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Reñaca, la "Mendoza con mar": qué tiene y por qué se volvió adictiva

La playa de Reñaca vuelve a enamorar a los mendocinos con su cercanía. Rituales repetidos y encuentros casuales que hacen sentir como en casa.

Reñaca, la Mendoza con mar.

Reñaca, la "Mendoza con mar".

Walter Moreno/MDZ

Una vez más caí en el encanto de la clásica playa chilena "Reñaca". Esta vez la excusa fue acompañar a mis hijas —ya adolescentes— a disfrutar del verano y del reencuentro con esas amigas con las que comparten la vida los otros 350 días del año.

Hasta no hace mucho, yo era una férrea defensora de nuestra costa argentina: playas más amplias, mar más cálido y amable, jornadas eternas de sol, menos conocidos a la vista y una vida nocturna que permite cenar, pasear y hasta comer un helado pasada la medianoche. Todo eso sigue siendo cierto. Sin embargo, casi sin darme cuenta, empecé a encariñarme con el mar más frío y la playa más chica de Reñaca, con esa arena de tono particular, más clara y suave al caminar.

Rituales, encuentros y costumbres de los mendocinos que se repiten del otro lado de la cordillera

La rutina se repite y, curiosamente, encanta. Unas pocas horas de playa alcanzan. Por la mañana se corre o se camina por la costanera, saludando a medio Mendoza. Después de las tres de la tarde, cuando las nubes se retiran y el sol aparece, se baja otra vez a la playa y el reencuentro con los coterráneos es inevitable. No voy a negar que algo de todo eso me gusta y me tienta, aunque todavía me cuesta explicar qué es exactamente lo que nos atrae tanto de Reñaca.

Pensé primero en la cercanía. Salvo demoras en la aduana, en menos de siete horas se puede estar con los pies en el agua. Eso sí: la ruta deja bastante que desear y, de ambos lados de la cordillera, urge poner manos a la obra.

¿La gastronomía? Muy buena, sin dudas, pero con horarios acotados. Si no llegás antes de las 22, te quedás afuera. Para quienes disfrutamos del último rayo del atardecer —que recién se apaga pasadas las nueve—, no siempre es compatible. Hay que salir corriendo a bañarse para llegar a tiempo.

El mar es más frío, es cierto. Tal vez por cuestiones climáticas —o quién sabe, hormonales—, después de la cuarta o quinta ola el cuerpo empieza a tolerarlo. Lo que sí me cuesta aceptar es que los guardavidas terminen su turno a las 20, cuando todavía hay sol y miles de personas siguen en el agua. Aun así, cuando suena el silbato anunciando el cierre, los aplaudo y agradezco: otro ritual más del verano en Reñaca.

Reñaca playa

Extraño, eso sí, las canciones pegadizas de los churreros, heladeros y vendedores de licuados o choclo. En Reñaca hay pocos vendedores ambulantes; en cambio, hay un seguridad que controla si alguien fuma en la playa y no duda en multar.

Debo reconocer que algo de ese cholulismo tan mendocino también seduce. Por eso resulta fácil sumarse a la rutina: caminatas matinales, saludos, encuentros casuales con amigos, charlas breves sobre lo vivido desde la noche anterior y el clásico “¿sabés a quién vi?”. Luego, el acuerdo tácito de volver a verse en la playa.

atardecer Reñaca

Adolescentes, compras, caminatas y veranos compartidos

Cuando el día amanece muy nublado, la señal es clara: shopping. Y todos parecemos caer en las mismas tentaciones: Zara, H&M, Decathlon, locales de ropa deportiva y Ripley. Este año el cambio no fue tan favorable, pero aun así aparecieron buenos precios y modelos originales… que dejarán de serlo cuando descubramos que varios compramos lo mismo. Hora de ponerle nombre a los buzos, polar y toallas.

Los puntos de referencia son casi un mapa compartido: McDonald’s, Dunkin’ Donuts, sector 5, Santa Isabel, Los Roldán, La Gatita, el Estero, las dunas y el shopping. Este verano sumé las canchas de pádel, porque muchos seguimos jugando también allá, y podría decir que el equipo estaba completo.

Cuando el viaje también es excusa para que los hijos crezcan y los padres observen.

Vuelvo entonces a la pregunta inicial. No vi grandes novedades ni mejoras sustanciales. De hecho, algunas zonas estaban algo descuidadas y con obras que desmejoran el paisaje. Pareciera que no hace falta prepararse para nuestra llegada: saben que vamos a ir igual. ¿Inseguridad? Un poco; no vi demasiados carabineros. ¿Actividades? Las de siempre. Los adolescentes se juntan a comer, van a la playa, pasan por McDonald’s y regresan en grupo a los departamentos. Los un poco más grandes tienen algunas opciones de boliches o fiestas, y para los veinteañeros largos, los sunset siguen siendo el plan estrella.

Tal vez eso sea lo que nos enamora: la cercanía, la costumbre de “copar” el lugar con mendocinos y esa sensación inconfundible de estar lejos, pero al mismo tiempo, como en casa.