Caen los “atrevidos” lasherinos que vendían droga al por mayor

Caen los “atrevidos” lasherinos que vendían droga al por mayor

La Justicia Federal condenó ayer a miembros de una organización que comercializaba estupefacientes por todo Las Heras. Así operaban. Así se peleaban. Así cayeron.

Facundo García

Facundo García

Cruzando la mitad de la tarde, la Katy caminaba con una amiga por el barrio 26 de enero de Las Heras. Aquel día otoñal de 2018 acababa de retirar una bolsita rosada de una casa en la manzana 10. En el dorso, el paquete tenía escrito “cómo quieres que te quiera”. Y en el interior había un contenido menos sentimental: un kilo de cocaína.

A los pocos metros, Katy notó que la estaban mirando fijo efectivos de la Policía. Entonces sintió una batalla por dentro. Por un lado el miedo, la urgencia de huir. Por otro, la necesidad de disimular. Le ganó el miedo.

Empezó a caminar rápido. Los policías la siguieron. En un momento, acorralada, le quiso pasar la bolsita a la amiga, para que no descubrieran el ladrillo blanco que portaba. Pero la otra no le recibió el “regalo”.

Katherina Alejandra Méndez Maturano (21) fue detenida e imputada por tenencia de estupefacientes con fines de comercialización. Sin embargo ella era solo un eslabón de la cadena.

Los jefes

María Belén Díaz Parada (45), conocida como “la tía” o “Belén”, probablemente frunció el ceño. Cumplía prisión domiciliaria en su domicilio del mismo barrio, el 26 de enero. Ya había sido condenada dos veces por asuntos de drogas. Y cuando se enteró de lo que le había pasado a la Katy, se preocupó. Después de todo, el último lugar en el que la chica había estado antes de la captura era su casa. Y tal vez se enfureció otro tanto. Se sabe: un kilo de merca no es cosa de todos los días.

Organizaba el negocio mediante charlas telefónicas con su marido preso

Igual siguió con su negocio. Para ultimar detalles del traslado de drogas, conversaba por teléfono con su marido, el “Petete” Marcelo Fabián Sosa, que está preso en el penal de Boulogne Sur Mer pero le tiraba ideas.

Según averiguaron los investigadores, la pareja conversaba sobre el traslado de cargamentos desde el norte de la Argentina, y sobre las formas de disimular el contenido ilícito usando “doble fondo” en los vehículos o  estrategias similares.

En tanto, los compradores seguían recurriendo a la “Tía”. Los llamados a Fonodroga que hizo gente de la zona repiten que la mujer efectuaba ventas y –para no exponerse- enviaba a menores para que entregaran los encargos y trajeran los pagos. La bandita de jóvenes que atemorizaba al 26 de enero se hacía llamar “los Wachos atrevidos”.

“Tía, mándeme más pollo que se me terminó…”

El hijo de Belén, Luciano Matías Eugenio Pereyra Díaz (24), colaboraba en la organización. Experiencia tenía. Años atrás, había participado de una interna entre pandillas de la zona y quizá de ahí le había quedado cierta habilidad para administrar “soldaditos”. Supuestamente, vivía de las reparaciones que hacía en un taller de motos y autos. Pero los pesquisas notaron que, si uno miraba con atención, en el taller le faltaban herramientas básicas. La plata venía de otro lado.

Estaba entonces la pareja de la "Tía" y el Petete por un lado, haciendo la gestión. El hijo de Belén, Luciano, enlazando con “los wachines”. Y varios muchachos que hacían el reparto. Faltaba un detalle: ¿dónde almacenaban la droga?

Puertas blindadas, miedos y peleas

Los pedidos se hacían por teléfono, siguiendo la costumbre de referirse a la droga con otros nombres. En las llamadas la situación se reproduce: “tía, mándeme más pollo que se me terminó”. O: “Mire, tía, ya tengo conversadas unas remeras para venderlas”; “tía, ¿tendrá medio kilo de pan que me venda?”. Y así.

“Si vos batís a la cana, nos vamos todos de la mano para la gilada…”

En los diálogos, sorprende que los narcos adultos solían tratarse de “usted”. A veces sentían flotar el miedo a que los descubran. En una de las grabaciones, incluso, se escucha a la “Tía” exclamar: “mirá que si vos batís la cana, nos vamos todos de la mano, eh…de la mano para la gilada” (se refería a la cárcel).

En el mismo 26 de enero, pero en otra casa, vivía Juan Eduardo Medina (45). Era el acopiador: recibía dinero a cambio de guardar la mercancía. Cada tanto vendía. Quizá por eso había colocado una puerta blindada que lo aseguraba frente a ocasionales rateros.

La caída

Cuando la División de Lucha contra el Narcotráfico de la Policía de Mendoza recibió el okey de la Justicia Federal, concretó allanamientos en las casas de los sospechosos.

En los procedimientos del 7 se septiembre de 2018 se encontró de todo, especialmente en el “depósito” de Medina. Al final del día se secuestraron celulares, una balanza, plantines, frasquitos con cogollos, casi 6 kilos de marihuana y bastante cocaína.

El “acopiador” se excusó alegando que la droga era de otra persona que le había pagado 4500 pesos por guardársela. Contradiciendo lo que se oía en las escuchas, dijo no conocer a la “Tía”.

Por su parte, la “Tía” y su hijo señalaron que las sustancias halladas en sus casas eran para consumo personal. De ser cierto, fumaban diez veces más que Bob Marley. Una posibilidad inverosímil.

El Tribunal Oral Federal 2 escuchó el pedido de la fiscal André

Por eso el Tribunal Oral Federal Número 2 -integrado por los jueces Héctor Cortés, María Paula Marisi y Roberto Nacif- atendió ayer a los pedidos de la fiscal María Gloria André y otorgó duras penas.

La “Tía” María Belén Díaz Parada fue condenada a 8 años de prisión, que se unificarán con las dos sentencias previas, por considerarla coautora de comercio de estupefacientes con fines de comercialización, delito agravado por la intervención de 3 o más personas. Según comentaron fuentes judiciales, la condenada soltó lágrimas al conocer su situación. Ahora se le terminó la domiciliaria y le espera más de una década tras las rejas.

Por el mismo delito, a su hijo –el Luciano- le dieron 4 años que se unificarán con una condena de 3 años de prisión en suspenso que cargaba de antes.

Por su parte, a Medina -“el acopiador”- le cayeron 6 años bajo idéntica imputación.

Y a Katy, la muchacha que fue apresada aquella tarde de otoño con el ladrillo de un kilo de cocaína, le dieron 4 años de cárcel por tenencia de estupefacientes con fines de comercialización. La pena algo menor a la de otros integrantes se relaciona con que, según se cree, no estaba entre los componentes más poderosos de la banda.

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