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Violencia neonatal: la herida invisible del nacimiento

Prácticas medicalizadas y separaciones innecesarias marcan a bebés desde el primer minuto. Nombrar la violencia neonatal es urgente.

Un sistema de salud verdaderamente moderno es aquel que puede sostener la vida sin arrasar la experiencia.

Un sistema de salud verdaderamente moderno es aquel que puede sostener la vida sin arrasar la experiencia.

@noradalmasso_fotografia

Durante décadas, el nacimiento fue desplazado del terreno de la experiencia humana al de la productividad médica. Hoy, miles de bebés llegan al mundo atravesados por prácticas innecesarias, intervenciones rutinarias y separaciones evitables que dejan marcas profundas, aunque invisibles.

A esto se lo conoce como violencia neonatal: un fenómeno silencioso, naturalizado y raramente cuestionado. Muchas veces escuchamos hablar de la violencia obstétrica, pero nunca de la violencia que atraviesan los que no tienen voz: los bebés.

La violencia neonatal es silenciosa

Muchas veces susurra desde una incubadora injustificada, se esconde detrás de un protocolo o se escuda bajo la frase “siempre se hizo así”. Un sistema que organiza nacimientos como turnos. En muchos hospitales y clínicas, el nacimiento dejó de responder a los tiempos del cuerpo para adaptarse a los tiempos del sistema. Cesáreas programadas sin indicación médica, inducciones por conveniencia institucional, separación madre-bebé para “controles de rutina”, aspiraciones, sondas, punciones y luces intensas sobre un recién nacido sano.

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Hoy, miles de bebés llegan al mundo

Hoy, miles de bebés llegan al mundo

Todo ocurre rápido. Eficiente. Ordenado. ¿Qué costo pagamos por esto? Argentina —como muchos países de la región— presenta tasas de cesáreas que superan ampliamente las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. La OMS es clara: cuando las cesáreas superan el 15%, no disminuye la mortalidad materna ni neonatal. Sin embargo, en el sector privado, los porcentajes llegan a duplicar —o triplicar— ese número.

¿Estamos priorizando la salud o la agenda?

El bebé no es un objeto clínico. Desde la neurociencia sabemos que el nacimiento es una experiencia fundante. El sistema nervioso del recién nacido está inmaduro, abierto, profundamente sensible al entorno. El contacto piel con piel, la voz materna, el olor conocido y la regulación emocional que ofrece el cuerpo de quien gesta no son detalles románticos: son necesidades biológicas.

Separar a un bebé sano de su madre sin causa médica real activa respuestas de estrés. Aumenta el cortisol, se altera la regulación térmica y cardíaca, se interfiere con la lactancia y se graba una primera experiencia de mundo marcada por la desconexión. La violencia neonatal no siempre deja cicatrices visibles. Deja huellas en la forma en que ese sistema nervioso aprende —desde el primer minuto— si el mundo es un lugar seguro o amenazante.

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El bebé no es un objeto clínico.

El bebé no es un objeto clínico.

Cuando la violencia está normalizada

Uno de los rasgos más preocupantes de la violencia neonatal es su normalización. Muchas familias no saben que pueden pedir explicaciones, consentir o rechazar prácticas. Muchas madres sienten que “no tienen opción” o que cuestionar implica poner en riesgo a su bebé. El desequilibrio de poder es evidente: una mujer pariendo, vulnerable, atravesada por el dolor y el miedo, frente a una institución que decide por ella. Profesionales formados para intervenir, no para acompañar. Protocolos que priorizan la estadística por sobre la singularidad. Un modelo que trata al nacimiento como un evento médico de riesgo, incluso cuando todo indica que es fisiológico.

¿Y después qué? Las consecuencias no terminan en la sala de partos. Madres con partos traumáticos presentan mayores tasas de depresión posparto, dificultades en el vínculo temprano y sensación de culpa o fracaso. Bebés que inician su vida con sobreestimulación, dolor y desconexión cargan un estrés que no puede narrarse, pero sí expresarse más adelante. Problemas de regulación, llanto inconsolable, dificultades de sueño, hipersensibilidad. Son casi nulos los abordajes médicos que enlazan estos conflictos con la forma de nacer.

Humanizar no es romantizar ni desmerecer la ciencia cuando es necesaria:

  • Hablar de violencia neonatal no es negar los avances de la medicina ni demonizar a los profesionales de la salud. Es, precisamente, pedir más ciencia y menos automatismo.
  • Humanizar el nacimiento no es volver al pasado. Es integrar evidencia científica, derechos humanos y perspectiva emocional. Es comprender que no todo lo técnicamente posible es humanamente deseable ni debería serlo.
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Humanizar el nacimiento no es volver al pasado.

Humanizar el nacimiento no es volver al pasado.

Un sistema de salud verdaderamente moderno es aquel que puede sostener la vida sin arrasar la experiencia. Nombrar la violencia neonatal es abrir una conversación incómoda, pero necesaria. Es devolverle al nacimiento su dimensión humana, vincular y política. Porque la forma en que nacemos no es un detalle: es el primer mensaje que un ser humano recibe de cómo es el mundo y cómo merece ser tratado.

Y hoy, ese mensaje merece ser revisado.

* Brenda Tróccoli. Coach ontológico. Especialista en crianza y familias. Puericultora.

IG: @brendatroccoli