Los asesinos y sus firmas: extrañas obsesiones en la escena del crimen

Los asesinos y sus firmas: extrañas obsesiones en la escena del crimen

Dejar objetos o llevárselos. Lesionar por capricho el cuerpo de la víctima. Los homicidas suelen trazar una huella que los identifica, no pueden evitarlo. Y a veces, si hay suerte, la Ley los atrapa.

Facundo García

Facundo García

En 2006, los vecinos de Mercedes, en Corrientes, encontraron el cráneo despellejado de un niño. A poca distancia yacía el resto del cuerpo. “La policía de la zona no estaba preparada para este tipo de asuntos”, me confesó en su momento la oficial María Isabel Blanco.

Los investigadores no sabían qué hacer. Al cadáver de Juan Ignacio González (12) –a quien todos conocían como “Ramoncito”- le faltaban dos huesos de la espalda. Dos vértebras. Para la mayoría, era solo un detalle. Para la oficial Blanco, en cambio, era la clave del crimen. Pero no podía decirlo.

En aquella época, para entrar a la Policía de Corrientes había que jurar sobre la Biblia Católica. Y María Isabel había hecho su juramento, sí. Sin embargo había mentido, porque cuando no estaba de guardia se dedicaba a otra de sus pasiones: el culto Umbanda.

Como practicante, la agente Blanco sabía que cuando se realizan algunos sacrificios rituales  –pollos, gallinas- se extraen huesos, en general la sexta y la séptima vértebra: eran justamente las que le faltaban al cuerpo de Ramoncito.

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Ahí, parada frente a los restos del nene, María Isabel pensaba en eso, aunque lo callaba. La investigación siguió. Se allanaron varias casas y se requisaron objetos extraños. Velas, macumbas. Cuando en uno de los operativos la oficial vio a la estatua de su santa protectora, Jemanjá, en el suelo -en vez de estar en el altar- se indignó y les comentó a sus superiores lo que sabía.

A partir de esa pista se trabajó sobre la tesis de un culto desviado del Umbanda –esta última creencia, desde luego, está oficializada en la Argentina pero en ningún caso realiza sacrificios humanos-. Acá había algo diferente. Algunos chiflados se habían dado manija, habían hecho su propia interpretación y habían terminado adorando al Diablo y matando a un pibe.

Con el correr de los días la Policía encontró manuales de Magia Negra escritos por niños y habitaciones decoradas como un jardín de infantes con la estética de Disney, aunque con personajes que exhibían el pene. La secta cooptaba menores vulnerables, los adoctrinaba en esos sitios y abusaba de ellos. Una organización destinada al mal.

En una de las casas allanadas, la policía tomó esta imagen. Foto del expediente.

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Más allá de lo llamativo del caso, la investigación dejó al descubierto la importancia de prestar atención a la “firma” de los asesinos. El término lo acuñó John E. Douglas, uno de los pioneros en la elaboración de perfiles criminológicos en el FBI. El detective encontró que con frecuencia los que matan necesitaban dejar o llevarse algo en las escenas del crimen. En la mayoría de los casos, no podían evitarlo. Era más fuerte que ellos.

Douglas fue el inspirador de la serie Mindhunter.

Y aunque Douglas se especializó en los asesinos en serie –fenómeno típico de los EE.UU- el concepto de “firma” parece aplicable a hechos de Argentina. En el caso Ramoncito, la “firma” era la extracción de las dos vértebras: ahí estaba la clave para desentrañar el misterio.

Ojo: “firma” no es lo mismo que “Modus Operandi” (MO). El MO es lo que hace una persona para cometer su crimen. Puede ir cambiando de acuerdo a las circunstancias. Incluso hay asesinos que aprenden de sus errores y perfeccionan su MO. En contraste, la firma es lo que el asesino realiza “para sentirse pleno”. Y tiende a ser estática, o al menos mantener cierto carácter repetitivo.

La firma suele ser ilógica, caprichosa. No facilita el crimen, más bien tiende a complicarlo. Douglas pone como ejemplo a un ladrón de Texas que asaltó un banco y obligó a desnudarse a todos los rehenes, los colocó en posturas sexuales y les hizo fotografías. “Esa era su firma –explica-. No era algo necesario ni le ayudaba a atracar el banco. De hecho, lo forzaba a permanecer más tiempo y por tanto corría un gran peligro de ser detenido. Pero era evidente que él ‘necesitaba’ hacerlo”.

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Nicolás Gil Pereg, el famoso “hombre gato”, podría incluirse en una lista de presuntos asesinos “con firma”. Según cree la fiscal Claudia Ríos, el israelí mató a su madre Phyrhia Saroussy y a su tía Lily Pereg el 12 de enero del año pasado. No conforme con eso, atravesó sus cuerpos con hierros por la zona genital y el cráneo. ¿Las razones? Graficar la dominación sobre el cuerpo femenino. Otra firma.

En ocasiones la marca no consiste en dejar algo o actuar sobre la víctima, sino en llevarse cosas que sirvan para recordar la ocasión. En la década de los 70’, Robert Hansen -un “respetable padre de familia” y panadero de Alaska- raptaba prostitutas, las soltaba desnudas en el bosque y luego “las cazaba” con un rifle Ruger Mini-14. Para él, las más de 17 personas que mató eran poco más que animales. Pero así como los cazadores coleccionan astas y pieles, él se llevaba, de cada mujer muerta, alguna cadenita, anillos. Bijouterie que guardaba como recuerdo: era uno de sus sellos.

Robert Hansen era un vecino respetado.

Y es imposible no asociar esta idea de la firma y los “trofeos” con el reciente “crimen de los rugbiers”. No solo porque el grupo guardaba y compartía grabaciones de las golpizas a otros chicos, sino porque una de las últimas frases que habría dicho Máximo Thomsen antes de darle la patada final a Fernando Báez Sosa fue “me lo voy a llevar de trofeo”. Textual. Después estampó su zapatilla en la cabeza del muchacho. Su rúbrica de violencia y estupidez.

 

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