Las guerras empiezan con palabras: ¿podemos evitar otra guerra global?
Con discursos de confrontación y tensiones geopolíticas, el temor a una guerra mundial resuena nuevamente, recordándonos que la violencia nunca deja de ser posible.
Las guerras no empiezan con las bombas.
Archivo MDZEntre rivalidades geopolíticas discursos de fuerza y líderes que vuelven a hablar el lenguaje de la confrontación, el fantasma de la guerra global regresa al escenario internacional. Lo inquietante es que ese fantasma no pertenece sólo a la política: también habla de algo persistente en la condición humana. Las guerras no empiezan con las bombas. Empiezan con las palabras. Y en el clima internacional actual, algunas de esas palabras vuelven a sonar demasiado familiares.
Cada vez que el mundo parece entrar en una nueva fase de tensión internacional reaparece una pregunta que muchos creían archivada en el siglo XX: ¿puede estallar otra guerra global? Culturalmente, el imaginario apocalíptico es persistente: cine postnuclear; distopías; narrativas de colapso. Desde la Guerra Fría , la posibilidad de aniquilación nuclear instaló una forma inédita de fin de mundo técnico y administrado. El fantasma no es medieval (castigo divino) sino tecnológico: nosotros mismos produciríamos la extinción de la humanidad.
Las guerras no empiezan con las bombas
El interrogante retorna cuando las potencias se miden en términos de poder, cuando el comercio se transforma en confrontación estratégica y cuando el lenguaje diplomático adopta un tono cada vez más agresivo. No se trata solamente de movimientos militares o decisiones geopolíticas. Antes de todo eso, lo que cambia es el clima simbólico. Las guerras, en realidad, empiezan mucho antes de los disparos. Primero aparece el enemigo. Después la amenaza. Finalmente la promesa de grandeza. El resto suele ser historia.
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En ese registro se mueve buena parte de la política internacional contemporánea. La figura de Donald Trump ha contribuido a reinstalar un estilo de liderazgo basado en la confrontación permanente: tensiones con China, advertencias militares hacia Irán y una retórica política donde el adversario vuelve a presentarse como amenaza existencial. No siempre ese lenguaje se traduce en guerra abierta. Pero prepara el terreno simbólico donde la violencia puede volverse pensable. Y cuando algo se vuelve pensable, también se vuelve posible. En 1932 el físico Albert Einstein le escribió una carta a Sigmund Freud con una pregunta directa: ¿existe alguna forma de liberar a la humanidad de la guerra?
Sigmund Freud respondió con un texto breve y profundamente incómodo
¿Por qué la guerra?. Su argumento era simple y perturbador: la guerra no es solamente un error político o una falla diplomática. Es la expresión colectiva de una agresividad que forma parte de la naturaleza humana. La civilización intenta contener esa agresividad mediante leyes, instituciones y acuerdos internacionales. Pero esa contención nunca es definitiva. La cultura domestica la violencia. No la elimina. Freud escribía estas líneas en la Europa de entreguerras, cuando muchos creían que la humanidad había aprendido la lección de la Primera Guerra Mundial. Pocos años después comenzaría la Segunda Guerra Mundial. La historia, a veces, tiene un sentido del humor bastante oscuro.
Las guerras casi nunca se presentan como lo que son: destrucción. Se narran como epopeyas. Defensa de la patria. Restauración de la grandeza. Lucha contra el enemigo. La épica cumple una función psicológica y política muy eficaz: transforma la agresión en heroísmo. La violencia aparece entonces envuelta en ideales nobles. Freud diría que se trata de la pulsión destructiva disfrazada de ideal. Por eso cada vez que la política internacional adopta un tono épico conviene prestar atención. La épica puede ser una máscara muy elegante para la violencia. La generación que vivió la Guerra Fría creció bajo la amenaza permanente de la destrucción nuclear. Las generaciones posteriores creyeron que ese miedo pertenecía a otro tiempo.
La historia tiene la mala costumbre de regresar
Cuando las potencias vuelven a medir su lugar en el mundo mediante la lógica del poder, cuando el lenguaje diplomático se endurece y cuando la política internacional adopta un tono de confrontación permanente, el viejo fantasma reaparece. No porque la guerra sea inevitable. Sino porque nunca dejó de ser posible. Freud sabía que la civilización es una obra frágil. Una construcción que intenta domesticar algo mucho más antiguo que la política: la agresividad humana. Por eso cada vez que la historia vuelve a hablar en tono épico —fronteras, enemigos, grandeza— conviene desconfiar. Porque detrás de esas palabras solemnes suele asomarse siempre la misma escena.
La de una humanidad que, después de cada guerra, promete que será la última. Y sin embargo, una y otra vez, vuelve a escribir el prólogo de la siguiente.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta. Pueden ver su programa Megapsinepolis por YouTube