Sarmiento, el fundador de la clase media argentina
Loco, polémico; periodista, político. Presidente. Domingo Faustino Sarmiento fue un argentino fundamental.
“Ahí viene el loco”, le gritaron desde una tribuna política. No se inmutó, y siguió caminando. Estaba curtido. Nadie le había regalado nada. Él sí se había “deslomado”. Nunca tuvo “padrinos”. Venía desde abajo y llegó a ocupar los más altos espacios de poder en la nación argentina. “Ese loco”, era el hijo de un arriero: Don José Clemente, quien se había hecho milico cuando la patria llamaba.
Sarmiento, nació en el barrio sanjuanino de Carrascal, un humilde caserío en los suburbios de la capital de aquella provincia. La leyenda lo inmortalizó como el que estudiaba por las noches al amparo de la luz de una vela y que nunca faltó a clase. Vaya uno a saber. Lo que sí será cierto innegablemente fue que siendo niño desde su oficio como vendedor de azúcar o tendero ayudara a la economía familiar para poder “parar la olla”. Y también será real que desde su profesión de maestro rural (con solamente 15 años), tras haber fundado una escuela en medio del desierto cuyano, llegó a ser el presidente de la nación cambiando para siempre la historia del país.
Había nacido tierra adentro, al borde de la falda de Los Andes nevados. Y a los pocos años (promediando el siglo XIX), esa Buenos Aires que siendo joven le cerró las puertas, negándole una beca para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, exhibía en sus librerías porteñas a “los modernos” del nuevo mundo: la sociología de Comte, la democracia de Tocqueville, el anarquismo de Déjacque y Proudhon, la utopía de Saint Simon, el cristianismo de Feuerbach, las novelas de Balzac y Zola, las narraciones de Flaubert, el estructuralismo y la semiótica de Saussure, el evolucionismo de Darwin, el liberalismo de Smith, el socialismo de Marx, y todos juntos, con el “Facundo” de Sarmiento.
Polémico y discutido
Siempre fiel a sus convicciones. Tozudo, testarudo, cascarrabias, gruñón. “El loco”. Peleador con la espada, con la pluma y la palabra. Concejal por la parroquia de Catedral del Norte; Senador y Gobernador de su provincia; Embajador en EE. UU; Presidente de la República; Ministro del Interior con Avellaneda; Superintendente General de Escuelas del Consejo Nacional de Educación. Funciones y cargos que acompañaron una idea fija: la voluntad inquebrantable de construir una Nación quitándole a la oligarquía el monopolio del abecedario. Será por eso que, entre otras cosas, en la Conferencia Interamericana de Educación reunida en Panamá (1943), integrada por educadores de toda América se estableció el 11 de setiembre como “Día del Maestro” para todo el continente americano.
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Día del Maestro: el método de Sarmiento que alfabetizó a una nación
Siendo muy joven fue testigo directo de la muerte de Francisco Laprida (aquel presidente del Congreso de Tucumán) en la mendocina Batalla del Pilar (22 de setiembre de 1829), cuando ante el ataque de las tropas del fraile Félix Aldao, ese muchachito sanjuanino de 18 años salvó su vida de chiripa.
Volvió Sarmiento a ser protagonista de la guerra en la Batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) cuando Urquiza derrotará a Rosas. Casi 23 años habían pasado entre la batalla mendocina y Caseros, y en el medio, una bataola de entreveros (exilios, persecuciones, balas, peleas, sublevaciones, debates, libros, viajes) que siempre mostraron el coraje de un guerrero en el centro neurálgico de la batalla cultural.
Pero fue un luchador incansable esgrimiendo también su pluma. Chile le permitió tomar contacto con el Ministro de Instrucción Pública, Manuel Montt, quien lo estimuló a organizar en Santiago la primera Escuela de Preceptores de América Latina. Colaboró en los periódicos “El Mercurio” y “El Nacional”. Fundó “El Progreso”, “La Tribuna” y “La Crónica”. Años atrás ya había creado “El Zonda”.
En esta nueva etapa escribió: “Mi defensa”, “Método gradual de lectura” con el cual aprenderán a leer más de 2.000.000 de niños, “Vida de Félix Aldao”, “Viajes”, “Educación Popular”, “Recuerdos de Provincia” y “Argirópolis”, un ensayo político que propone una confederación con Uruguay y Paraguay.
Un año clave en su vida fue 1845, cuando publicó en forma de folletín su obra más conocida: “Facundo: Civilización y Barbarie”, radiografía social y política de la imagen que tenía del país, y eje de interminables controversias hasta nuestros días.
Viajó por Europa, África, EEUU y el resto de América para estudiar sus sistemas educativos, las políticas migratorias y comunicacionales. En dos años visitó Uruguay, Brasil, Francia, España, Argelia, Italia, Alemania, Suiza, Inglaterra, EEUU, Canadá, y Cuba. A fines de 1845 se contactó con los exiliados en Montevideo. Allí conoció a Mitre, Varela y Echeverría, ideólogo de la “Generación del 37”. Fue un intelectual. Su legado está reflejado claramente en su inmensa obra escrita.
El primer censo
Recien llegaba a la presidencia. Casi nadie tenía idea que era un censo en 1869, y mucho menos, para qué serviría. Era habitual que los interrogados redondearan su edad en números terminados en 0 o en 5. Y lo acompañaran de un tímido: “por ahí”. Por ejemplo: 234 personas en 1869 informaron que tenían (creían) más de 100 años. Algunos, muchísimos más. Hoy podría resultar hasta cómico. En síntesis: no sabían dónde habían nacido, cómo se llamaba el pueblo donde vivían, cuántos años tenían; no sabían lo que era “el apellido”, ni cómo se llamaban sus padres o hermanos.
Ese primer censo nacional se realizó durante tres días (15, 16 y 17 de setiembre) de 1869 y determinó que vivían en el país: 1.877.490 personas y que había menos de un habitante cada dos kilómetros cuadrados (apenas superábamos a Siberia y a Nueva Guinea). Hombres: 897.780. Mujeres: 843.572.
Había 88.902 viudos y 383.119 casados, aunque muchas mujeres también asumían su situación como concubinas y reconocían que su marido tenía “otras esposas”. Entre 140 mil mujeres se repartían los oficios de costureras, lavanderas, tejedoras, planchadoras, cigarreras y amasadoras, entre otros. Con la llegada de los inmigrantes, se abriría un abanico más amplio de oficios, como el de relojero, sastre, tipógrafos, talabarteros y peluqueros.
Según el censo, había 361 personas dedicadas a la prostitución, aunque se hizo la salvedad que ese número habría que multiplicarlo por diez.
Trabajaron para ese censo de 1869, aproximadamente 3.000 censista. Para tomar magnitud del caso, en el último C.N. de 2022, el INDEC dispuso que trabajaran 600.000 censistas. Argentina albergaba a 180 ciudades, villas, pueblos y aldeas.
Entre las notas y curiosidades, ese primer censo determinó que había más cantidad de militares (9.602) que agricultores (8.643) y más curanderos (1.047) que médicos (438), siendo más del 75% de la población considerado pobre. Se contabilizaron 439 abogados y 1.442 profesores. Entre la población total se censaron 1172 africanos.
Los grupos indígenas no fueron censados, pero se estimó una población india de 93.138 habitantes (45.291 en Chaco, 3.000 en Misiones, 21.000 en La Pampa y 23.847 en La Patagonia). Por otra parte, el ejército que se encontraba en operaciones en Paraguay totalizó 6.276 personas, y los argentinos en el exterior se estimaron en 41.000.
También en 1869 se contempló contabilizar a “dementes, cretinos, estúpidos” y además a los sordomudos y ciegos. Paralelamente se registraron 2888 personas inválidas por las guerras civiles.
Mirar al futuro
Aquel viaje a EE.UU. había cambiado rotundamente la visión de Sarmiento. Y aunque algunos todavía no lo reconozcan del todo, también cambió el futuro panorama nacional. Mientras toda la dirigencia se deslumbraba por Europa, aquel joven Sarmiento admiraba la pujante clase media estadounidense que se movilizaba ascendentemente de la mano de la educación.
Así fue que llegado a la presidencia (20 años después de ese primer viaje por EE.UU.) un dato que arrojaba ese primer censo lo aterrará. De los 413.465 pibes en edad escolar, solamente estaban escolarizado un bajísimo porcentaje: apenas 82.671. Habían más de 300.000 chicos que no iban a la escuela.
Del total de la población solamente 360.683 sabía leer. Y 312.011, sabían escribir. Estimaron, sin embargo, que hubo un porcentaje alto de mentiras en esa respuesta. Casi el 80% de la población era analfabeta en Argentina.
Con esos números, Sarmiento convocó urgente una reunión de gabinete. “Señores ministros, ante los primeros datos del censo, voy a proclamar mi primera política de estado para un siglo: escuelas, escuelas, escuelas”.
Cuando terminó su gestión, de las aproximadas casi 200 escuelas que había cuando llegó a la presidencia, el número ascendió a 1120, trayendo además el modelo de las escuelas normales para formar maestros (la primera fue inaugurada en 1869) y, para el espanto de algunos, contrató a maestras norteamericanas.
Además, durante su presidencia se sancionó la Ley de Subvenciones para garantizar fondos para la creación de escuelas y la compra de materiales y libros, apostó por la construcción del Observatorio de Córdoba, el fomento de la inmigración y el importantísimo desarrollo de los sistemas de comunicaciones, logrando un tendido de 5.000 kilómetros más de cables telegráficos e inaugurando la primera línea telegráfica con Europa (1874). En su presidencia también la red ferroviaria se extendió de 573 kilómetros a 1.331 kilómetros. Se produjo la fundación del Banco Nacional, la creación de la Escuela Naval, el Colegio Militar, la primera compañía de Gas Argentino, la Facultad de Física y Matemática, el Servicio Meteorológico Nacional, abrió el Zoológico de Buenos Aires y se creó el Cementerio de la Chacarita. Estimuló el nacimiento de colonias agrícolas y exposiciones agro – industriales y le dio un fuerte impulso por la industria vitivinícola.
Estaba claro que, para Sarmiento, el censo no solamente era útil para saber cuántos éramos, sino hacia dónde queríamos ir, estableciendo una evidente bisagra cultural entre aquella Argentina con un índice altísimo de analfabetismo y la Argentina que pronto sería una de las grandes potencias del mundo, triplicando su población en cuarenta años, convirtiendo miles de analfabetos en ciudadanos alfabetizados y millones de inmigrantes en argentinos. Pues al establecer la preponderancia de la educación como política de estado nacional, la escuela pública se convirtió en la herramienta fundamental que servirá de base para el futuro desarrollo económico, la equidad y el ascenso social, la ponderación de los principios republicanos, el consumo de bienes culturales, la recuperación de la memoria colectiva y la sustentabilidad democrática. Todos valores de la histórica clase media argentina que a la postre hará grande el país, siendo ejemplo mundial de un sistema educativo nacional que convirtió a Argentina en una referencia insoslayable.
"Hacer de toda la República una gran escuela", sostenía. Agregará: “Porque todos los problemas, son problemas de la educación”. Son palabras de Sarmiento, que hoy siguen teniendo una enorme vigencia. Faro, que sigue iluminando. Espejo, donde nunca debimos de dejar de reflejarnos.


