Teatro y poder en "La vis cómica": cuando el arte empieza a negociar
La vis cómica, una obra de teatro sobre el poder, se destaca por su narrativa desde la perspectiva de un perro, ofreciendo una mirada libre sobre los artistas.
"La vis cómica" se presenta en el teatro Berlín Berlín
Prensa "La vis"Hablar de teatro y de La vis cómica suele llevar a destacar la precisión de la dramaturgia, la excelencia de sus actuaciones o la inteligencia de su puesta. Todo eso es cierto. Sin embargo, la mayor virtud de la obra aparece en otro lugar: consigue que una historia ambientada en Buenos Aires en los tiempos del Virreinato del Río de la Plata. termine hablando, con una vigencia sorprendente, de la fragilidad del artista frente al poder.
La Vis Cómica y el Poder en el Virreinato
La acción transcurre en una Buenos Aires embarrada, todavía sin teatro estable, donde una modesta compañía española de actores de la legua intenta abrirse camino antes de continuar viaje hacia Paraguay. No encuentra un corral de comedias, tampoco un público dispuesto a recibirla ni autoridades interesadas en proteger el arte. Apenas una ciudad atravesada por el contrabando, las disputas políticas y las jerarquías de un Cabildo que decide quién merece un escenario y quién debe permanecer en los márgenes. Sobre esa geografía áspera se mueve la compañía encabezada por Angulo, un director acostumbrado a imponer su voluntad; un dramaturgo condenado a escribir sin reconocimiento; una actriz que resiste los maltratos con una dignidad silenciosa y un perro que, lejos de limitarse a acompañarlos, termina narrando la historia.
Esa elección modifica por completo el punto de vista de la obra. En lugar de observar a los poderosos desde abajo, el relato prefiere seguir a quienes sobreviven alrededor de ellos. El texto recupera personajes y universos de Cervantes con una naturalidad admirable. Toma a Berganza de El coloquio de los perros y recoge del Quijote a esa compañía itinerante que convierte el teatro en una forma de supervivencia. Pero esas alusiones nunca son un ejercicio de erudición. Funcionan como la base de una historia profundamente contemporánea, donde la tensión entre el arte y el poder atraviesa cada escena sin necesidad de subrayados.
La complejidad de los personajes
Una obra de estas características podría caer fácilmente en la tentación del lucimiento individual. La vis cómica elige exactamente el camino contrario. Su mayor acierto consiste en construir un elenco donde nadie rompe el equilibrio y donde cada personaje resulta indispensable para que la maquinaria dramática funcione. Horacio Roca compone un Angulo inquietante precisamente porque evita convertirlo en un villano evidente. Su director de compañía es autoritario, manipulador y capaz de subordinar a quienes dependen de él, pero nunca pierde humanidad. Esa complejidad vuelve más incómoda cada una de sus decisiones y evita cualquier simplificación moral. Luis Campos encuentra en Isidoro Salazar un registro contenido y profundamente melancólico. Su dramaturgo parece haber naturalizado el lugar secundario que ocupa dentro de la compañía. Es un creador cuya escritura sostiene el espectáculo, aunque rara vez obtiene el reconocimiento que merece. En ese silencio hay una de las interpretaciones más delicadas de la obra. Stella Galazzi construye una Doña Toña que nunca queda reducida al papel de víctima. Su personaje transita el dolor, la dependencia y la humillación sin perder ironía ni inteligencia. Allí aparece una dimensión menos visible del poder: aquella que se ejerce sobre los cuerpos, los afectos y las relaciones cotidianas mucho antes de llegar a las instituciones. Y después está Berganza. Interpretado de una forma maravillosa por Eduardo Cutuli.
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Sería fácil afirmar que el perro es el protagonista de La vis cómica. En realidad, la obra propone algo mucho más interesante. Berganza no ocupa el centro de la acción. No decide el destino de la compañía ni mueve los grandes conflictos. Su tarea consiste en mirar. Mientras los demás personajes discuten, negocian, ambicionan o fracasan, él observa. Comenta. Se burla. Interpela al público. Rompe la cuarta pared y acompaña cada escena sin quedar atrapado por las mismas reglas que gobiernan a los humanos. Esa libertad convierte su mirada en el verdadero eje moral de la obra.
La Libertad de la Mirada
Allí reside la gran inteligencia de esta dramaturgia. La historia no enfrenta simplemente a artistas y gobernantes. Enfrenta dos maneras de habitar el mundo. La de quienes aceptan ceder parte de sí para conservar un lugar y la de quien puede contarlo todo porque no necesita participar de esa disputa. Berganza no tiene poder, pero posee algo más valioso: independencia. Quizá por eso La vis cómica continúa resonando con tanta fuerza varios años después de su estreno. Porque habla del Virreinato, pero también de cualquier época donde el arte deba convivir con estructuras capaces de premiar la obediencia y castigar la libertad. Y porque recuerda, con una ironía profunda, que a veces quien mejor comprende las miserias humanas no es el héroe, ni el director, ni el escritor. Es simplemente quien permanece a un costado mirando cómo los demás representan su papel.
No sorprende que una obra de semejante precisión haya sido reconocida con cuatro premios ACE, entre ellos a Mejor Autor Argentino, Mejor Actor en Comedia, Mejor Actriz en Comedia y Mejor Diseño de Iluminación. Más allá de los galardones, su mayor mérito es otro: lograr que una historia sobre una pequeña compañía de actores termine convirtiéndose en una reflexión universal sobre el teatro, el poder y la dignidad de quienes siguen creando incluso cuando el escenario parece pertenecer siempre a otros. Pero hay un mérito que atraviesa toda la función y que suele pasar inadvertido cuando se analizan sus capas de lectura. La vis cómica hace reír. Y eso, en el teatro, nunca debería darse por descontado. La comicidad aquí no funciona como un alivio frente al conflicto, sino como la herramienta que lo vuelve más punzante. Cada carcajada desnuda una nueva contradicción, cada escena humorística deja al descubierto un mecanismo de poder y cada remate acerca al espectador a una verdad incómoda. Ahora donde pareciera que muchas obras se obsesionan por demostrar su profundidad, La vis cómica recuerda que una de las formas más inteligentes de pensar el mundo sigue siendo la risa. Porque hacer reír ya es una de las tareas más difíciles del teatro. Hacerlo, además, con una dramaturgia de esta riqueza, un elenco de semejante precisión y una historia que continúa resonando mucho después del aplauso final, convierte a esta obra en una de esas excepciones que recuerdan por qué el teatro sigue siendo un acontecimiento irreemplazable.


