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Soppelsa y casi un siglo de helado que también cuenta la historia de Mendoza

Desde la inmigración italiana hasta hoy, Soppelsa construyó casi 100 años de helado y memoria colectiva en Mendoza.

Luis Soppelsa cuenta que a punto de cumplir 100 años, la marca sigue apostando al helado artesanal y al legado familiar en la provincia.

Luis Soppelsa cuenta que a punto de cumplir 100 años, la marca sigue apostando al helado artesanal y al legado familiar en la provincia.

Rodrigo D'Angelo / MDZ

Soppelsa no es solo una heladería. Es un apellido que se repite en la memoria afectiva de Mendoza desde hace casi 100 años, ligado al paseo, a la familia, al verano y a una forma de trabajar que se sostiene a fuerza de constancia y tradición. Su historia comienza mucho antes de los locales y las vitrinas: arranca con inmigrantes italianos que cruzaron el océano buscando futuro.

“Nuestra trayectoria acá en Argentina empieza con mi abuelo Güerino y Pedro, el hermano de él”, contó a MDZ Luis Soppelsa, uno de los referentes actuales de la firma. Aquella llegada se dio primero en San Juan y luego en Mendoza, alrededor de 1927.

El Helado no fue un aprendizaje improvisado. Venía de Europa, de una cultura ligada a la nieve, a la montaña y a los Alpes italianos. “El helado es una cultura de alimento que se generaba en zonas donde había nieve”, explicó Luis, y remonta su origen a siglos atrás, en el pequeño pueblo de Forno di Zoldo, en Veneto, al Norte de Italia.

De Italia a Mendoza, con el helado como oficio

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Forno di Zoldo sigue presente en la memoria y en el día a día de Soppelsa, recordando sus comienzos y su camino.

Forno di Zoldo sigue presente en la memoria y en el día a día de Soppelsa, recordando sus comienzos y su camino.

Güerino Soppelsa aprendió el oficio desde chico y lo ejerció incluso antes de llegar a la Argentina. Vendía helado de manera artesanal, con nieve, frutas y sal gruesa para conservar las barras de hielo. En una de esas escenas que hoy parecen de fábula, llegó a venderle helado a un rey. “Había pasado el carruaje del rey y se bajaron a buscarle un helado”, recordó Luis con orgullo.

La Primera Guerra Mundial fue un quiebre. Haber pasado por ese horror llevó a la familia a decidir no volver a Europa y apostar por América. Mendoza apareció como tierra de oportunidades, con menos competencia y una ciudad que crecía a paso firme.

Los primeros locales surgieron cerca de la iglesia San Francisco y luego en puntos estratégicos del centro. Con el tiempo, los carritos de helado se volvieron parte del paisaje urbano como el icónico del Parque General San Martín. “Son parte de la historia moderna de Mendoza”, dijo Luis, mientras mostraba fotos de su familia en la provincia.

Años más tarde, Soppelsa se instaló en el histórico edificio de Emilio Civit, uno de los símbolos de la marca y de la Ciudad de Mendoza. Además Luis recorre día a día la fábrica de calle San Martín Sur donde hoy se crean y distribuyen todos los productos de la marca.

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Con recetas que casi no cambiaron y una fuerte raíz familiar, Soppelsa esta a punto de llegar a sus 100 años de historia.

Con recetas que casi no cambiaron y una fuerte raíz familiar, Soppelsa esta a punto de llegar a sus 100 años de historia.

Según relata Luis, no fue fácil competir. Otros heladeros ya tenían clientela formada y experiencia. Pero la apuesta fue clara: mejorar la calidad y sostenerla en el tiempo. “En ese entonces se mejoró mucho la calidad, para que la marca ganara su clientela y así hemos vivido muchos años”, resumió Luis.

Una familia, una empresa y muchas etapas

Soppelsa siempre fue una empresa familiar, con todo lo que eso implica. Hermanos, primos, decisiones compartidas, conflictos, separaciones y continuidades. “Nos hemos mantenido unidos en la actividad, familiarmente y trabajando, cosa que no es fácil porque no todos pensamos lo mismo. Sin embargo, hemos logrado mantener esa alianza que ha durado hasta ahora”, relató Luis.

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La marca acompañó el crecimiento de Mendoza y convirtió el helado en parte de su cultura urbana.

La marca acompañó el crecimiento de Mendoza y convirtió el helado en parte de su cultura urbana.

Con el paso del tiempo, cada rama familiar tomó su rumbo. Algunos locales quedaron en manos de distintos integrantes y otros Soppelsa siguieron el camino en provincias como San Juan o Córdoba. Algunos crecieron mucho y otros desaparecieron. “Nosotros duramos”, dijo Luis, sin grandilocuencias.

Hoy la empresa atraviesa el desafío de la cuarta generación. Muchos de los hijos eligieron otros caminos profesionales, ligados a ámbitos diametralmente distintos al helado. El interrogante ya no es solo producir helado, sino cómo transmitir un legado.

Tradición, trabajo y mirar hacia adelante

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Luis conoce cada detalle de la historia como cada proceso de elaboración. Ambas partes han llevado a Soppelsa a ser lo que es hoy.

Luis conoce cada detalle de la historia como cada proceso de elaboración. Ambas partes han llevado a Soppelsa a ser lo que es hoy.

Luis habla del helado como una escuela de vida. “Ha sido prácticamente la mitad de mi vida dedicada acá adentro”, confesó. Y cuando piensa en su abuelo y en su padre, hay un valor que aparece por encima de todo: la honestidad. “Ese principio es la clave”, afirmó.

La fábrica mantiene procesos artesanales, recetas que cambiaron poco y una lógica de producción lenta, lejos de la industria masiva. “La calidad de lo que hacemos no difiere de lo que hacía mi abuelo”, aseguró. Para Soppelsa, el helado sigue siendo naturaleza, tiempo y elección de buenos insumos.

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Hoy Soppelsa busca sostenerse en un mercado que cada vez tiene más competencia.

Hoy Soppelsa busca sostenerse en un mercado que cada vez tiene más competencia.

En un mundo acelerado, la marca apuesta a resistir sin perder identidad. “Nosotros llevamos 100 años y no hemos sido nunca muy grandes”, reflexionó Luis. “Pero hemos conservado la filosofía de que esto es una tradición”, sentenció. Y esa tradición también es parte de la historia de Mendoza.