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Viajar: un camino hacia la curiosidad, la humildad y la mirada más amplia del mundo

Explorar otros lugares, historias y personas nos enseña a mirar más allá de nosotros mismos y a comprender la vida con mayor amplitud.

Alejarnos del ensimismamiento, de la rutina, de las costumbres y de quienes piensan igual que nosotros genera aprendizaje, humildad, perspectiva, curiosidad y fraternidad. 

Alejarnos del ensimismamiento, de la rutina, de las costumbres y de quienes piensan igual que nosotros genera aprendizaje, humildad, perspectiva, curiosidad y fraternidad. 

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Viajar es una de las experiencias más transformadoras que existen. Salir más allá del camino conocido y aventurarse a explorar otros lugares, culturas o formas de pensar conlleva beneficios que difícilmente podemos desaprovechar, especialmente en tiempos marcados por la polarización y las certezas absolutas.

Alejarnos del ensimismamiento, de la rutina, de las costumbres y de quienes piensan igual que nosotros genera aprendizaje, humildad, perspectiva, curiosidad y fraternidad. Viajamos no sólo cuando tomamos un avión o cruzamos una frontera. También viajamos cuando leemos un libro, escuchamos una historia distinta a la nuestra, contemplamos una obra de arte o nos abrimos a una experiencia espiritual. Cada vez que ampliamos nuestra mirada, comenzamos un viaje.

Cuando nos trasladamos físicamente a otro lugar, nuestros sentidos despiertan. Los aromas, colores, paisajes, idiomas, comidas, ritos, horarios e incluso las normas de convivencia interpelan nuestra manera habitual de comprender la realidad. El cerebro entra en un estado de atención y asombro que rara vez experimenta en la rutina cotidiana. Esta cascada de novedades refresca el espíritu, alivia tensiones y nos permite valorar con mayor claridad tanto las fortalezas como las carencias de nuestra propia vida.

VIAJAR
Viajar es una de las experiencias más transformadoras que existen.

Viajar es una de las experiencias más transformadoras que existen.

Viajar siempre es una experiencia

Basta sentarse en una plaza de un pueblo desconocido, escuchar un idioma que no comprendemos o compartir una mesa con personas que han vivido historias completamente distintas para descubrir cuánto nos queda por aprender. Contemplar y tocar los muros fríos de un castillo medieval, por ejemplo, no sólo nos permite imaginar las innumerables historias que allí transcurrieron, sino también tomar conciencia de la enorme cantidad de esfuerzo humano invertido en lo que hoy muchas veces son apenas ruinas de piedra y refugio de aves. El viaje nos conecta simultáneamente con la belleza, la fragilidad y la permanencia del paso humano por la historia.

También existen profundos beneficios intelectuales. Al viajar descubrimos que muchas de las cosas que considerábamos obvias son simplemente costumbres locales. Lo normal deja de ser universal. Aprendemos palabras, historias, sabores, heridas y alegrías desconocidas. Todo ello se entrelaza con lo que ya sabemos y transforma silenciosamente nuestra manera de comprender el mundo. Poco a poco dejamos de sentirnos el centro de todo y desarrollamos una mirada más amplia, flexible y comprensiva.

Sin embargo, es en el plano espiritual donde el viaje despliega su mayor fecundidad. La inmensidad del mundo y la extraordinaria diversidad humana nos recuerdan nuestra pequeñez. Descubrimos que somos apenas una pequeña parte de una historia mucho más grande que nosotros. El viaje también nos recuerda el paso del tiempo, la fragilidad de la vida y el privilegio de formar parte de una humanidad que nos antecede y nos sobrevivirá. Lo que permanece finalmente no son nuestras posesiones ni nuestros éxitos, sino la huella que dejamos en los demás.

FAMILIA
Al viajar descubrimos que muchas de las cosas que considerábamos obvias son simplemente costumbres locales.

Al viajar descubrimos que muchas de las cosas que considerábamos obvias son simplemente costumbres locales.

El viaje despliega su mayor fecundidad

Por eso creo que es urgente viajar. Y cuando no sea posible hacerlo geográficamente, al menos viajar hacia el corazón de quienes viven a nuestro lado. Necesitamos salir de la prisión del ego y de la tentación de creernos dueños de la verdad. El mundo es complejo, y precisamente allí radica buena parte de su belleza. Cada persona es un universo irrepetible, imposible de reducir a una etiqueta o a un juicio apresurado. Nuestra propia supervivencia depende de la capacidad de complementarnos y enriquecernos mutuamente.

Quizás uno de los grandes males de nuestro tiempo sea la dificultad para salir de nosotros mismos. La polarización se alimenta de personas que han dejado de viajar hacia la experiencia del otro. Sólo podremos sanar esa fractura si aprendemos nuevamente a escuchar, a contemplar y a maravillarnos. Viajar, en el fondo, es un acto de humildad. Es reconocer que siempre hay algo que ignoramos, algo que otro puede enseñarnos y un horizonte más amplio que nuestra propia mirada. Tal vez por eso Dios suele esperarnos justamente allí: un poco más allá de nuestras fronteras.

* Trini Ried Goycoolea. Periodista y escritora, especialista en vínculos.