Un prisionero de guerra ateo y el sentido de la Navidad
Más allá del ajetreo, la Navidad nos invita a contemplar el misterio de un Dios hecho niño, para redescubrir el amor y la humildad que transforman.
Que seamos felices en esta Navidad.
Archivo MDZLos feriados tienen el sentido de cortar la rutina y darnos espacio para frenar, salir de las exigencias y permitirnos contemplar algo: la heroicidad de una persona que se entregó a una causa justa, la entrega de personas que pusieron un ideal común por encima de su seguridad individual, o algún evento que cambió la historia nacional o mundial. Y probablemente nos acerquemos al evento que responde más paradigmáticamente a todas las descripciones anteriores: la Navidad.
El problema es que los feriados ya no logran lo que se proponían
Las fechas se mueven del día que queremos contemplar, y en general son días que nos encuentran en otras rutinas igualmente frenéticas. Armando valijas, atrapados dentro de pequeñas multitudes en actividades que todos pensamos hacer o lugares que todos pensamos en visitar en el mismo momento. Distraídos, calculando costos, el hecho de tener un feriado muchas veces termina tapando el por qué tenemos un feriado (¿San Martín o Belgrano? ¿Güemes dice? ¿natalicio o muerte?). Hemos invertido los términos: en realidad se trata de hechos tan relevantes que merecería que pensemos en ellos ese día, aun cuando estuviésemos trabajando; y nosotros no pensamos en ellos, ni siquiera cuando dejamos de trabajar para poder hacerlo. Y, de nuevo, probablemente ninguna fecha responda a esa necesidad de reenfocar como la Navidad.
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Es cierto que la fecha viene envuelta en un aura de buenos deseos, de encuentros familiares y gestos de afecto. Pero el riesgo es que el bosque nos tape el árbol: que los preparativos para esa cena especial nos quiten la paz, que el tiempo y la energía invertida para conseguir los regalos nos terminen dejando exhaustos y que esos deseos que hacemos por igual a hermanos, sobrinos o clientes del negocio, en el fondo no deseen nada específico.
Por qué la Navidad es relevante para nosotros hoy
No es que lo pensemos así, pero creo que cuando decimos “feliz año nuevo”, lo que queremos decirle al otro es que, en este año que empieza, le deseamos que sea feliz. Que le vaya bien en sus cosas, que no tenga grandes problemas. Creo que “feliz Navidad” tiene un sentido diferente, mucho más intensivo. “Sé feliz, ahora, en esta noche, porque hace 2026 años Dios se hizo hombre”. La buena noticia ya ocurrió, y se prolonga con tal fuerza que su felicidad nos alcanza en esta noche.
Ludwig Feuerbach, un filósofo del siglo XIX, decía que la idea de Dios es en realidad una construcción donde los hombres proyectamos todas nuestras aspiraciones, deseos y cualidades (la potencia, la inteligencia, la previsión…) para desahogarnos; “Dios es para el hombre el contenido de sus sensaciones e ideas más sublimes”, una imagen idealizada del propio hombre. Pero es raro entonces, rarísimo, que ubiquemos a ese Dios en uno de los relatos centrales del Cristianismo como un bebé, nacido en la mugre de un establo, en una ciudad menor dentro de un pueblo satélite, casi despreciado, en los confines del Imperio de su tiempo. No recuerdo relatos religiosos donde la divinidad se humille. Quizás en los mitos griegos podamos encontrar dioses que fueron engañados o que perdieron batallas pero ¿Qué tomen la decisión de abajarse? ¿de hacerse nada? Casi menos que nada. Pensaba Santo Tomás de Aquino que hay mayor distancia de Dios a criatura que de una criatura a la nada. Felices nosotros, entonces, porque en la Navidad Dios atravesó esa distancia. Porque en su plan de Salvación, que podría haberse dado de muchísimas maneras, Él quiso que empezara en el vientre de una mujer, siguiera envuelto en sábanas en un estado de total vulnerabilidad en Belén de Judea, y desde ahí se desplegara a todo el mundo.
“El verbo se hizo carne” dice San Juan en el principio de su Evangelio. ¡Carne! Un escándalo. Hubo dos herejías de los primeros tiempos del cristianismo que no podían concebirlo: unos pensaban que Dios no se había hecho carne verdaderamente, sino que era una apariencia, como un holograma. Dios no puede haber sufrido; otros decían que, si era carne, no podía ser Dios. Podía ser alguien a quién Dios hubiese adoptado, alguien en quien su presencia se manifestara especialmente, la mejor criatura de todas, pero ¿Dios mismo? De ninguna manera. Y todo esto entre quienes de alguna manera creían en Jesús.
Pero esto, que pensado en profundidad tiene esa capacidad de escándalo, ya no nos asombra. No lo discutimos, pero porque no pensamos en ello. Por eso, propongo aprovechar este feriado para entrar al pesebre con la imaginación. Asomarnos a la escena, sin el romanticismo de las escenas escolares, y contemplar hasta qué punto Dios debe amarnos si fue capaz de ponerse en esa situación. Y quizás una de las personas que mejor logró asomarse a ese momento y puede ayudarnos fue uno de los más insignes filósofos ateos: Jean Paul Sartre.
En 1940, Sartre era prisionero de guerra de los alemanes
Allí, decidió hacer una obra de teatro (su primera obra de teatro) para presentar en Navidad al resto de los presos. Y así escribe “Barioná, hijo del trueno”, obra de la que siempre renegó y en la que el personaje principal es un jefe judío desesperado por la humillación constante a la que son sometidos por los romanos. En ese contexto, le llega la noticia del nacimiento de alguien que se dice que es el Mesías. Escéptico y hostil, decide matar al niño para evitar falsas esperanzas. Pero lo que encuentra cuando llega al pesebre lo convierte, le transforma el corazón; al contemplar esta imagen que transcribo, entiende el Misterio de la Encarnación:
«La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que pintar en su rostro es un asombro ansioso que solo ha aparecido una vez en un rostro humano. Porque Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Lo ha llevado nueve meses y le dará su pecho, y su leche se convertirá en la sangre de Dios. Y en ciertos momentos la tentación es tan fuerte que olvida que es Dios. Lo aprieta contra su corazón y dice: “¡Mi pequeño!”. Pero en otros momentos se queda sin aliento y piensa: “¡Dios está ahí!” Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Porque todas las madres se detienen así en ciertos momentos ante este fragmento rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten en exilio ante esta nueva vida que se ha hecho con su vida y que está habitada por pensamientos extraños.
Pero ninguna mujer ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede tomar en brazos y cubrir de besos, un Dios calentito que sonríe y respira, un Dios al que se puede tocar y que vive. Y es en uno de esos momentos cuando yo pintaría a María, si fuera pintor, e intentaría captar el aire de tierna audacia y timidez con que adelanta el dedo para tocar la dulce piel pequeña de este niño-Dios, cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe”.
Ojalá en el ajetreo de estos días logremos asomarnos a esta imagen y que su fuerza también quede marcada en nosotros. Que seamos felices en esta Navidad.
* Pablo Benegas es filósofo, profesor de postgrado en la Universidad Torcuato Di Tella y consultor en Ingouville, Nelson & Asociados.




