La vida como un cuerpo común: aprender a pertenecer
Una mirada espiritual sobre la interdependencia humana y el riesgo de vivir desconectados del resto.
Observar el cuerpo humano para descubrir que la vida funciona exactamente al revés.
Archivo.Vivimos en una época obsesionada con la independencia. Nos enseñan desde pequeños a competir, destacar, producir y diferenciarnos del resto. Admiramos a quienes “no necesitan de nadie” y muchas veces confundimos éxito con autosuficiencia. Sin embargo, basta observar el cuerpo humano para descubrir que la vida funciona exactamente al revés.
Ninguna célula sobrevive sola
Si imagináramos a Dios como un cuerpo infinito, precioso y en permanente expansión de amor, quizás podríamos entender mejor nuestra propia existencia. Cada ser humano sería entonces una especie de “célula” única dentro de un organismo inmenso y misterioso llamado creación. Siguiendo esa metáfora, algunos habrían nacido para sostener y cuidar como el corazón que hace circular la sangre. Otros tendrían la misión de pensar, conectar ideas y abrir caminos nuevos, como las neuronas del cerebro. Algunos habrían sido creados para defender, sanar, enseñar, construir, acompañar o consolar. Cada uno con una impronta distinta, pero todos necesarios.
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El problema es que olvidamos para qué existimos
Cuando una célula deja de colaborar con el organismo y comienza a crecer únicamente para sí misma, aparece el cáncer. No hablo aquí del cáncer biológico como culpa ni castigo, sino como una metáfora de culturas y sistemas que pierden el sentido de la interdependencia y del cuidado mutuo. La imagen resulta incómodamente actual. Vivimos en sociedades que premian la acumulación desmedida, el rendimiento permanente, el narcisismo y la ilusión de que podemos vivir desconectados del resto. Personas, empresas, instituciones e incluso países enteros muchas veces actúan como si fueran el centro absoluto del cuerpo, consumiendo recursos, vínculos y humanidad para sostener su propia expansión.
Y las consecuencias están a la vista. Agotamiento emocional, ansiedad, violencia cotidiana, destrucción ambiental, soledad creciente y una sensación colectiva de vacío que atraviesa incluso a quienes aparentemente “lo tienen todo”. Algo profundo parece haberse desordenado dentro del organismo humano. Quizás el gran problema de nuestra época no sea solamente económico, político o tecnológico, sino espiritual. Hemos perdido la capacidad de percibir que dependemos unos de otros. Que la vida es una trama de vínculos visibles e invisibles donde todo afecta a todo.
Una célula del páncreas necesita de los glóbulos rojos
Estos necesitan de las neuronas. Las neuronas requieren oxígeno. Nada vive aislado. Todo existe vinculado. Por eso la soberbia sigue siendo una de las enfermedades más peligrosas del ser humano. Esa idea silenciosa de creernos imprescindibles, superiores o autosuficientes termina dañando al resto, pero también destruyéndonos a nosotros mismos.
Tal vez amar y servir no sean conceptos ingenuos ni románticos, sino condiciones básicas para la salud colectiva. Tal vez pertenecer sea mucho más importante que sobresalir. Porque ninguna célula puede sobrevivir demasiado tiempo cuando deja de amar al cuerpo del cual forma parte.
* Trini Ried Goycoolea. Periodista y escritora, especialista en vínculos.