parte clave de la novela de Shelley se desarrolla en Edimburgo, y Del Toro no quiso perder esa conexión. El equipo filmó en plazas y callejones de la capital escocesa, como Parliament Square y varios pasajes estrechos de la Royal Mile, donde la piedra húmeda, los adoquines y la niebla aportan una atmósfera gótica casi sin necesidad de intervención. Mientras rodaban allí también aprovecharon para usar otros rincones de Escocia, como Hospitalfield House en Arbroath, que se convirtió en la casa de uno de los personajes, y diversas zonas de Glasgow y Aberdeen.

Para el laboratorio de Víctor, en cambio, tomaron como referencia una torre real: la Wallace Tower de Ayr. Esa silueta inspiró la gigantesca estructura que se construyó en estudios de Pinewood Toronto y en terrenos rurales cercanos, con una base levantada al aire libre y varios niveles interiores repartidos en diferentes sets. El diseño se organizó alrededor de formas circulares, un recurso que Del Toro repite en muchas de sus películas para encerrar a los personajes en un “ciclo” visual. En la torre hay vitrales redondos, depósitos de agua con motivos circulares y una composición que siempre encuadra a la Criatura en espacios cerrados, casi como si el decorado quisiera capturarlo. Para completar el entorno de la torre y recrear los Alpes de la historia original, la producción combinó valles de Escocia con paisajes de las Rocosas de Alberta, que luego se integraron digitalmente.

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Bosques, cobertizos y la naturaleza como refugio en Frankenstein

Cuando el experimento se descontrola y la Criatura logra escapar, la película cambia de tono y se vuelca sobre la naturaleza. Su salida del mar se rodó cerca de Edimburgo, pero el bosque retorcido donde se esconde no está en Europa, sino en una reserva natural de Canadá. Deverell quería árboles de formas extrañas, rocas, humedad y una sensación de refugio salvaje.

Terminó eligiendo un área protegida en Rockwood, donde la cámara sigue a este ser artificial que, paradójicamente, es el personaje más conectado con la tierra, el agua y los animales. El cobertizo en el que se guarece fue levantado meses antes del rodaje en una granja cercana a los estudios Kleinberg. Lo construyeron con materiales reales, usando tejas y masilla auténtica y muros de piedra moldeada que debían resistir el invierno. El paso del tiempo, el frío y la lluvia terminaron dándole a ese pequeño edificio un desgaste natural que habría sido imposible de imitar solo con pintura.

En el último momento, la diseñadora sumó un guiño al folclore europeo: una figura del Hombre Verde en el techo, un rostro cubierto de hojas que refuerza la idea de que la Criatura pertenece más al bosque que al laboratorio. Para colocar esa escultura hubo que convencer a los productores y pelear un presupuesto extra, pero para Deverell fue una de las decisiones más felices del rodaje.

En conjunto, todos estos espacios —reales, reconstruidos o mezclados digitalmente— convierten a Frankenstein en algo más que una nueva adaptación de un clásico. Del Toro y su equipo se tomaron el trabajo de caminar museos cerrados, subir a torres ventosas, medir hielo en lagos inestables y perderse en bosques lejanos para que cada escena respire historia, ciencia y miedo a partes iguales. El resultado es una película que, además de contar la tragedia de Víctor y su creación, invita al espectador a viajar por un mapa emocional y geográfico donde cada piedra, cada escalera y cada círculo de luz tienen algo que decir.