Sergio Kuchevasky: "La hipoacusia nunca fue una dificultad, siempre fue un gran desafío"
Psicólogo social y autor de Cajita de colores, recuerda su infancia en el Teatro Colón y cómo convirtió la hipoacusia en una oportunidad.
Sergio Kuchevasky en Entrevistas MDZ.
Santiago Aulicino / MDZEl Teatro Colón fue mucho más que un edificio para Sergio Kuchevasky. Hijo de un trabajador que dedicó 45 años a la institución, creció entre ensayos, funciones y pasillos que marcaron para siempre su vínculo con la música. Esa experiencia dio origen a Cajita de colores, un libro en el que reconstruye, en primera persona, la mirada de un niño que descubrió la ópera desde las entrañas de uno de los teatros más importantes del mundo.
Psicólogo social, voluntario en un hogar para adultos mayores y apasionado difusor de la música lírica, Kuchevasky también comparte en Entrevistas MDZ, una historia de superación. Convive con la hipoacusia desde los 28 años y, lejos de vivirla como un límite, asegura que aprendió a escuchar la música “desde otro lugar”. En esta conversación habla sobre su libro, el legado de su padre y el poder transformador de la cultura.
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-La hipoacusia apareció cuando ya eras adulto, pero nunca dejaste de estar ligado a la música. ¿Cómo fue ese proceso de adaptación?
-La verdad es que nunca lo viví como un gran obstáculo. Sí fue un cambio muy importante en mi vida, porque me obligó a empezar a investigar y a buscar todas las herramientas tecnológicas que existían para mejorar mi audición. Probé distintos dispositivos hasta llegar a los implantes que hoy tengo en los dos oídos y que me permitieron recuperar muchísimo. Pero más allá de la tecnología, hubo un proceso personal muy fuerte: aprender a escuchar nuevamente. Muchas de las óperas y de las obras clásicas ya las tenía incorporadas desde la infancia, porque crecí dentro del Teatro Colón. Entonces, cuando la audición empezó a fallar, no sentí que perdía ese universo, sino que debía reencontrarme con él desde otro lugar. Fue descubrir que la música también puede percibirse de maneras diferentes. Escuchás otras cosas, prestás atención a otros detalles y terminás desarrollando otra sensibilidad. Por eso digo que para mí nunca fue una dificultad, sino un gran desafío que me enseñó muchísimo.
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-Tu historia está profundamente ligada al Teatro Colón. ¿Qué significó crecer prácticamente entre bambalinas?
-Fue un privilegio enorme que recién con el paso de los años terminé de dimensionar. Mi papá trabajó 45 años en el Teatro Colón; entró siendo muy joven y se jubiló allí. Gracias a él pude recorrer el teatro como muy pocos chicos lo hacen. Mientras otros conocían el Colón desde una butaca, yo lo conocía desde los camarines, los talleres, los pasillos, los escenarios y los lugares donde realmente se construye la magia. Me tocó vivir las preproducciones, los ensayos generales, las funciones de gala y los momentos históricos de una institución reconocida en todo el mundo. Conocí artistas extraordinarios, vi trabajar a técnicos, escenógrafos, vestuaristas y músicos. Todo eso terminó formando parte de mi educación, aunque en ese momento no fuera consciente. Uno de los capítulos del libro habla justamente de "la otra mirada", porque no es lo mismo ver una ópera desde la platea que haber visto cómo nació desde atrás del escenario. Son experiencias completamente distintas.
-¿Qué buscaste transmitir en Cajita de colores?
-Quería contar esa historia desde un lugar muy genuino. El libro está escrito en primera persona y sigue un recorrido cronológico, porque me interesaba que el lector pudiera descubrir el Teatro Colón con los ojos de un chico. No es un libro técnico sobre ópera, sino el relato de alguien que fue creciendo mientras ese universo también lo iba formando. A medida que escribía tuve que volver a escuchar muchísimas obras que hacía tiempo no revisitaba. Eso fue maravilloso porque aparecieron recuerdos, emociones y sensaciones que estaban intactas. Recordé cómo esperaba los ensayos, cómo vivía las funciones importantes, cómo me sorprendía cada producción y cómo mi papá me iba mostrando ese mundo que para él era cotidiano y para mí era absolutamente mágico. Lo más lindo fue comprobar que esos recuerdos seguían teniendo la misma fuerza. La música tiene esa capacidad de transportarte inmediatamente a un momento de tu vida, y eso fue exactamente lo que me pasó mientras escribía.
-Además de la música, gran parte de tu vida está dedicada a los adultos mayores. ¿Cómo conviven esos dos mundos?
-Conviven de una manera absolutamente natural. La música tiene una fuerza enorme en las personas mayores porque despierta recuerdos, emociones y vivencias que permanecen intactas a pesar del paso del tiempo. Muchas veces organizamos actividades vinculadas con la ópera y aparecen historias increíbles. Hay residentes que vivieron la época dorada del Teatro Colón y que estuvieron presentes cuando cantaron figuras como Plácido Domingo o Luciano Pavarotti. Ellos mismos me corrigen datos, recuerdan funciones históricas o cuentan detalles que yo desconocía. Es un intercambio muy rico porque no solamente compartimos música; compartimos memoria, identidad y cultura. Incluso tuve la posibilidad de convivir con una concertista que había tocado en el Colón. Escucharla nuevamente era emocionante porque no solo interpretaba una obra, sino que traía consigo toda una historia. Ahí uno entiende que la música también es una manera de cuidar la memoria y la calidad de vida.
La música en los adultos mayores tiene una gran impronta
-Muchas personas todavía sienten vergüenza de decir que no escuchan bien. ¿Qué mensaje les darías?
-Creo que el primer paso es animarse a decirlo. Mucha gente desconoce qué es la hipoacusia y, como no es una discapacidad visible, muchas veces interpreta que uno no presta atención o que simplemente está distraído. En realidad, lo que ocurre es que no terminamos de escuchar correctamente. Yo aprendí que el primer camino consiste en comunicarlo. Si la otra persona sabe que tenés una dificultad auditiva, automáticamente cambia la manera de hablarte y la comunicación mejora muchísimo. No tiene que dar vergüenza. Hay personas que necesitan anteojos, otras usan bastón y otras, como en mi caso, necesitamos ayudas auditivas. Convivir con esto desde los 28 años me enseñó justamente eso: aceptar la situación y naturalizarla. Cuando uno deja de esconderla, desaparece gran parte de la barrera social que muchas veces pesa más que la propia dificultad auditiva.
-Durante años también difundiste la ópera desde la radio. ¿Qué recuerdos te dejó esa experiencia?
-Fue una experiencia maravillosa porque empezó como un espacio periodístico y terminó convirtiéndose en un lugar de encuentro para los protagonistas de la música lírica. Nosotros hacíamos el programa Escucho Ópera Lírica con la idea de difundir este género que muchas veces parece lejano para el gran público, pero nos encontramos con una predisposición enorme por parte de los artistas. Al principio pensábamos que sería difícil conseguir entrevistas o que participarían de manera virtual, pero ocurría exactamente lo contrario. Los invitábamos y nos respondían: "No, voy personalmente al estudio". Venían al piso, conversaban con nosotros y, muchas veces, terminaban cantando en vivo. Imaginate lo que significa tener un tenor o una soprano interpretando un aria en un estudio de radio que no está preparado para eso. Vibraba absolutamente todo. Eran momentos inolvidables. Eso también me confirmó que la ópera no es un mundo cerrado ni inaccesible. Al contrario, encontré artistas con una enorme generosidad, dispuestos a compartir su trabajo y acercarlo a la gente. Haber podido vivir esa experiencia fue realmente un privilegio.
-A las nuevas generaciones muchas veces la palabra "ópera" les resulta lejana. ¿Qué les dirías para invitarlas a descubrir ese universo?
-Les diría que se den la oportunidad de conocerlo antes de sacar conclusiones. Muchas veces existe el prejuicio de que la ópera es aburrida o demasiado larga, cuando en realidad es una experiencia artística muy completa. No todas las óperas tienen que gustarte, del mismo modo que no todas las películas o todas las canciones son para uno. Lo importante es permitirse descubrir cuál conecta con vos. Además, cada persona vive una función de una manera diferente. Hay quienes se quedan fascinados con la música, otros con la historia, otros con la puesta en escena o con las voces. Incluso una misma ópera nunca es igual, porque cambia según el director, la producción, el elenco o la mirada de quien la lleva al escenario. Es cierto que algunas funciones duran tres horas o más, pero eso no debería ser un impedimento. Cuando una obra logra atraparte, el tiempo pasa de otra manera. La ópera tiene esa capacidad de emocionar, sorprender y movilizar, y creo que vale la pena abrirse a esa experiencia.
Tener un impedimento no es una deshonra
-Si alguien quisiera comenzar a escuchar ópera, ¿por dónde debería empezar?
-Siempre recomiendo empezar por aquellas obras que tienen una fuerza dramática muy marcada. Personalmente, Aida, de Verdi, y Carmen, de Bizet, son dos títulos que me acompañan desde la infancia y que me siguen emocionando cada vez que vuelvo a verlos. Carmen me impactó muchísimo cuando era chico por todo lo que sucede en escena. Es una obra muy movilizante, con personajes muy fuertes y una música extraordinaria. En cuanto a Verdi, hay un componente afectivo muy importante porque mi papá sentía una verdadera fascinación por sus óperas y eso terminó transmitiéndose naturalmente. En el Teatro Colón, además, las obras de Verdi siempre generan una respuesta especial del público. Tiene que ver con nuestra historia, con la inmigración italiana y con el enorme arraigo que ese repertorio tuvo en la Argentina. Son espectáculos que movilizan de una manera distinta y que siguen emocionando generación tras generación.