Vida privada: cuando el analista abandona el diván y se convierte en detective
La película de Rebecca Zlotowski explora los límites del psicoanálisis cuando una analista investiga la muerte de una paciente.
Escuchar no significa comprender, mucho menos saber de antemano qué quiere decir el otro
Archivo MDZHay algo inquietante en un analista que comienza a investigar a su paciente cuando ya no puede escucharla. Ese es uno de los puntos de partida de Vida privada, la película de Rebecca Zlotowski protagonizada por Jodie Foster y que puede verse por HBO. Lilian Steiner es una psicoanalista estadounidense instalada en París. Una de sus pacientes, Paula, muere en circunstancias que inicialmente hacen pensar en un suicidio. Pero Lilian sospecha. Algo no cierra. ¿Y si no se hubiera suicidado? ¿Y si alguien la hubiera matado?
Entonces comienza a investigar
Y en ese movimiento aparentemente sencillo se produce el verdadero acontecimiento de la película: la analista abandona el lugar desde el cual escuchaba y entra en la escena de su paciente. Busca indicios, interroga, reconstruye episodios, relaciona acontecimientos. Quiere saber. Como si aquello que no pudo descubrir durante las sesiones pudiera finalmente revelarse siguiendo las huellas dejadas por una muerta. La paradoja es formidable: Lilian comienza a escuchar a Paula cuando Paula ya no puede hablar. El psicoanálisis conoce desde sus comienzos esta dificultad. Escuchar no significa comprender. Mucho menos saber de antemano qué quiere decir el otro. Freud descubrió que detrás de aquello que alguien dice existe otra escena que se manifiesta en sueños, síntomas, olvidos, lapsus y actos aparentemente incomprensibles.
Lacan llevó esta cuestión todavía más lejos al distinguir dos formas del acto que suelen confundirse: el acting out y el pasaje al acto. El acting out es una mostración. Algo que no logra decirse aparece en la escena para ser visto. No es simplemente una conducta impulsiva o extravagante: conserva la estructura de un mensaje. Hay alguien a quien se muestra algo. Hay todavía un Otro al que esa acción parece dirigirse. Por eso, ante determinados actos, la pregunta analítica no debería ser solamente “¿por qué hizo esto?”, sino otra bastante más incómoda: “¿a quién se lo está mostrando?”. Vida privada introduce aquí su interrogante más perturbador: ¿qué ocurre cuando aquello que se muestra no encuentra a quien pueda leerlo? Después de la muerte de Paula, palabras, silencios y detalles de las sesiones regresan para Lilian cargados de una significación diferente. Lo insignificante se convierte en pista. La analista reconstruye retrospectivamente aquello que acaso estuvo delante de ella desde el comienzo.
Paula ya no está para asociar sobre esos recuerdos
Es Lilian quien empieza a hacerlo por ella. Allí comienza el peligro. Porque interpretar no consiste en completar la historia del paciente ni en descubrir una verdad escondida detrás de sus palabras. El analista no es Sherlock Holmes. Su tarea no consiste en encontrar al culpable ni en reunir indicios hasta obtener una explicación definitiva. Existe además otra modalidad del acto. El pasaje al acto. Si en el acting out alguien permanece en escena mostrando algo, en el pasaje al acto ocurre un movimiento radicalmente diferente: el sujeto sale de la escena. Ya no se trata principalmente de producir algo para que otro pueda leerlo. Se produce una ruptura con las coordenadas simbólicas que hasta entonces sostenían al sujeto.
Por eso resulta apresurado convertir automáticamente un suicidio o una tentativa de suicidio en un “pasaje al acto”. Cada situación exige establecer qué función tuvo ese acto para ese sujeto. Y Vida privada vuelve todavía más interesante el problema porque justamente pone en duda la naturaleza misma de la muerte de Paula. Pero hay un tercer personaje en esta historia. No es Paula. Tampoco su supuesto asesino. Es la propia Lilian. La muerte de su paciente la afecta. La inquieta, la angustia, la hace dudar de sí misma. Y aquí aparece uno de los problemas más delicados de la práctica analítica: la contratransferencia.
Un analista no deja sus emociones colgadas junto al abrigo antes de entrar al consultorio. Siente simpatía, rechazo, aburrimiento, fascinación, irritación, ternura. Pretender lo contrario convertiría al psicoanalista en una caricatura de neutralidad. La dificultad comienza en otro lugar: cuando supone que aquello que siente frente al paciente constituye una vía privilegiada para conocer la verdad de ese paciente. Freud advirtió tempranamente acerca de este problema. Más tarde, algunas corrientes psicoanalíticas consideraron la contratransferencia como un instrumento clínico capaz de proporcionar información sobre lo que ocurre en la sesión. Lacan fue mucho más desconfiado frente a esa posibilidad. Porque existe una diferencia decisiva entre preguntarse qué lugar nos hace ocupar un paciente en la transferencia y creer que nuestros sentimientos nos revelan quién es verdaderamente ese paciente.
Lilian cruza progresivamente esa frontera
Ya no le alcanza con escuchar. Necesita saber. Y cuando no soporta ese agujero en el saber, sale a buscar la respuesta fuera del consultorio. Investiga. Interroga. Persigue indicios. La detective sustituye a la analista. Tal vez allí se encuentre el verdadero suspenso de Vida privada. La intriga no consiste solamente en averiguar cómo murió Paula. Hay otra pregunta, silenciosa y mucho más cercana al psicoanálisis: ¿qué le ocurre a un analista cuando deja de soportar no saber? Porque una de las posiciones más difíciles de nuestra práctica consiste precisamente en sostener ese no saber. El paciente suele llegar suponiendo que el analista conoce la respuesta. Qué debe hacer. Por qué sufre. Por qué vuelve a enamorarse de quien lo hace sufrir. Por qué repite aquello que juró no repetir. La transferencia instala esa suposición de saber. El problema comienza cuando el analista se la cree. Vida privada consigue así enlazar tres problemas que inicialmente parecen separados. En el acting out, algo se muestra porque no alcanza a decirse. En el pasaje al acto, el sujeto puede precipitarse fuera de la escena. En la contratransferencia aparece otro riesgo: que sea el analista quien abandone su posición y entre en ella. No se trata entonces de que un analista no deba sentir. Se trata de algo bastante más exigente: no confundir aquello que siente frente al otro con la verdad del otro.
Lilian cree investigar qué ocurrió con Paula
Sin embargo, mientras avanza en su pesquisa, otra investigación parece abrirse silenciosamente debajo de la primera. Ya no se trata solamente de saber qué sucedió con su paciente. Se trata de saber qué sucedió entre su paciente y ella. Quizás allí Vida privada deja de ser simplemente un thriller y se convierte en una inquietante película sobre el psicoanálisis. Porque a veces el acontecimiento decisivo no ocurre cuando el paciente abandona el diván. Ocurre cuando el analista abandona su lugar.
(¨*) Carlos-Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.
Celebro el análisis de los films presentando el próximo martes 22 de septiembre en Clásica y Moderna, mi libro 24 fotogramas por segundo: Psicoanálisis y Cine. Están invitados a las 19.30 en Callao 892 (Callao y Paraguay) CABA. Estarán presentes en nuestro brindis, el psicoanalista César Mazza y el músico Ciro Gamallo.