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Mauricio Dayub: "El teatro es capaz de ser algo más que un entretenimiento"

Mauricio Dayub presentó los libros de El Amateur y El Equilibrista y habló con MDZ sobre su vínculo con el público y el poder transformador del teatro.


Mauricio Dayub lleva décadas construyendo una relación singular con el teatro y su audiencia. Con más de 30 temporadas sobre los escenarios y miles de funciones en todo el país, su recorrido está marcado por la constancia, la búsqueda y una conexión emocional que trasciende la ficción.

En este presente, el actor suma un nuevo capítulo a su trayectoria con la publicación de los libros de El Amateur y El Equilibrista, dos de sus obras más emblemáticas. Lejos de abandonar el escenario, Dayub amplía la experiencia teatral hacia el papel, en un gesto que surge directamente del diálogo con su público.

A lo largo de la charla, repasa su vínculo con los espectadores, el aprendizaje de repetir funciones sin perder frescura y la dimensión íntima de historias que nacen de su propia vida. También reflexiona sobre el impacto que sus obras generan en quienes las ven.

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Entrevista completa a Mauricio Dayub

Hiciste medio el camino inverso, podríamos decir: primero fue el teatro y ahora estás presentando los dos libros de El Equilibrista y El Amateur. ¿Qué te llevó a ese cambio de formato? Porque igualmente seguís haciendo teatro.

—En realidad fueron las frases que el público me pedía cuando terminaban las funciones. Siempre querían recordar exactamente un momento de la obra y me pareció que iba a ser un lindo regalo. Terminada la función, cuando se quedan en el hall a saludar o por la foto o el video, compartir el libro empezó a tener sentido, y es lo que está pasando.

Yo salgo al hall de todos los teatros que visito (llevo más de 80 ciudades en Argentina y ahora serán siete países) y me encontraba con esto: “¿Cuál es la frase que dice cuando pasa tal cosa?”, “¿Cómo termina?”, “¿Cuándo empieza?”, “¿Usted qué dice?”. Querían recordarlo exactamente como era.

Entonces el libro no solo tiene el texto, sino también los comentarios de esos espectadores, los más icónicos, que me han dicho cosas extraordinarias recién terminada la función, conmovidos por lo que vieron. Tiene extractos de la crítica especializada, las temporadas, las ciudades que hemos recorrido. Es un libro que tiene un poco más que la lectura del texto.

Es una nueva conexión con el público, porque ya también dijiste que salís siempre al hall del teatro. ¿Qué significa para vos esta conexión, este ida y vuelta con la audiencia?

—Para mí es la concreción más hermosa de lo que es capaz de producir el teatro. Mientras estoy arriba del escenario, lo que se produce a través de la ficción es ese puente imaginario que trato de extender entre mi corazón y el del público para que la historia llegue tal cual me la imaginé.

Pero cuando termina y la ficción ha concluido, y nos encontramos en la vida real, persona a persona, se comparte algo más que lo que pasó en la ficción. Ese algo más me parece que termina de hacerme entender por qué me gusta tanto el teatro, por qué tengo esta vocación tan profunda.

Porque entonces el teatro se cuela en nuestra propia vida y es capaz de ser algo más que un entretenimiento, y llevarnos a imaginar, a pensar y hasta a tomar alguna decisión en función de lo que sentimos en ese momento privado en el que transcurre la ficción.

Vos también dijiste que el teatro es como tirar un dardo a oscuras y ver la reacción del público. ¿Cómo lográs eso cuando la obra ya es un clásico, cuando ya estás tan instalado? Porque 29 temporadas en cartel no es menor.

—Sí, las 29 de El Amateur fueron interrumpidas en el medio para hacer otros espectáculos. En total debo llevar unas 30 temporadas, trabajando todas las noches. Hice 2.753 funciones de Toc Toc, más las 850 de El Equilibrista y las 700 de El Amateur. Es casi toda una vida subiendo al escenario por las noches. Esa repetición tuve que aprender qué significaba, porque no le podía preguntar ni siquiera a mis maestros: no habían hecho esa cantidad de funciones.

Pude aprender cómo se construía un rol, cómo se representaban escenas, dramaturgia, pero no tenía a quién preguntarle cómo repetir como si fuera la primera vez tantas veces. Empecé a imaginar estrategias. Al principio quería gustar para que viniera más gente, pero cuando el espectáculo tiene mucho éxito eso ya no funciona.

Un día me encontré con Enrique Pinti y le pregunté qué hacía él para repetir. Él me dijo que imaginaba que en el primer palco estaban los directores de cine que quería que lo llamaran. Eso lo incentivaba a hacer la función como para ser elegido esa noche.

Yo imaginaba que era un jugador de fútbol vendido al exterior, y que cuando tenía que hacer la segunda función salía a la cancha y en la tribuna veía a mi maestra, a mi madre, a mis hermanos, a personas a las que no podía defraudar. Aprendí ese estado en el que tengo que estar para acompañar la respiración del espectador.

¿Sentís lo mismo cuando estás por arrancar y cuando termina la función, cuando la gente te aplaude de pie?

Entrevista Mauricio Dayub ¿SENTÍS LO MISMO EN CADA FUNCIÓN O ES DISTINTO?

—Es distinto, porque va variando el momento en el que encuentro esa sensación. Las historias son personales, tanto en El Amateur como en El Equilibrista. Muchas veces me sorprende un momento que no tenía previsto, en el que la ficción me recuerda la vida real. Me veo a mí con 13 o 14 años, como en la historia de El Amateur, cuando vi a ese atleta que batía el récord de permanencia en bicicleta. En El Equilibrista, a veces me sorprende el momento en el que le tuve que decir a mi abuela que había descubierto un secreto que nadie sabía, o cuando mi mamá decidió comprobar que esa historia le pertenecía. Son distintas porque la función me sorprende en diferentes momentos.

Cuando estabas en el proceso de escribir, y sabiendo que son historias personales, ¿te dio vértigo exponer esa vulnerabilidad?

—No, porque lo hice de manera inconsciente. Cuando estrené la primera obra fuimos a comer con un grupo grande y yo escuchaba que hablaban de lo que yo había escrito. Pensé: si me hubiera imaginado que esto iba a ser así, no me hubiera animado. Lo escribí sin pensar en eso. Después, cuando se filmó la película, había 40 o 50 técnicos analizando la escena. Tampoco me lo había imaginado. Por eso creo que es importante escribir sin tener en cuenta ese paso posterior, sin el prejuicio de qué dirán. Eso hace que los espectáculos sean auténticos y que lleguen directamente a la fibra del espectador.

En El Amateur hablás del mensaje de ir detrás de los sueños. ¿Desde el principio quisiste que el espectador se lleve eso?

—Empecé a notar que El Amateur era un espectáculo altamente inspirador. El espectador salía con la sensación de que no debía demorarse más en ir por su propia vida. Me lo decían. Y yo lo entendí porque cuando la escribí necesitaba ser advertido por los demás. Llevaba años con esta vocación sin lograr que me convocaran. Escribí la obra para justificar esos momentos grises en los que sentía que mi sueño no iba a ser posible. Me dio fuerzas para animarme a convocar gente, ensayar y estrenar. Después entendí que la epopeya de ese ciclista se parecía a la mía.

¿Te pasó que algún espectador volviera para contarte cómo resignificó ese mensaje?

—Sí, muchas veces. Es de las cosas que más recuerdo. La gente me para en la calle para contarme eso. Me dicen que lo que sintieron les permitió tomar una decisión en su vida. Algunos, a través de El Equilibrista, viajaron para reencontrarse con su pasado o con familiares. Otros, con El Amateur, se animaron a dejar lo que estaban haciendo para ir detrás de su sueño. Es hermoso cuando pasa.

Viajás mucho al interior del país. ¿Qué te llevás de cada lugar y de cada persona?

—Algo hermoso. Hace poco comprobé que mi papá era viajante, iba por la ruta vendiendo cosas, y me di cuenta de que yo hago lo mismo sin querer. Paso todos los fines de semana en la ruta. Llevo más de 80 ciudades. Hay lugares a los que fui muchas veces, como Rosario, Mendoza, Córdoba. Cada vez que vuelvo digo que es la última. Una vez, en Mendoza, un periodista me preguntó por qué era la despedida. Yo le dije que prefería irme antes de que me dejaran de llamar. Y me dijo algo que no me olvidé más: “¿Cómo no vas a volver? Si acá la conga viene todos los meses”. Me asoció con la conga. Me pareció extraordinario. Voy a cada ciudad y, como me encuentro con la gente, me llevo algo esencial. El teatro me permite aprender y compartir costumbres, hábitos, cultura. Me da una amplitud enorme.

¿Qué te traés de esos encuentros?

—Me traigo esperanza. Hoy toda la información está enfocada en lo que falta, en lo que está mal. Parece que lo bueno tuviera menos espacio. En estos viajes encuentro personas con una honestidad enorme, que han logrado cosas increíbles con esfuerzo. Cuando hago El Amateur, encuentro epopeyas locales; cuando hago El Equilibrista, encuentro ciudadanos sensibles que valoran la familia, las relaciones. Los seres humanos somos mucho más profundos que eso que se muestra. Me traigo eso: esperanza.

¿Qué le dirías al Mauricio que pensaba que no podía y que no iba a ser escuchado?

Entrevista Mauricio Dayub ¿QUE LE DIRÍAS AL MAURICIO DE ANTES?

—Que fue muy importante hacer un pacto conmigo mismo: entender que iba a ser largo, que no iba a ser fácil, y que si trabajaba y seguía con fe, en algún momento se iba a dar. Creo que mi virtud fue no tratar de parecerme a otros, mantenerme en mi esencia y convencer a los demás de que lo que tenía en el corazón podía significar algo. Porque, aun si no hubiera tenido éxito, habría pasado la vida haciendo lo que quería, y eso está bien.