¿Creciste entre 1960 y 1970? El motivo psicológico por el que desarrollaste una mayor resiliencia
El enfoque psicológico explica cómo la infancia sin pantallas, la autonomía y el juego de los años 60 y 70 moldearon adultos más resilientes ante las crisis.
¿Creciste entre 1960 y 1970? El motivo psicológico por el que desarrollaste una mayor resiliencia
istockphoto¿Pensaste cómo cambió la infancia? Quienes corrieron por las calles en los 60 y 70 vivieron una realidad sin pantallas en los bolsillos ni redes sociales. Desde un punto de vista psicológico, esa aparente falta de tecnología y herramientas modernas fue, en realidad, un factor clave para que desarrollaran su salud mental.
En el ámbito sociológico se suele llamar a este grupo la Generación de Hierro, debido a su particular capacidad para surfear las crisis con una templanza que a las generaciones posteriores a veces nos cuesta conseguir. Aunque no existe un único estudio que los catalogue como "superiores", la ciencia explica que las dinámicas de crianza de aquellos años dejaron una huella muy positiva en su estructura emocional.
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La Generación de Hierro desarrolló mayor resiliencia: el motivo psicológico
Para entender esta fortaleza, hay que mirar atrás y analizar cómo funcionaba el día a día de aquellos chicos. En los 60 y 70, la supervisión de los padres era mucho más laxa y la calle era el principal escenario de aprendizaje. Los chicos salían a jugar después de la escuela con una sola regla implícita: "volvés a casa cuando se apague la luz de la calle".
Esa libertad, que hoy nos parecería impensada, obligaba a los niños a resolver problemas en tiempo real y sin intermediarios. Si había una sola pelota y diez chicos en la cuadra, tenían que armar reglas propias, discutir y ponerse de acuerdo para poder jugar. No había un adulto que interviniera para arbitrar las disputas, lo que los entrenaba desde temprano en el arte de la negociación constante y la empatía.
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Además, el entorno físico presentaba desafíos que hoy están sumamente regulados. Subirse a un árbol alto, andar en bicicleta sin casco o explorar un terreno baldío implicaba calcular el riesgo por cuenta propia y sufrir las consecuencias de los propios errores. Un raspón en la rodilla no era una tragedia familiar, sino una lección directa sobre los límites del propio cuerpo y la gravedad.
A esto se sumaba un factor clave que la tecnología actual ha casi erradicado: el valor de aburrirse. Sin estímulos digitales constantes ni notificaciones que reclamaran su atención, el aburrimiento era el motor de la creatividad. Inventar un juego entero con dos piedras y un palo entrenaba al cerebro para buscar soluciones ingeniosas y encontrar entretenimiento donde parecía no haber nada.
Diversas investigaciones sobre el desarrollo infantil respaldan que este entorno fortaleció la tolerancia a la frustración. Al verse expuestos a pequeñas esperas diarias como esperar al sábado para ver los dibujos animados o esperar semanas para que revelaran las fotos de las vacaciones, sus cerebros se acostumbraron a que las cosas toman tiempo y requieren paciencia.
La cultura de la gratificación eleva niveles de ansiedad
Hoy, la cultura de la gratificación instantánea nos acostumbró a tener todo al alcance de un clic, lo que eleva drásticamente los niveles de ansiedad cuando algo falla. En cambio, quienes se criaron con la paciencia como norma suelen reaccionar ante una crisis económica, un problema laboral o un revés emocional con una mentalidad más práctica, enfocada en el control y la resolución.
Esto no significa que el pasado haya sido perfecto ni que debamos criar a los chicos de hoy en un desamparo absoluto. Sin embargo, la psicología nos deja una lección valiosa: proteger a las infancias de cualquier mínimo esfuerzo o frustración les quita la oportunidad de fabricar sus propios anticuerpos emocionales, demostrando que la verdadera resiliencia se construye con autonomía, juego libre y un poco de barro en las rodillas.